jueves, 7 de mayo de 2015

1 - LA PUERTA DE TIERRA

La Puerta de Tierra, antaño llamada "del arenal" : la entrada de la plaza fuerte de San Sebastián desde los tiempos del emperador Carlos y que desapareció al ser derribadas las murallas en 1864. Ya tenía, tres siglos antes, esas mismas proporciones, a que fue reducida en 1544, por ser antes sus dimensiones excesivas.

Desde su desaparición, ha venido simbolizando la historia del San Sebastián anterior al incendio de 1813, en que feneció su archivo, como si tras ese portalón, hoy infranqueable, quedara encerrada la incógnita de nuestro pasado. Es nuestro deber de donostiarras abrir esa puerta y descubrir aquellas.

Vemo s en la reproducción, a la derecha, el orejón del Cubo imperial, protector del flanco del mismo lado, que, a su vez, enfila parte del lienzo meridional del recinto: la cortina entre el Cubo imperial y el baluarte de San Felipe. En esta cortina el empaque municipal inscribió el rótulo, legible en la foto : "Ciudad de San Sebastián, Capital de Guipúzcoa", al recobrar la calidad que le había sido arrebatada diez años antes. Sobre la puerta un recuadro vacío, en el que fueron picadas en 1794, las armas reales labradas en piedra, que se leía : "Philipo II Hisp. Regi S.P.Q.  Easonensi decavit 1577".

El suelo de toda aglomeración urbana se eleva, poco a poco, con el tiempo; mucho más cuando una hecatombe, como la sufrida por nuestro pueblo a comienzos del siglo XIX, la convierte en escombros.Así, vemos en alguna bodega el pavimento de las viejas calles donostiarras. La demolición de las murallas causó análogo efecto en la parte exterior. Por ello, al excavar el suelo construyendo el evacuatorio del Boulevard, se descubrieron las losas y el lucero bajo, que, en la foto, aparecen entre los machones del puente levadizo

(TRISTÁN DE IZARO- (RECUERDOS DE NUESTRA CIUDAD))

jueves, 5 de diciembre de 2013

CALLE DE ANDIA

Domenjón González de Andía, hijo de la villa de Tolosa , fue en su tiempo de los personajes más importantes de Guipúzcoa. Don Juan II le hizo gracia del oficio e Alcaldía de Sacas y cosas vedadas de la Provincia, merced que renunció en 1475 a favor de ésta. Don Enrique IV le dió privilegio de la Escribanía fiel de Juntas de la misma, que ejerció hasta su muerte; de ocho mil maravedís de lanzas mareantes de por mar y tierra; de otros diez mil maravedís de juro perpetuo de heredad. Fue Coronel de la gente de Guipúzcoa, cuando en el año 1471 entró en Francia a auxiliar a Eduardo IV, Rey de Inglaterra, en la guerra que tenía con Luis XI.

El año 1481, fue comisionado por la Provincia a Barcelona con el objeto de obtener la licencia del Rey para celebrar con el de Inglaterra el tratado de paz y comercio, que se verificó en Londres el año siguiente entre Inglaterra y Guipúzcoa.

Verdadero patriota, siguió el partido de la Provincia en los disturbios que hubo en ella con motivo de los bandos, y fue uno de los que más trabajaron en abatir la prepotencia de los Parientes Mayores, que asolaban el territorio guipuzcoano.

Murió en 1489, causando general sentimiento en el país.

La fecha del acuerdo de conmemorar este nombre, rotulando con él una calle de la ciudad, es de 12 de Septiembre de 1866.

(D. SERAPIO MÚGICA - "Las calles de San Sebastián. Explicación de sus nombres")

