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jueves, 24 de enero de 2019

LA TAMBORRADA INFANTIL

Tal vez la tamborrada más emotiva sea la infantil, la que el día de San Sebastián al filo de las doce del mediodía, mientras la música entrañable para todos los donostiarras, la que con prodigalidad e inspiración escribió el maestro Sarriegui llena los aires arropada por cientos y cientos de apuestos tamborreros que golpean incansables barriles y tambores, desfila con aire marcial, cumpliendo un rito que iniciaron sus mayores hace siglo y medio. La Tamborrada infantil nació en 1927, ignoro de quién fue la idea pero habiendo nacido en la Sociedad Euskal Billera hay que pensar que tal vez fuese de Mauricio Echaniz, el inolvidable "Papá Mauri", promotor de tantas iniciativas que luego impulsaba con su trabajo personal y que siempre se hallaba presto lo mismo a salir de "tambor mayor" que a hacer de Don Tancredo en aquellas casi olvidadas becerradas benéficas.

Aquella primera Tamborrada fue bien modesta, máxime si la comparamos con las actuales, pero fue la semilla sembrada con ilusión que al cabo de los años fructificó en la espléndida de nuestros días. Javier María Sada, puntual y meticuloso cronista de tantas cosas del San Sebastián de ayer, recoge los nombres de aquellos primeros tamborreros de 1927. Actuó de tambor mayor Alfredo Taberna que "desempeñó a las mil maravillas el cargo" y como heraldos a caballo figuraban Paquito Echaniz, José Luis Olaizola y José Luis Zuzuarregui. Los gastadores fueron Martín Isasa, Francisco Aldazabal, Sotero Echenique, José Manterola, Toribio Villanueva, José María Gutiérrez, José Fernández y Fernando Zubia, mandados por el cabo Olegario Garín.

Los barriles fueron Luis Lucas, Antonio García, José Velasco, Carmelo Moreda, Atanasio Bienzobas, Cándido Areta, Federico Revestido, Manuel Crespillo y Jesús Saez. Tamborreros fueron Antonio Gastón, Emilio Antúnez, Alfonso García, Martín Gurruchaga, Gregorio Murua, Feliciano Ariz, Joaquin Romero, Antonio Beltrán, Juan José Montoya, Enrique Sánchez, José Ramos Aguirrebadaicoa, Juan Izaguirre, Eduardo Olave, Juan Sáez, Juan Rivero, Luis Ramos, Feliciano Echeverría, Antonio Iztueta, Celedonio Mezquita, Francisco Cuenca, José María Iturrino y Vicente Gurruchaga.

La Tamborrada, tras recorrer diversas calles, dio un concierto en el Boulevard y otro en la Plaza de la Constitución. Y siguió saliendo todos los años de Euskal Billera, organizada, patrocinada y creo que hasta costeada por la veterana sociedad. Hasta que en 1960, siendo teniente de Alcalde don Pedro Arana, se amplía la Tamborrada y en ella participan compañías de la casi totalidad de colegios y escuelas que hay en San Sebastián. Como compañía veterana desfila la primera la de Euskal Billera y detrás las de los colegios, comenzando por los chicos de los Marianistas por ser el más antiguo de San Sebastián.

La Tamborrada ha ido a más y cada año se suman nuevos colegios con nutridos participantes que no bajan los últimos años de cinco mil. Y ese mundo infantil lleva vistosos uniformes reproducidos con fidelidad de los que húsares, granaderos, hulanos y demás soldados vestían en la época del gran corso. No falta una sección de caballería de la Hípica donostiarra y otra de artillería arrastrada por poneys y aquella multitud de tamborreros llena durante el desfile de música y ruido la Ciudad, y si siempre la interpretación de las marchas no es perfecta, vaya todo por la alegría que desparraman por nuestras calles.

Viendo esta tamborrada infantil uno piensa que así serían los desfiles en la vieja Prusia o en la Viena imperial y que todos los tamborreros llevan en sus mochilas, como los soldados de Napoleón en las Pirámides o en Austerlitz, el bastón de mariscal.

JUAN MARÍA PEÑA IBAÑEZ (Del San Sebastián que fue.1999)

LA TAMBORRADA

Hay pueblos que tienen alguna manifestación lúdica que con el transcurso de los años les da un aspecto original a su personalidad. Esta es mucho más rica y variada, pero aquella manifestación pertenece ya un poco a la idiosincrasia de la gente. Esto pasa con la tamborrada donostiarra que en el día del Patrono de San Sebastián llena de música, ruido y alegría las calles de la ciudad. ¿Y desde cuando sucede así? Sobre esto no hay acuerdo entre quienes han estudiado nuestro reciente pasado, y las versiones son diferentes. Yo voy a recoger aquí dos, la primera la de Eugenio Gabilondo, un donostiarra gran conocedor de la historia de su pueblo, que fue personaje importante en el San Sebastián de finales del pasado siglo y comienzos del actual, quien dice que las primeras tamborradas, las de 1845 a 1855, nacieron espontáneamente a la terminación de las suculentas cenas que preparaba Andre Luchi, Mr. Laffitte, Beraza y el parador Isabel.

