Extraño caso el de un periódico donostiarra que está en el deber de salir en defensa de San Sebastián contra unos cuantos desatentados donostiarras. Hemos callado durante unos días, por deberes de prudencia, para impedir otros exabruptos como los que hemos leido. Tales fueron los que recogieron los periódicos catalanes en defensa de un grupo de hombres de Cataluña que venían a San Sebastián.
Pero lo leído durante las últimas cuarenta y ocho horas colma la medida normal de la prudencia en quienes viven donostiarramente. El contrasentido entre lo dicho días pasados y lo dicho anteayer, alcanza desproporciones no mensurables.
Hablemos como donostiarras, que amamos lo nuestro y estimamos lo ajeno en la proporción de su valor. No lancemos al vuelo las campanas de la torre del Buen Pastor para no oir los sonidos de las campanas de Nuestra Señora de Gracia. Pero tengamos para lo nuestro la sensiblidad que exactamente debe tener el lógico sentido de los hechos. No somos ni peores ni mejores que los demás. Pero amamos lo nuestro sin pasión y sin odio para nadie. No es justo que haya quienes, en San Sebastián, en muy recientes días, proclamasen la necesidad de triunfar en el deporte, empleando para ello entradas en tromba y utilizando, según otros periodistas, los medios precisos para no ser derrotados.
Las intemperancias de los que así escribieron en diarios locales fueron recogidas por los diarios de Barcelona. Y uno de ellos exclamaba:
- ¿Cómo han de ir los nuestros a jugar en estas condiciones?
De modo que la falta de ponderación en la palabra, la carencia del sentido generoso del buen donostiarra, hizo que los mismos donostiarras ofreciesen a los adversarios - no enemigos, por nuestra parte al menos - (ofreciesen) argumentos firmes a quienes había de utilizarlos a fin de explotar la sentimentalidad de los suyos, que en este caso eran rivales de la opinión expuesta por aquellos periodistas.
No supieron escribir antes sino con el feroz, frenético apasionamiento propios de la incultura y la sinrazón. Y si no había aquel apasionamiento había desmedida falta de criterio periodístico, asombrosa incomprensión del leal y siempre notabilisimo proceder de los donostiarras. Cierto que en nuestra colectividad apasionados reprensibles por su proceder, pero no es menos cierto que en todas las grandes poblaciones y en los pequeños pueblos existe esa minoría, proporcionalmente, que no puede ser base para ponderar el grado de ineducación y de incultura de una colectividad.
Consideramos incurso en el delito de antidonostiarrismo generoso al que ha escrito las palabras: "San Sebastián tiene el tejado de europeo y los cimientos de cafre". La blasfemia ha sido proferida. San Sebastián está en la obligación de exigir al blasfemo una reparación moral.
Más exigible cuando en donde tal se escribió habían escrito, pocos días antes, lo que podía servir de base para una violencia deportiva que nosotros hubiéramos lamentado.
En Barcelona, en Zaragoza, en Badajoz, en Madrid, en Valencia, en otras muchas ciudades ocurrieron hechos deportivos en los cuales centenares de personas infirieron grave daño a las normas de hidalguía. Pero no hubo periodistas, ni periódico que hablasen de inculpaciones a la ciudad, de que los cimientos de la ciudad eran de cafre.
San Sebastián tiene setenta y cinco mil habitantes. Sesenta de ellos cometen ligero atropello, y esos sesenta son muchachos sin cédula de ciudadanía. ¿Es posible hablar de hordas, de vándalos, de cafres y de que la honra de la ciudad está a merced de una piedra de esos indocumentados? El honor no puede estar, ni está, a merced de un chico sin noción de que significa en la vida del hombre y de la población. Es preciso exigir responsabilidades a quien las tiene, no a una muchachada irresponsable, quizá lanzada al acto violento por aquellos que luego han proferido denuestos contra San Sebastián.
La primordial manifestación de cultura debe manifestarse en quienes para censurar el insulto de unos irresponsables, por el número y por la calidad, no insultan a la propia ciudad, a los suyos que han sido ajenos, en mayoría desproporcionada, a la pésima acción de unos cuantos.
