lunes, 8 de octubre de 2018

Los puentes del Urumea

El Urumea es un río humilde, no tiene el caudal que otros ni su cuenca es tan extensa como la de muchos ríos españoles. Desde su nacimiento, en los manantiales de Leiza y Ezcurra, discurre hasta su desembocadura a través de cincuenta kilómetros de bellos paisajes, de verdes prados, de campos sembrados de maíz, con caserías y árboles y vacas. Muere en el mar y a veces las galernas del bravo Cantábrico llegan hasta el río y las olas baten el último puente y echando una capa de espuma a las aguas que metros antes eran dulces. Las gaviotas revolotean por encima de él, en las horas en que la corriente fluye mansamente, se posan en sus aguas.

Ha sido nuestro río testigo de algunos fastos históricos y lo han cruzado bastantes ejércitos en son de guerra y personajes de alcurnia, y no lejos de sus orillas la pequeña historia escribió muchos de sus capítulos.

Hasta no hace muchos años, en sus aguas se pescaban salmones, pero llegó la revolución industrial y comenzaron  los vertidos y la polución, y los salmones eligieron otros ríos para puerto de sus periplos oceánicos. Rendían viaje en el Urumea como lo siguen haciendo en el Bidasoa o en el Cares, hasta que las aguas de nuestro río dejaron de ser cristalinas y puras y los salmones abandonaron el Urumea. Ya no quedan más pescadores en nuestro río que aquellos con paciencia y tenacidad manejan la caña en los puentes en busca de corcones.

Varios puentes unen las dos orillas y dejando el de Loyola y el de Ergobia en Astigarraga, voy a escribir algo sobre los más famosos, empezando por el más dilatada historia, el de Santa Catalina. Fue antaño este puente de madera y según refiere el historiador Joaquín Antonio del Camino, tenía 224 pasos de largo y 9 de ancho."Antiguamente había en su centro una válvula que se levantaba las veces que hubiese de atravesar dicho puente algún navío y cuidaba de ello un hombre asalariado con título de pontero, a quien pagaban derechos los bajeles que subían o bajaban, y además por una Ordenanza de 1337 se mandaba que de todos los salmones que se cogiesen con redes desde la barra de Seriola o Surriola hasta el puente de la Nasa, se diese a los maniobreros del puente de Santa Catalina el diezmo de lo que valiesen dichos salmones, y lo mismo el diezmo de los mules que se matasen con redes en el puerto grande y Concha hasta Santa Clara".

Según un cronista del siglo XVII era "grande", de madera que se extendía sobre el "desemboque" del Urumea, de "gentil artificio". Se abría por el centro para que "los navíos y bajeles e pinazas entraran e salieran río arriba e mar adentro".

El entretenimiento del puente de madera dañado por los temporales era elevado, y el municipio pnsó en construir uno de piedra. En 1659 el ingeniero Cristóbal de Zumarrieta, maestro mayor en fortificaciones de Guipúzcoa, proyectó uno con pilastras de piedra. Años después el ingeniero Felipe Crame presentó otro proyecto. El puente tenía 14 ojos y los planos tienen fecha de 1757. No se construyó. Con posterioridad Joseph de Arzadun presenta un proyecto y Juan Ascensio de Chocorro otro, el primero de 5 ojos y de 9 el segundo. Tampoco se llevan a efecto. Es el arquitecto Francisco de Ibero quien hace un nuevo proyecto con 7 ojos, 6 de cantería y uno de madera. Este proyecto levantó una polémica, publicándose un folleto en contra, "Hidráulico consumado en pluma de un profesor y ciudadano de San Sebastián", al que siguió otro en el que se defendía el proyecto de Ibero, "Demostraciones justificativas dirigidas a desvanecer los errores de un Hidráulico consumado", por un arquitecto guipuzcoano. Intervienen las autoridades, llega el asunto hasta la Corte, se interesan ministros y es el Rey CarlosIII quie ordena se estudien los planos por una comisión. Pero poco después murió el Rey y el puente no se hizo.