UN DÍA TRISTE DE DICIEMBRE DE 1688

FUE aquel 7 de diciembre de 1688 un día triste en San Sebastián. Sobre las dos de la tarde comenzó a levantarse un viento huracanado, se encapotó de nubes el cielo, alborotóse el mar. Creció a las 3 de la tarde la marea, subía ei golpe de las olas a tanta altura que excedió a los muros de la ciudad que miraban al muelle, entrando el agua dentro de ella por la parte que llamaban el Ingente. Sobre las cuatro comenzó a descargar con horrible estrépito infinidad de rayos y centellas. Cayó un rayo en el castillo de Urgull, prendió la pólvora del almacén en el que había unos 780 quintales, produdéndose tan horrible estrépito que a toda la ciudad alcanzó la conmoción.
Los que se encontraban fuera de sus casas pensaron que en ella sería el siniestro; los que estaban en los templos al amparo de sus espesos muros, temieron que se arruinaran al sentir la fuerte conmoción y llenos de pavor buscaban la salida huyendo de un peligro que creían cierto, para caer en otro, pues las piedras, tablas, tejas y materiales del Castillo volaron por los aires a causa de la explosión, cayendo en los tejados, calles y plazas de la ciudad.En todos los edificios se desencajaron las puertas y ventanas, rompiendo los cristales, cayendo tabiques y paredes, saliendo los vecinos despavoridos de sus viviendas para huir de un peligro y caer en otro. Los que estaban en los templos huian y los que se encontraban en las calles pugnaban por entrar en ellos.Los destrozos, daños y desgracias causados por aquel suceso fueron muchos. Parecieron diez soldados que estaban de guardia en el castillo, cuyos miembros volaron entre los .escombros y fueron hallados al día siguiente en distintos puntos de la ciudad; quedaron sepultados entre las ruinas del castillo dos presos que en él había; un pintor que trabajaba en su taller fue muerto por una piedra que le alcanzó; un obrero que se hallaba en el muelle murió por un golpe de proyectil; un niño quedó aplastado bajo una chimenea que se derrumbó; multitud de personas fueron heridas por la lluvia de materiales que cayó por toda la ciudad; los tejados de muchos edificios quedaron destrozados y tanto en las iglesias como en muchas casas entraba el agua en abundancia, pues el temporal de lluvias continuó varios días.Aquel aciago día 7 de diciembrede 1688 quedó grabado en la memoria de todos los que fueron testigos de la explosión del polvorín del Castillo.Y cada aniversario lo recordaban con tristeza acudiendo a las iglesias a rezar por los que ya no estaban con ellos.
KOXKAS - R.M. - DV - 07 / 12 / 2001

UN PUEBLO JUNTO AL MAR

Un periodista burgalés vino a pasar unos días de descanso a Guipúzcoa y eligió un pueblo junto al mar. Esto era hacia 1890 y después escribió esta deliciosa crónica que reproduzco: "Aún viven en mi memoria los días tranquilos que residí allí, libre de preocupaciones y de luchas; y aún recuerdo con íntimo regocijo las deliciosas horas que pasaba el domingo frente al pórtico de la vetusta iglesia, donde se juntan los habitantes del pueblo, calzando los hombres bordadas alpargatas, sobre las cuales se apoya el ancho pantalón, ceñido al cuerpo por oscura blusa entreabierta, que descubre la blanca camisa; cubierta la cabeza por azul boina caída sobre la frente, y cuidadosamente afeitado el rostro, curtido por los vientos del mar.

Visten las mujeres airoso zagalejo, limitado por el tentador contorno de una pierna  robusta, tirante corpiño que demarca las robusteces del seno, y rebocillo afelpado, tras cuyos mil pliegues se ocultan las abundosas trenzas.
Apenas escuchan el postrer acento de la campana, disuélvense los grupos, y por lados opuestos, según el sexo, y ocupando lugares también distintos, oyen la misa cantada que comienza a las diez y termina a las once y media largas, y muy largas, merced a los sermones que se predican.
Terminada la misa, bajan los hombres al puerto, dirigiéndose unos a la taberna donde apuran de un sorbo una copa de ginebra, y formando otros pequeños grupos discuten sobre faenas del mar, mientras los chiquillos se desperezan groseramente al sol o asaltan las barcas ideando mil travesuras.
Las doce campanadas del mediodía señala el desfile general. La comida espera. Es la única manifestación de la vida en que la puntualidad es española.
Después, todo el mundo a la plaza, donde unos juegan a la pelota, otros danzan al armonioso compás de un tamboril y de una flauta, y los demás charlan y ríen ocupados con múltiples entretenimientos. Así llega la noche: con ella las horas de reposo.
Y es de advertir que dichas fiestas no se ven turbadas por ninguna disputa, siendo como buenos marineros buenos bebedores los naturales de aquella población. Aún no dan las once y se restablece el silencio, que sólo interrumpen algunos perezosos al retirarse entonando el zortziko.
¡Lástima grande que la furia del Cantábrico lleve al pueblo días de lágrimas y luto!¡Lástima también que las pasiones lleguen en ciertos momentos a turbar aquella idílica calma! Dormía el mar y en sus palpitaciones enviaba besos de espuma a los acantilados que en días de temporal azotaba y asaltaba frenético.
R.M.

lunes, 2 de diciembre de 2013

CALLE DE AMASORRAIN

Figura esta calle en el padrón de vecinos del año 1566 con el nombre de Amasorrarain, y en las Ordenanzas de edificación de 1630 con el de Amasorrain.