Y ha sido más vergonzoso mezclar no a las turbas, no a la masa, no a un sector local sino a la Ciudad en acción a la que la Ciudad ha sido ajena y nunca puede serle imputada. Pues ¿qué representación donostiarra hubo ante el Hotel Biarritz en el momento que unos chicuelos inconscientes lanzaban una docena de piedras contra los cristales?¿Qué elemento- hablamos en singular para valorizar nuestra protesta - de significación netamente local hubo entre seis docenas de muchachos?¿Cabe hablar de tejado europeo y cimiento de cafre por aquella reprobable actitud de unos chiquillos, alocados quizá por el veneno deportivo que les hicieron ingerir los mismos que luego colocan a San Sebastián en deshonesta actitud violenta, propia de quien tiene que domar sus pasiones para depurarlas y hacerlas dóciles al sentimiento de la vida cordial.
La torpeza ha sido tan peregrina como la inconsciencia de quienes así han hablado y tales despropósitos han escrito.
San Sebastián nada tiene que ver con los cuatro chicos, el mayor de catorce años, detenidos por producir incidencias que están comprendidas en una modesta medida de represión gubernativa.
No tomen en vano el nombre de la Ciudad. Y, sobre todo, los que tienen culpa de la algaradilla callejera no hablen, que incurren en blasfemia antidonostiarra, de que San Sebastián tiene "tejado de europeo y cimientos de cafre".
( EL PAÍS VASCO (Diario Independiente). Miércoles, 2 de Enero de 1929. Número 1.783)
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miércoles, 2 de enero de 2019
POR EL BUEN NOMBRE DE SAN SEBASTIÁN (02/01/1929)
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El Pais Vasco
martes, 1 de enero de 2019
AÑO NUEVO .... (01/01/1919)
He aquí que ya le hemos dado la puntilla a otro año más. Como todos los que le han precedido y mismamente que todos los que habrán de seguirle en el transcurso de la vida humana, el año que ayer feneció ha tenido de todo. Ha sido bueno, excelente, lisonjero para muchos. A otros muchos, a los que se han sentido fieramente perseguidos por la adversidad, todo habrá de parecerles poco y comedido en demasía el lenguaje que puedan utilizar para anatematizarlo. Así es siempre la vida. Una sucesión no interrumpida de bienandanzas y de desesperadas situaciones. Nunca llueve a gusto de todos. Esta frase parece encerrar una de las grandes, una de las pocas verdades de la vida.
Cosas buenas y malas han pasado, como en todos los anteriores, en el año que desde ayer mora en el recinto de la Historia. Pero es justo confesar que muchas de las cosas malas que han sucedido son imputables, puede decirse que exclusivamente a la propia maldad de los hombres. Mucha parte en la desventura social corresponde, indudablemente, a la fatalidad. Eso no se pone ni siquiera en trance de duda. Todavía el hombre no ha cavilado lo suficiente para regodearse con el éxito de haber puesto barreras infranqueables a la fatalidad. Somos muy pequeños para eso los hombres, no obstante nuestra tan decantada superioridad. Forzoso nos es, pues, someternos a los ignorados designios. Pero hay algo que está a nuestro alcance a poco que nos mostremos propicios a conseguirlo. Tenemos corazón, gozamos de una inteligencia que, si en sus orígenes no fue privilegiada, el correr de los siglos y la culminación de la cultura universal han hecho que se haya colocado en situación muy ventajosa para afrontar con probabilidades de triunfo rotundo, inconfundible, los problemas sociales de más vasta complicación que pueden presentársenos.