"La simple indicación de uno de los comensales reunidos alrededor de una buena mesa, bastaba para que todos se pusieran en movimiento y trajeran de sus respectivas casas una sábana que se transformaba en airoso jaique moruno, y una tohalla que se convertía en improvisado turbante", escribió el citado Gabilondo. "O se apoderaba sigilosamente de las enaguas de las severas etxekoandres y del indispensable "kashabeke", para salir por las calles de Dios, precedidos de dos o tres "fragelets" y actuando de tambores los artefactos más sonoros de la cocina.

Y después de recorrer de esta guisa las silenciosas calles de la entonces reducida población, terminaba la juerga con el indispensable y movido "pastelero", disolviéndose la improvisada tamborrada y retirándose a sus casas contentos y satisfechos, con la alegría retratada en los semblantes, aquellos severos donostiarras que, al volver a encontrarse en la calle, se habían de saludar con gravedad británica. Notarios, abogados distinguidos que llegaron a ocupar altas jerarquías en la carrera judicial, comerciantes propietarios, hombres que gozaban de una reputación y de un respeto rayano en veneración, echaban una cana al aire y festejaban ruidosamente la festividad del patrón de Iruchulo, que no ha llegado a entrar nunca en posesión de un mísero traje con que cubrir sus desnudeces.

Más tarde comenzaron a "vestirse" las tamborradas, se reunieron los elementos necesarios para darles vistoso aspecto y de este conjunto y con una organización acertada resultó transformada la clásica fiesta y en condiciones de ser presentada al público a la luz del día".

Fue  según Gabilondo en 1869 ó 1870 cuando desfiló por primera vez organizada militarmente, dirigida por un tambor mayor, L.A., un miembro destacado de la banda "La Euterpe". En 1881 la tamborrada, la única que entonces salía, fue presentada con lujo. "Rompía la marcha una lucida escuadra de gastadores liliputienses vestidos con brillantes uniformes del primer imperio. Carabineros Offembach a caballo, luciendo sus vistosos uniformes, abrían y cerraban la marcha de la comitiva".

Pero esta versión del origen de nuestra tamborrada no es compartida por todos. Así José Berruezo, profesor y excepcional periodista que estudió durante años la historia de San Sebastián y de Guipúzcoa, daba una versión totalmente diferente. En un precioso trabajo publicado en 1944 explica el origen de nuestra tamborrada. Dice así:

"En 1836: San Sebastián plaza fuerte. Más allá del Cubo Imperial asoma la guerra en las boinas rojas de Carlos V. Dentro de las murallas, morriones isabelinos vivaquean entre las piedras calcinadas por los soldados del lord Wellington, esperando -"Hello, boys"- la ayuda de las casacas bermejas de Lacy Evans.

Dos fuentes tenía entonces la ciudad: dos fuentes y un número de tabernas y sidrerías que la crónica no detalla. Todas eran para colmar la sed de la gente acantonada en el burgo. También había una escabechería -la de Buenechea-, en cuyos salados productos responsabilizaremos parte de aquel insaciable afán de beber que sentía la tropa.

Cuando los champones de las "sobras" se habían liquidado, -y nunca más exacta la palabra-, sobre el roble pulido de las sidrerías, los soldados se juntaban junto a una de las dos fuentes de la ciudad, la de Cañoyetan, atraídos no por la pureza y frescura de su linfa, sino por la presencia de las apuestas mozas del servicio doméstico.

En alegre palique se les iban a las maritornes y a sus cortejadores las horas de espera, mientras llegaba la "chanda" para llenar la herrada. Sentados los del morrión en las vasijas, tamborileaban en la sonora madera aires del cuartel o marchas de campaña, elementales compases de una música militar, que en gente que profesa las armas, es lógico como movimiento instintivo.

Unos metros más abajo, en la calle de la Trinidad, pegado a las koskas de San Vicente, había otra fuentecilla, también con su clientela femenina, pero con distinto coro de cortejadores: eran estos paisanos, menestrales y artesanos de la ciudad. Aquí los golpes sobre el fondo de las herraduras serían los que en los tratados de retórica y poética se llaman "armonía imitativa" o algo por el estilo, armonía(?) imitativa del "ra-ta-plan" castrense, que en dianas y retretas llenaba de ecos el murado recinto de San Sebastián.