Sobre el puente de madera pasaron en 1793 los soldados de la Convención. Estas tropas, que levantaron en la plaza Nueva una guillotina en la que decapitaron a un cura y a un desertor francés, abandonaron San Sebastián tras la paz de Basilea, dejando el puente bastante deteriorado. En 1813 el puente es destruido y hasta 1819 hubo uno provisional. Es en esta última fecha cuando se construye uno más sólido que entró en funcionamiento en 1823 y que fue destruido en 1835 por los liberales al acercarse las tropas carlistas. El general Evans mandó construir uno en 1836 y tras el convenio de Vergara se hizo otro más sólido, pero también de madera.

La ciudad pensó en serio en construir un nuevo puente y salvada la cuestión del peaje gracias a Joaquin Jamar y Maximino Aguirre, se aprobó un proyecto y en enero de 1870 se subastaron las obras comenzando la empresa de José Antonio de Arsuaga la construcción dirigida por el arquitecto Antonio Cortazar. El 23 de Junio de 1872 se inauguró y es el actual con algunas modificaciones posteriores. Tenía 127 metros de longitud de estribo a estribo y 12 de ancho, cinco arcos rebajados y cada arco tiene 23 metros de luz con 6 metros 60 centímetros de flechas. Las pilas están fundadas sobre 6 hilados de pilotes separados entre sí 80 cms. Estos pilotes están cortados a 2,90 metros de la línea de estiaje. La cimentación se construyó por pilotaje y hormigón utilizándose piedras de Motrico y caliza de Loyola. Su coste fue de dos millones y medio de reales y se dejó de cobrar el peaje que tantos pleitos había originado.

En 1911 cegaron uno de los ojos debido a las obras que se realizaron en el muro de la margen derecha del río y a la vez fue ensanchado, siendo nuevamente objeto de obras de ensanchamiento en 1924 y 1974 y desde entonces, con su calzada y andenes es uno de los puentes más anchos de España. Es un bello puente que da acceso a la principal avenida de la ciudad, la que termina en el mirador natural de la Concha.

("Del San Sebastián que fue" . Juan María Peña Ibañez)