Los males sociales, que tanto desdicen de nuestro carácter de seres humanos, podrían hallar aminoraciones sensibles si nosotros pusiéramos más noble empeño en demostrar que somos hombres y no muñecos que bailan desenfrenadamente, arrítmicamente, al loco compás de los vaivenes de esta incierta y paradójica vida. Somos humanos pero no lo parecemos. Porque toda nuestra vida es una continua inhumanidad. Y se da el contrasentido enorme de que a un mayor esplendor en la cultura humana, en los procedimientos universales, parece que gozamos en acompañar una menor comprensión de los deberes anejos a la sociabilidad. Y este es un absurdo que no debe imperar en la escandalosa proporción, en la incomprensible ferocidad con que se nos muestra en estos tiempos de todos los pretendidos refinamientos culturales. Esta es la mejor demostración de que la cultura no corre pareja con la moral. Y hora es de que se comprenda que la cultura que no tenga por finalidad elevar la categoría moral de los individuos, es una cultura de relumbrón, una cultura barnizada que no persigue otra mira que la de envanecer tontamente a los seres que llegan a poseerla. Moral y cultura han de ser términos complementarios, si es que de veras queremos que algún día llegue a reinar sobre la tierra el espíritu de la fraternidad que debe distinguir a los seres señalados por idéntica condición de especie privilegiada y cuyas finalidades vitales convergen hacia el mismo punto.
Hemos despachado un año más. Bueno o malo, ya se fue. Cada cual sabrá que género de despedirla otorgarle. Eso se queda para el fondo secreto de cada ciudadano. Pero lo que a todos nos incumbe y nos interesa grandemente es que el año que hoy comienza sea el signo señalador de que estamos dispuestos a una honda corrección en nuestros procedimientos. Iniciemos una nueva vida con el año nuevo. Seamos comprensivos y tolerantes para todos los errores. Sepamos perdonar las injurias. Humanicémonos. Seamos hermanos. Conozcámonos. Socialicen, los que están obligados a hacerlo, la vida plena, moral, física e intelectualmente. Que el hambre no sea un estigma de estos tiempos. Que la incultura y la desmoralización no sigan sonrojándonos. En suma: que pueda ser verdad lo de "año nuevo, vida nueva".
JUAN DE EASO.
("LA VOZ DE GIPÚZCOA" (Diario Republicano). Miércoles, 1º de Enero de 1919. Número 11.998)
Cosas buenas y malas han pasado, como en todos los anteriores, en el año que desde ayer mora en el recinto de la Historia. Pero es justo confesar que muchas de las cosas malas que han sucedido son imputables, puede decirse que exclusivamente a la propia maldad de los hombres. Mucha parte en la desventura social corresponde, indudablemente, a la fatalidad. Eso no se pone ni siquiera en trance de duda. Todavía el hombre no ha cavilado lo suficiente para regodearse con el éxito de haber puesto barreras infranqueables a la fatalidad. Somos muy pequeños para eso los hombres, no obstante nuestra tan decantada superioridad. Forzoso nos es, pues, someternos a los ignorados designios. Pero hay algo que está a nuestro alcance a poco que nos mostremos propicios a conseguirlo. Tenemos corazón, gozamos de una inteligencia que, si en sus orígenes no fue privilegiada, el correr de los siglos y la culminación de la cultura universal han hecho que se haya colocado en situación muy ventajosa para afrontar con probabilidades de triunfo rotundo, inconfundible, los problemas sociales de más vasta complicación que pueden presentársenos.
Los males sociales, que tanto desdicen de nuestro carácter de seres humanos, podrían hallar aminoraciones sensibles si nosotros pusiéramos más noble empeño en demostrar que somos hombres y no muñecos que bailan desenfrenadamente, arrítmicamente, al loco compás de los vaivenes de esta incierta y paradójica vida. Somos humanos pero no lo parecemos. Porque toda nuestra vida es una continua inhumanidad. Y se da el contrasentido enorme de que a un mayor esplendor en la cultura humana, en los procedimientos universales, parece que gozamos en acompañar una menor comprensión de los deberes anejos a la sociabilidad. Y este es un absurdo que no debe imperar en la escandalosa proporción, en la incomprensible ferocidad con que se nos muestra en estos tiempos de todos los pretendidos refinamientos culturales. Esta es la mejor demostración de que la cultura no corre pareja con la moral. Y hora es de que se comprenda que la cultura que no tenga por finalidad elevar la categoría moral de los individuos, es una cultura de relumbrón, una cultura barnizada que no persigue otra mira que la de envanecer tontamente a los seres que llegan a poseerla. Moral y cultura han de ser términos complementarios, si es que de veras queremos que algún día llegue a reinar sobre la tierra el espíritu de la fraternidad que debe distinguir a los seres señalados por idéntica condición de especie privilegiada y cuyas finalidades vitales convergen hacia el mismo punto.
