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viernes, 5 de octubre de 2018

Teatros. El Teatro del Príncipe

TEATRO PRÍNCIPE
Fue en 1922 cuando se inauguró otro teatro, el Príncipe, construido en el solar donde había estado el frontón Beti-Jai que luego se convirtió en el Teatro Circo. En aquel momento funcionaban en la ciudad las siguientes salas de espectáculos : Principal, Victoria Eugenia, Miramar, Bellas Artes, Colón y el salón Charola que estaba en el Antiguo, además del Teatro del Gran Casino. La obra la realizó el arquitecto don Ramón Cortazar y disponía de quinientas butacas, proscenios, siete palcos junto al patio de butacas y diez en el piso  principal más el palco regio y la galería, en total 1.300 localidades.

Estaba decorado con sencillez y la pintura combinaba el marfil, el rojo y el oro. El techo era un casquete esférico en rojo desvanecido y de allí pendía una lámpara con 220 luces. Tenía un telón cortafuegos con chapa de hierro, habiendo en el local doce bocas de riego para caso de un incendio. Disponía de cuarenta camerinos y un bar.

La inauguración tuvo lugar el 22 de julio, actuando la compañía de ópera que dirigía el maestro Saco del Valle que representó la obra de Boito "Mefistófeles", en la que intervinieron la soprano María Zamboni, el tenor José Taccani y el bajo Angelo Massini Pieralli. De la orquesta formaban parte los mejores solistas de Madrid y el coro que intervino era de alta calidad. En días sucesivos la compañía representó "La Favorita" de Donizatti, "Rigoleto" de Verdi, "La Traviata" y "El Barbero de Sevilla" de Rossini, despidiéndose el 29 de julio.

La única vez que cantó en San Sebastián Carlos Gardel fue en 1928 y lo hizo en este teatro que cuando escribo estas líneas, en la primavera de 1994, ha cerrado sus puertas para realizar unas obras y convertirse en siete salas de cine con un aforo de 1.200 localidades.

JUAN MARÍA PEÑA IBAÑEZ.

domingo, 1 de diciembre de 2013

CURIOSIDADES

El largo y aburrido otoño e invierno lo combatían en 1883 los donostiarras de diversas maneras. Una de ellas eran los bailes. Abundaban, sobre todo los sábados y domingos. El 2 de diciembre de 1883 hubo tres, todos ellos muy concurridos. Uno en la elegante Tertulia de Recreo con acompañamiento de canto. 
Esta sociedad era la que más actividad desplegaba entonces. Otro baile, en la alegre Fratenal, popular sociedad que junto con la Artesana organizaba muchas fiestas. En este baile hubo acompañamiento coreográfico. Y el tercero en el Teatro Variedades, que se hallaba en la Calle Igentea, donde poco después se levantaría el Gobierno Militar. Según decía el peródico El Eco de San Sebastián, la orquestra que en este teatro actuó era afinada y en el baile hubo un surtido ambigú.
El citado periódico escribía al llegar diciembre que se trataba de "resucitar" aquel año la Misa del Gallo, el día de Nochebuena, costumbre que había desaparecido de San Sebastián a causa de los escándalos que se registraban. Y decía que "teniendo solamente abiertos los postillos de los atrios y ejerciendo rigurosa vigilancia los agentes de la autoridad a la vez que estando profusamente iluminado el interior, podría evitarse el más pequeño altercado".
Como se ve, los gamberros abundaban en aquellos tiempos, y el periódico constantemente denunciaba sus actuaciones. Uno de los lugares en los que se manifestaban era en las casas de Gorriya y en las de Ategorrieta, donde era constante la gritería y el espectáculo de taberna, en sus intermedios de cante flamenco, unas juergas que hacían imposible que las señoras y los niños pasearan por la bonita campiña. En las tardes de los domingos los "templos" de Baco ofrecían un aspecto indigno de San Sebastián.
En la calle Garibay, esquina a Peñaflorida, edificio hoy de la Caja de Ahorros, había en 1883 un gimnasio municipal que dirigía Marcelino Soroa, el escritor y poeta. Allí acudían muchachos que querían hacer realidad el mens sana in corpore sano de los antiguos. Los alumnos de este gimnasio adquirían un envidiable desarrollo a la vez que llegaban a hacer ejercicios propios de consumados artistas.
El caserío Artola, situado en lo alto que domina la vega del Antiguo, acababa de ser reconstruido aquel año. Durante la segunda guerra carlista, la colina estuvo ocupada por una batería que respondía al fuego de los cañones del célebre reducto legitimista de Ventasiquiñ. Del caserío sólo quedaron en pie las cuatro paredes y el tejado.