Prólogo en el Boulevard

SAN SEBASTIÁN, verano de 1879 : Son las ocho de la noche; la Alameda , hasta no hace mucho Paseo del Hornabeque, presenta el aspecto que describe así un cronista de la época : "Hermosura, gala, distinción, donaire, fina galantería, tertulias de confianza, suspiros, miradas, sonrisas, tributos a la hermosura, culto a Cupido; de todo esto se encontraba, todo se sucedía en agradable confusión y bello desorden en el precioso paseo de la Alameda, iluminado a la Veneciana, presentando un cuadro de "Las Mil y Una Noches ...."
En el kiosko la Banda del Tercero de Artillería ataca las primeras notas de la obertura de Rosamunda... Y en una de aquellas "tertulias de confianza", entre miradas, sonrisas y suspiros de la gente joven, este diálogo:
-¡Qué alegría, doña Clotilde! Otra vez por aquí....
-Sí,sí: han sido dos años de veraneo forzoso en el pueblo, pero ahora nos tomamos el desquite.
-¡La guerra, hija, la guerra!¿Quién nos lo iba a decir el año 72?
- Ciertamente ... pero este San Sebastián no ha cambiado en nada. Siempre igual: tan limpio, tan bonito, tan acogedor. Como que nosotros nos contentamos con su recuerdo y ni ánimos tuvimos para ir a Santander.
-Pues a mí me picó un poco la aventura y ....
-Esper, espere un momento que la Banda va a interpretar la Marcha Turca .... Por cierto: ¿donde se hospedan ustedes?
- Donde siempre: en el Hotel Inglés. ¿Y ustedes?
-Por no variar, en la Fonda de Madrid.
-¿Mañana nos veremos en La Concha?
-Sí, sí; allí estaré porque llevo ya el cuarto día de la novena ....
La Banda del Tercero de Artillería sigue desgranando sobre "la agradable confusión y el bello desorden de la Alameda" las notas brillantes de Mozart.
En el otro extremo del paseo y bajo un farolillo a la Veneciana, un coronel de Cazadores -altas polainas charoladas, brandeburgos, charreteras y chacó- mientras atusa sus patillas de boca de hacha, expresión de su fervor alfonsino, recuerda los recientes episodios de la guerra.
-Tenaz y firme este pueblo de San Sebastián, mi querido amigo.
-Si señor; como que en los días del Sitio hasta cantaba coplillas alusivas a las bombas carlistas. Igual que en Cádiz cuando la francesada.
-Han sido tres años de prueba, de sufrimientos, de sacrifico ....
-Y de heroismo; pero ya ve, mi coronel, aquí todo está como si no hubiese pasado nada. No podemos decir que San Sebastián renace; porque jamás, ni en las más duras jornadas, dejó de vivir. Y mucho menos de pensar que era la primera playa española.
-En efecto, y a la vista está el resultado: once mil forasteros hemos venido este año a la Bella Easo. Lo acabo de leer en la estadística que publica hoy El Urumea
-Parece imposible que podamos tener todos acomodo.
-Un poquito justos. Pero en fin,San Sebastián es San Sestabien.....
Un silencio sepulcral "como pocas veces se observa entre la multitud" -testimoniará al día siguiente la prensa local- se hizo en los cientos de veraneantes reunidos en la Alameda. Era que los sesenta maestros cantores del Orfeón Easonense iban a actuar por vez primera en público guiados por la batuta del maestro Sarriegui....
Las últimas notas del Contzesirentzat se pierden entre las altas frondas del paseo y una salva de aplausos premia la labor insuperable de los cantantes donostiarras.
-¡Estas son voces, mi coronel, y no las de la compañía italiana del Circo ...!
Junto al escritorio de D. José Arana la peña de los taurófilos comenta las incidencias de la corrida del día anterior.
-¡Mala tarde Salvaor!
Frascuelo asiente porque lo contrario sería mentir, máxime cuando las caras del Badila, del Colita y de Agujetas acusan la pasada tormenta.
-¡Aquel maldito "Caballero"!
-Lástima de toro; porque como carnes las tenía. Y cuernos y nervio y bravura.
Sonríe D. José poniendo de manifiesto el muestrario de marfil de su famosa dentadura.
-Mañana te sacas la espina.
-Sí; y que luego se gasten chuflillas en la Prensa. Mire usted que decir eso de que dí más pases que franchutes había en la plaza y que sufrí más desarmes que los que ha tenido la Milicia Nacional.... ¡Con "Dió", señores....!
Hay un revuelo de gestos, voces y miradas: entre un grupo de admiradores, Julián Gayarre, el gran tenor roncalés, marcha hacia el Hotel de Londres donde esta noche le obsequian con una cena. A los postres ofrecerá el regalo de su voz cantando el Spirito gentile del cuarto acto de Favorita .....
Y habrá tema para hilvanar al día siguiente cien conversaciones bajo otras tantas sombrillas en la fina acera de la Concha, mientras en el puerto la chiquillería estará en sus gloris viendo las cucañas y la caza de patos, regalos que el Municipio ofrece a los veraneantes para animación de la que comienza a ser la Semana Grande.
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San Sebastián, recién salido de los horrores de una guerra civil durante la cual permaneció aislado del resto de España, se rehace de manera pasmosa y reivindica sus derechos a ser la primera playa peninsular. Las escenas precedentes, que no pasarían inadvertidas a los redactores de la prensa donostiarra, inspiraron seguramente al editorialista del Diario de San Sebastián estos atinados comentarios, certera visión de la realidad easonense que, pese a los cien años transcurridos, conservan jugosa actualidad:
Hay pues motivos para congratularse de lo que a siendo la temporada de 1879. Debe de infundir ánimos a la digna Corporación Municipal para completar en breve plazo las mejoras indispensables para poner a San Sebastián al abrigo de toda rivalidad.
Es muy posible que dentro de cuatro años los puertos asturianos y gallegos se hallen en comunicación ferrea con Madrid y provincias de España. No creemos que San Sebastián tenga nada temer de esos nuevos competidores, pues amén de otras muchas circunstancias debidas a la energía de sus habitantes, hay dos : su playa y la situación geográfica que ocupa, que la favorece muy por encima de todas sus rivales.
Prueba terminante de ello fue que sin embargo de quedarse San Sebastián aislado durante tres años de guerra del resto de España y teniendo Santander por decirlo así el privilegio exclusivo de recibir a los forasteros en tan larga época, acabó la guerra en marzo de 1876 y pocos meses después acudían a San Sebastian 57.000 personas ratificando su preferencia sobre otros puntos de baños.
Para asentar sobre base indestructible su ya especial situación, deben terminarse el Palacio de la Plaza de Guipúzcoa y el Parque de Alderdi-Eder, y levantar en el sitio destinado un magnífico Casino.
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El palacio de la Plaza de Guipúzcoa, sede de la Diputación, cuya terminación reclamaba el editorialista del Diario de San Sebastián había comenzadoi a ser construído un año antes -en junio de 1878- bajo la dirección del arquitecto municipal D. José Goicoa. Un incendio ocurrido la noche de Navidad de 1885 lo destruiría totalmente, siendo reconstruído por los arquitectos Morales de los Ríos y Aladrén, que el 1 de julio de 1887 habrían de ver terminadas las obras del Gran Casino por ellos dirigidas junto al Parque de Alderdi-Eder, nombre que se dió, el 28 de mayo de 1879, al antiguo campo de maniobras militares