Hemos despachado un año más. Bueno o malo, ya se fue. Cada cual sabrá que género de despedirla otorgarle. Eso se queda para el fondo secreto de cada ciudadano. Pero lo que a todos nos incumbe y nos interesa grandemente es que el año que hoy comienza sea el signo señalador de que estamos dispuestos a una honda corrección en nuestros procedimientos. Iniciemos una nueva vida con el año nuevo. Seamos comprensivos y tolerantes para todos los errores. Sepamos perdonar las injurias. Humanicémonos. Seamos hermanos. Conozcámonos. Socialicen, los que están obligados a hacerlo, la vida plena, moral, física e intelectualmente. Que el hambre no sea un estigma de estos tiempos. Que la incultura y la desmoralización no sigan sonrojándonos. En suma: que pueda ser verdad lo de "año nuevo, vida nueva".
JUAN DE EASO.
("LA VOZ DE GIPÚZCOA" (Diario Republicano). Miércoles, 1º de Enero de 1919. Número 11.998)
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UN AÑO MÁS (01/01/1919)
Año viejo ¡ Qué pronto se dice y cuanto se encierra bajo esas dos palabras! Corta extensión pero largo contenido.
Ha pasado un año más, el avaro habrá amontonado riquezas, el mundano habrá acoplado placeres, y el ciudadano honrado y cristiano habrá atesorado virtudes y apilado méritos.
Las riquezas la polilla las corroe y el ladrón se las lleva, los placeres corroen el alma y como ladrones roban la salud del cuerpo y la vitalidad del espíritu, la virtud es tónico del cuerpo y galanura del alma son los méritos.
El año ha pasado. Ese vertiginoso vehículo que se llama tiempo ha pasado delante de la humanidad arrastrando a la otra vida lo que cada uno en él ha depositado.
Cuando nos arrastre también a nosotros allí encontraremos lo que en él hayamos acumulado, ira encontrarán allí los que atesoraron ira y encontrarán misericordia los que misericordia atesoraron.
Pasa el tiempo y con él todas las cosas mordidas por el diente feroz de ese implacable enemigo de las realidades mudables.
¡Cuántas ilusiones desvanecidas, cuántos proyectos de grandeza humana deshechos, cuántas vidas segadas en flor, cuántos tronos derrumbados!
Ha terminado la guerra, que vertió durante el año que acaba de morir torrenteras de sangre generosa, destruyó populosas ciudades y arrasó gigantescos imperios. Ha pasado un año más, dejando envuelto en densa penumbra el porvenir que parece percibirse como inquietante amenaza. Malo fue el pasado y el Señor nos tenga de su mano en el año que hoy comienza, por cierto bajo augurios nada felices ya que en todas partes se nota bullir de pasiones y alarma de inquietudes involucionarias.
Malo o bueno también pasará el año que hoy comienza, sólo Dios no pasa. Sólo El contempla inmutables desde el elevado pináculo de su eternidad el trasiego de las generaciones y el rodar y desgastarse de los mundos.
El ve la lucha de los hombres, contempla sus odios y sus prevaricaciones, para castigarlas; pero sin apresurarse, sino tomándose tiempo como quien tiene por suya la eternidad entera.
El ve también los sacrificios y las virtudes de sus seguidores, indiferente a veces a nuestro parecer; pero en realidad siempre atento a ellas, para que ni la más mínima quede sin recompensa apretada y colmada.
¡Qué pobres debemos parecerle a Dios en nuestra ruindad!¡Qué miserables en nuestras prevaricaciones! Pero como nos ama tanto ¡ qué agradables en nuestros sacrificios y buenas obras!