Sirvan estos datos como justificación del instrumento típico en la fiesta máxima de nuestro pueblo. Pero conste que la tamborrada nació junto al chorro de las frescas aguas, excelentes durante los calores del verano, mas poco apetecibles en pleno rigor de una noche del 19 de enero de 1836 cuando los mozos de las tahonas, sirviendo de coro fantasmal a un grupo de "choriburus" que, con vino y no con agua, celebraban de víspera la fiesta del asaeteado patrón, improvisando la alegre "cale-gira" a los sones casi marciales de unos barriles de los que Buenechea empleaba para envasar sardinas.....

Y "si non e vero".... Testimonie esta noche el parche de cien tambores los cien años de existencia que tiene la humorada de aquellos donostiarras".

Sea éste o no el origen de la tamborrada, el hecho es que han proliferado en los últimos cincuenta años de tal forma que hoy durante todo el 20 de enero circulan por calles y paseos un sin número de tamborradas que inician sus desfiles tras el izar la bandera en el balcón del Ayuntamiento, -ahora de la Biblioteca Municipal-, ceremonia que se celebra desde el año 1924.

JUAN MARÍA PEÑA IBAÑEZ ("Del San Sebastián que fue".1999)

RITMO GUERRERO Y RITMO DE PAZ

EVOCACIÓN

Suenan los tambores por las calles de la ciudad y por los anchos caminos y las plazas de los barrios alejados con su "parram-plan-plan-plan, plan, parram-plan-plan-plan", ritmo rígido legado a los hombres en su fiesta del pueblo por aquellos soldados de las viejas guerras que llegaban y pasaban por esta esclusa de Europa que dividía al continente para abrirlo cuando los escluseros, amos de los pueblos, sentían la necesidad de que el río de la sangre corriese en uno u otro sentido. Ritmo que al pasar las horas de la fiesta de San Sebastián queda en los oídos como zumbido de alucinación interrumpido por el repetir de los chiquillos que, hombres, hacen sonar en las latas con insistencia irritante una y cien veces, el "parram-plan-plan-plan, plan, parram-plan-plan-plan", como en los años de otro siglo seguían el paso, a duras penas, de aquellos granaderos tocados con morriones de pelo, que al marchar por la ciudad o por el camino, llevaban la cabeza en alto, el busto erguido para ocultar bajo el disfraz uniforme su sumisión, su resignación vestida de valor o de fiereza que arrebataba el sentimiento de humanidad a quien iba a matar para evitar ser muerto por otros hombres que, como ellos, marchaban por otras ciudades y por otros caminos, la cabeza en alto, el busto erguido marcando el ritmo que dictaban los tambores con su "parram-plan-plan-plan, plan, parram-plan-plan-plan"
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Fiesta de San Sebastián, fiesta alegre del pueblo donostiarra que es evocación de aquellos tiempos en que los pobladores, los que no luchaban y eran víctimas de los soldados, veían alejarse a los ejércitos que hollaron nuestro pueblo en nombre de la ley absoluta de la fuerza que tantas páginas ha escrito en la historia del mundo para ser leídas entre sollozos y estertores.
No es, nuestra fiesta, fiesta que recuerde ningún hecho histórico, no; pero al llegar este día en que las comparsas de hombres y niños uniformados como soldados discurren por las calles, como ejércitos de leyenda, evocamos a los donostiarras del 1813. También ellos oyeron el "parram-plan-plan-plan, plan, parram-plan-plan-plan" también ellos vieron los altos morriones de pelo de los granaderos y las casacas rojas, y las casacas verdes y los mandiles de cuero.... Pero era la tamborrada del drama, no de la parodia alegre que a muchos preparó el ánimo para sentirse soldados, para serlo en otros días que más tarde llegaron y seguir en serio el ritmo rígido, inexorable, por calles y caminos, del "parram-plan-plan-plan, plan, parram-plan-plan-plan"
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Pero ya el ritmo guerrero ha perdido su virtud, porque es ritmo de paz. El redoblar de los tambores en la mañana de este día es el de la música de la gran máquina que construye las piezas de la nueva vida de los pueblos. Siguen los uniformes, grotescos a veces; siguen los pasos de parada. Pero el  "parram-plan-plan-plan, plan, parram-plan-plan-plan" es para marcar el paso de la marcha constructiva, el avance que no ha de interrumpirse nunca y que de aquel pueblo marinero que vivía escondido en la falda abigarrada de su castillo como niño temeroso en las faldas de su madre, ha hecho ya la ciudad admirada que nació sobre unas ruinas y se extiende en engrande cimiento incesante obedeciendo el ritmo del  "parram-plan-plan-plan, plan, parram-plan-plan-plan"

ITXASOA

(LA VOZ DE GUIPÚZCOA. 20 de ENERO de 1934. Página 2)