JOSE BERRUEZO RAMIREZ

Los puentes del Urumea - El puente de María Cristina

Fue en 1903 cuando el Ayuntamiento donostiarra acordó construir un nuevo puente sobre el río Urumea, frente a la estación del Norte, que sustituyese a una pasarela de madera que había en aquel tramo del río.El 15 de septiembre del citado año convocó un concurso de proyectos. Los datos para el proyecto eran: distancia 88 metros entre los muelles; 20 metros de latitud del puente y 2,30 metros de altura del paseo del Urumea de la margen izquierda sobre la pleamar equinoccial. El material de los arcos debía ser de sillería, sillarejo o de hormigón armado. Si se adoptase cemento armado tenía que quedar oculto en los paramentos principales y recubierto con azulejos, mármoles u otros elementos decorativos. El presupuesto no podía pasar de 500.000 pesetas, costeando directamente el Ayuntamiento los gastos de cimentación. Se establecían dos premios, uno de 5.000 ptas.para el autor del proyecto que a juicio del jurado reuniese las cualidades de solidez, economía y belleza, y otro de 3.000 ptas. para el autor del estudio que le siguiera en méritos.(A) (B)

Se presentaron nada menos que catorce proyectos y el jurado, compuesto por don Pablo de Alzola, don Evaristo Churruca, don Enrique Gadea, don Recaredo Uhagón y don Marcelo Sarasola acordó el 5 de diciembre proponer al Ayuntamiento el proyecto presentado por el ingeniero de caminos don José Eugenio de Ribera con la colaboración del arquitecto don Julio María Zapata.

El proyecto premiado era de un puente de tres arcos escarzanos de 24 metros de luz y 1:11,4 de rebajamiento ejecutados en hormigón armado en su cuerpo y con sillería en sus frentes. El pavimento era horizontal a la altura del pase y los arranques de los arcos penetraban 0,44 metros en agua en momento de pleamares equinocciales. El presupuesto de contrata se dividía en dos partidas: presupuesto del puente propiamente dicho con sus faroles, etc. 378.694 ptas.; decoración formada por dos arcos de entrada, 120.340 ptas.

En el fallo del jurado se decía que los señores Ribera y Zapata habían sabido armonizar los preceptos de la ciencia del ingeniero con la experiencia del constructor y las galanuras del arte. "El alzado del proyecto  resulta armonioso en sus líneas generales y bello en sus detalles, habiéndose sacado el partido posible de las condiciones fijadas en el programa para darle un aspecto grande y monumental".

El presupuesto de aquel puente, con obras adicionales, era de 700.000 ptas. que el Ayuntamiento no podía invertir en aquellos momentos. Entonces surgió la Caja de Ahorros Municipal que vino a solucionar el problema financiero. La noticia de que la ciudad contaría en breve con un puente más llenó de alegría a los donostiarras. Los periódicos alababan el gesto de la ciudad, y un cronista escribía lo siguiente: "Tiene San Sebastián una institución cuyos beneficios han caído sobre el pobre y el desvalido como rocío sobre las flores, con tanta frecuencia como el agua sobre estas montañas donde es eterno el verdor de las laderas y el candor paradisíaco de sus habitantes, No hay que decir que nos referimos al Monte de Piedad y Caja de Ahorros Municipal. En cada reunión de su junta podría encontrarse motivo para un canto épico; de la importancia de la de ayer celebrada, con consignar sus acuerdos queda hecho el elogio.