Él que es Señor del tiempo y que nos otorga el señalado bien de ver un año más, colmenos en sus gracias y véanos adornados en sus virtudes.
No olvidemos que todo pasa en el mundo, la grandeza humana es flor de un día, luz que se apaga, la sabiduría de los hombres y su grandeza como el día que pasó del que no queda memoria. Dios sólo es grande, Dios sólo es sabio y poderoso y Él solo no pasa porque sólo Él es eterno.
Vivamos desde el primer día de éste año como quisiéramos haber vivido el último, y no olvidemos los tan asendereados como hermosos versos de Ayala:
Un año más en la virtud pasado
Un paso es más que te aproxima al cielo.
("LA CONSTANCIA" (Diario Integro-fuerista). Miércoles 1º de Enero de 1919. Número 6908)
Ha pasado un año más, el avaro habrá amontonado riquezas, el mundano habrá acoplado placeres, y el ciudadano honrado y cristiano habrá atesorado virtudes y apilado méritos.
Las riquezas la polilla las corroe y el ladrón se las lleva, los placeres corroen el alma y como ladrones roban la salud del cuerpo y la vitalidad del espíritu, la virtud es tónico del cuerpo y galanura del alma son los méritos.
El año ha pasado. Ese vertiginoso vehículo que se llama tiempo ha pasado delante de la humanidad arrastrando a la otra vida lo que cada uno en él ha depositado.
Cuando nos arrastre también a nosotros allí encontraremos lo que en él hayamos acumulado, ira encontrarán allí los que atesoraron ira y encontrarán misericordia los que misericordia atesoraron.
Pasa el tiempo y con él todas las cosas mordidas por el diente feroz de ese implacable enemigo de las realidades mudables.
¡Cuántas ilusiones desvanecidas, cuántos proyectos de grandeza humana deshechos, cuántas vidas segadas en flor, cuántos tronos derrumbados!
Ha terminado la guerra, que vertió durante el año que acaba de morir torrenteras de sangre generosa, destruyó populosas ciudades y arrasó gigantescos imperios. Ha pasado un año más, dejando envuelto en densa penumbra el porvenir que parece percibirse como inquietante amenaza. Malo fue el pasado y el Señor nos tenga de su mano en el año que hoy comienza, por cierto bajo augurios nada felices ya que en todas partes se nota bullir de pasiones y alarma de inquietudes involucionarias.
Malo o bueno también pasará el año que hoy comienza, sólo Dios no pasa. Sólo El contempla inmutables desde el elevado pináculo de su eternidad el trasiego de las generaciones y el rodar y desgastarse de los mundos.
El ve la lucha de los hombres, contempla sus odios y sus prevaricaciones, para castigarlas; pero sin apresurarse, sino tomándose tiempo como quien tiene por suya la eternidad entera.
El ve también los sacrificios y las virtudes de sus seguidores, indiferente a veces a nuestro parecer; pero en realidad siempre atento a ellas, para que ni la más mínima quede sin recompensa apretada y colmada.
¡Qué pobres debemos parecerle a Dios en nuestra ruindad!¡Qué miserables en nuestras prevaricaciones! Pero como nos ama tanto ¡ qué agradables en nuestros sacrificios y buenas obras!
Él que es Señor del tiempo y que nos otorga el señalado bien de ver un año más, colmenos en sus gracias y véanos adornados en sus virtudes.
No olvidemos que todo pasa en el mundo, la grandeza humana es flor de un día, luz que se apaga, la sabiduría de los hombres y su grandeza como el día que pasó del que no queda memoria. Dios sólo es grande, Dios sólo es sabio y poderoso y Él solo no pasa porque sólo Él es eterno.
Vivamos desde el primer día de éste año como quisiéramos haber vivido el último, y no olvidemos los tan asendereados como hermosos versos de Ayala:
Un año más en la virtud pasado
Un paso es más que te aproxima al cielo.
("LA CONSTANCIA" (Diario Integro-fuerista). Miércoles 1º de Enero de 1919. Número 6908)
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