De muy antiguo existe en el barrio rural de Añorga la casa solar y armera de Amasorrain, y descendiente de esta casa era Ascensio de Amasorrarayn, que figura como vecino de la calle de la Trinidad en el padrón citado de 1566.

El nombre de esta vía no tendría seguramente más encumbrado origen que el de haber construído alguna casa y pasar a habitar en ella algún descendiente de este solar.

La "Calle de Amasorrain", se hallaba próximamente continuación de la actual calle de la Pescadería, en dirección a la calle de San Jerónimo. Derribando los edificios de la citada calle y los de la calle de Embeltrán, se abrió el año 1722, la actual Plaza de la Constitución, como se dirá más adelante al hablar de ésta.

En la indicada fecha, desapareció la vía pública de aquel nombre , que ya no existe.

(D. SERAPIO MÚGICA - "Las calles de San Sebastián. Explicación de sus nombres")

CALLE DE AMARA

Sin duda para perpetuar el nombre de Amara, que de muy antiguo lleva el barrio que ocupa hoy el extremo del ensanche meridional, se acordó en sesión de 16 de Noviembre de 1891, imponer esta denominación a una de las vías de aquel paraje.

Llamaban así los vecinos de aquel lugar a la calle que comienza en la Plaza de Easo, y se dirige a los lavaderos de Arroka, y por acuerdo de 8 de Marzo de 1816 se dispuso que se colocara la placa con dicho rótulo.

(D. SERAPIO MÚGICA - "Las calles de San Sebastián. Explicación de sus nombres")

domingo, 1 de diciembre de 2013

CURIOSIDADES

Fueron aquellos años -1925, 1926, 1927- de crisis económica que en San Sebastián se hacía sentir más en la vida comercial de la Parte Vieja.
Se había suprimido el juego en el Casino, que irradiaba sobre los comercios modestos de la Parte Vieja benéfica influencia, decían los comerciantes.
Después fue el cierre del Teatro Principal,"el viejo y glorioso edificio, donde han quedado enterradas las alegrías, los amores, las más sentidas emociones de varias generaciones de donostiarras".
Después fue el traslado del Regimiento de Sicilia de los Cuarteles de San Telmo a los nuevos de Loyola, "cuya convivencia con el vecindario de la Parte Vieja proporcionaba a ésta animación y vida".
Los koskeros se dirigían en abril de 1927 al Ayuntamiento, no para que se abriese de nuevo el Casino ni que el vetusto San Telmo albergara de nuevo a los soldados, sino para que se restaurara y que se pusiera en explotación el Teatro Principal, pues ello "aliviará la situación de la Parte Vieja de la ciudad, tan digna de apoyo, como constituirá una saneada fuente de ingresos, no solamente a las arcas municipales, sino a las de la Beneficencia".
Firmaban la solicitud medio centenar de koskeros, entre ellos Germán Cendoya, presidente de la Unión Artesana;Mauricio Echaniz, presidente de Euskal Billera; Luis Irastorza, presidente de Gaztelupe ....
El Principal fue restaurado y abierto .... unos años después.
El 21 de Abril de 1927 fueron desembalados los diez cuadros legados al Ayuntamiento donostiarra en su testamento por don Luis de Errazu y Rubio de Tejada.
Los cuadros fueron llevados al Museo Municipal y estaban valorados en medio millón de pesetas.
Eran los siguientes: Boceto al óleo "Muchacho desnudo acostado boca abajo en la playa de Portocí", de Mariano Fortuny, con un artístico marco de ébano; cuadro al óleo titulado "Estanque en una casa árabe", del mismo autor; otro óleo de Raimundo de Madrazo titulado "Figura de medio cuerpo con blusa blanca"; de Martín Rico era uno titulado "Vista del Sena en Croissy", y otro una vista  del gran canal de Venecia; el séptimo era un "Retrato de Canga Argüelles", pintado por Vicente López; otro era un óleo de Villegas, "Mujer con falda amarilla"; el noveno era un Cristo atribuido a El Greco y el décimo un retrato al óleo debido al pincel de Eduard Dubupe, fechado en el año  1868, al pie del cual estaban las iniciales J.M.E., y aunque estas iniciales no coincidía con las del donante, Luis Errazu, se suponía era un retrato del testador .

DV-R:M:-19/4/1996