Accediendo a la proposición de los individuos que forman su comisión de Hacienda, se acordó por unanimidad anticipar al municipio setecientas mil pesetas para construir el puente de Amara sobre el Urumea.(1). Y la cesión está hecha en condiciones tales, que el cabildo municipal y el pueblo de San Sebastián habrán de conservar memoria eterna de la junta que ayer se celebró".

El gesto de la Caja era que ésta no cobraría interés por el préstamo que tenía un plazo de noventa años de amortización. El acuerdo se había adoptado en la sesión del 26 de agosto de 1903.

El puente tiene cuatro obeliscos monumentales que costaron 120.340 pesetas y que fueron obra del profesor de Bellas Artes don Angel Garcia Diaz, con lo que recuerda algo al puente de Alejandro III de París, tal vez el más bello de los que hay sobre el Sena. En un principio iba a llamarse el Puente de los Fueros, pero fue bautizado con el nombre de Maria Cristina, en homenaje a la Reina Madre, benefactora de la ciudad y fue inaugurado el 20 de enero de 1905.(1)(2)(3)

Poco antes de la inauguración tuvo lugar en el Ayuntamiento la entrega de un premio de cien pesetas a los cinco obreros que más se habían distinguido en las obras del puente, premio creado por el miembro del jurado don Pablo Alzola al renunciar a los honorarios  que le correspondían como presidente del jurado. Los premiados fueron Francisco Iglesias, obrero fundidor de Madrid por su trabajo artístico de moldeo de candelabros y farolas; Angel García, también de Madrid, escultor que hizo las figuras alegóricas de la paz y el progreso  que coronan los obeliscos; Amadeo Iñurria, de Sevilla, escultor, por sus trabajos decorativos; Bautista Aguirre, de San Sebastián, cantero, por sus trabajos de cantería artística, y Jaime Benas, de San Sebastián, albañil, por sus trabajos de mármol y asiento de figuras decorativas.(1)(2)(3)

A la inauguración asistió el Ayuntamiento en corporación que llegó precedido de la banda de música con su estandarte y lujosos timbales, siguiendo los niños de la academia municipal de música y el Orfeón Donostiarra. El alcalde, don José Elósegui, representaba a la Reina Madre, por lo que la fuerza del Regimiento de Sicilia le rindió honores. Asistieron también el gobernador civil señor García Alix y el militar general Pavía. El arcipreste y párroco del Buen Pastor, don Martín Lorenzo de Urizar Zalduegui, asistido por los reverendos Irizar y Lapeira, bendijo el nuevo puente y acto seguido la banda, el Orfeón y los niños  de la Academia ejecutaron el himno del maestro Santesteban con letra del maestro Rododera, escrito para este acto. El alcalde pronunció un discurso.

En la Casa Consistorial tuvo lugar a continuación un lunch al que asistieron trescientos invitados y en el transcurso del cual hablaron los autores del proyecto señores Ribera y Zapata, el presidente del jurado señor Alzola y el alcalde. Aquella noche la ciudad presentaba un brillantísimo aspecto, pues los edificios públicos estaban iluminados y engalanados. Las bandas Iruchulo y La Unión, situadas en el paseo de los Fueros a la entrada de los puentes María Cristina y Santa Catalina, ejecutaron varias piezas. Hubo fuegos artificiales y a continuación el tradicional "cecenzusko".

En el otoño de 1984 se llevaron a cabo diversas obras en el puente, principalmente en los elementos decorativos, con un presupuesto de 130 millones de pesetas.

("Del San Sebastián que fue". Juan María Peña Ibañez)

domingo, 7 de octubre de 2018

Los Serenos

Una estampa del San Sebastián que fue, la del sereno que vigilaba las calles por las noches y que daba tranquilidad a los vecinos. Abrían los portales y ayudaban en casos de extrema necesidad a quienes les pedían auxilio, lo mismo para ir de madrugada a por un medicamento de urgencia que para avisar a la parroquia que un cristiano pedía los últimos sacramentos.

En San Sebastián el antecedente de los serenos está en los sagramenteros cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos. Las ordenanzas de 1489 y 1530 se ocupaban ya de ellos, y la primera fue confirmada por los Reyes Católicos cuando estaban en Baeza, metidos en la conquista de Granada.

Según refiere don Serapio Múgica, la misión de estos sagramenteros era la de "rondar y velar la villa, así por el fuego como para evitar delitos y cosas no debidas y apaciguar los ruidos, tener en la cárcel a los que reñían y andaban de noche en hábito y son no debidos, tener las llaves y guarda, especialmente de noche, de las puertas de la población, hacer limpiar la delantera de su casa a cada vecino, cada quince días de verano, hacer guardar las ordenanzas y ejecutar las sentencias y mandamientos del Consejo.... Habrían de velar y rondar de nueve a cuatro desde Pascua de Cuaresma hasta San Miguel, y de ocho a seis desde San Miguel a Pascua de Resurreción".

Pero junto a estos sagramenteros había otros guardianes nocturnos de la paz pública y que tienen su origen....en unos fantasmas que comenzaron a aparecer por la ciudad en la década de los treinta del siglo pasado. La visión de estos fantasmas, que solían dejarse ver con las primeras luces del alba y que asustaban a las beatas que acudían a la misa de alba de Santa María, hizo que se creara el cuerpo de serenos sostenido por las subvenciones populares. Eran cuatro hombres y un cabo que comenzaron a actuar la noche del 25 de diciembre de 1838. Renació la calma nocturna en la ciudad y los fantasmas, que nunca se supo si eran almas en pena, como las de la Santa Compaña gallega o graciosos dispuestos a gastar bromas al vecindario femenino, desaparecieron para siempre. Su aspecto era pintoresco, y una dama francesa que visitó San Sebastián pocos años después los describe "con una amplia capa parda en la cual se embozan, que queda levantada de un lado por la pica de la que cuelga una linterna. El grito que lanzan de noche para anunciar la hora y el tiempo tiene un no sé qué de lúgubre".

Su nombre era el de "Serenos cuidadores del alumbrado público" y en su origen iban con capote y llevaban silbato, pistola, chuzo, farol y matraca para llamar al vecindario en caso de incendio. Fueron bastantes las crónicas en los periódicos de Madrid sobre los serenos donostiarras, una de ellas publicada en "El Imparcial" por Eusebio Blasco en 1897, de la que reproduzco unos párrafos:

"Los serenos son ya "fijos", es decir, que el alcalde ha revocado la orden que antes había de variarlos de barrio cada mes.

Estos serenos donostiarras tienen algo del "policeman", son algo así como personas de la familia. Silenciosos, andando como sombras, con sus alpargatas que no hacen ruido y la luz en la cintura, un bastón en la mano, la carraca a la espalda, que es la llave del gentilhombre de estos ángeles custodios de la ciudad que duerme, están siempre dispuestos a servir a los vecinos, se puede dejar abierta de par en par la puerta de la calle en esta población sin ladrones.

Anteanoche, a menos de la mitad de mi trabajo, la luz eléctrica de mi casa desapareció y por cierto que esto sucede aquí con frecuencia. Abro el balcón: ¡Romualdo!

Aparece a lo lejos el gusano de luz, que avanza sin ruido.
-¡Romualdo!
-¡Señor!
-No tengo luz y estoy trabajando.
-Ya tendrá usted "lus pues".

El sereno desaparece corriendo, va a llamar a una tienda cualquiera o la abre por su cuenta si tiene la llave. A los diez minutos viene con dos bujías, abre la puerta de mi casa, sube hasta mi piso, habla bajito para no despertar a nadie y dice alargando ls dos velas: "¡Lus!".

Quiero darle una gratificación y rehusa. Mañana pudiera llamarle para buscar al médico, para que me despertara si fuese de viaje, para todo lo que se me ocurriera. Sé que duermo y hay quien me vela el sueño, paseando por la acera un amigo dispuesto siempre a serme agradable.

Los extranjeros que vienen aquí, encuentran admirable esta organización del servicio de noche y reconocen que en las grandes capitales de Europa faltan muchas cosas íntimas de las que tenemos los españoles. ¡Ya lo creo!

El invierno pasado, al salir una noche a cuerpo de mi casa, el sereno me detuvo a la puerta.
-¡Impermeable tienes que poner!
-¡Pero si no llueve!
-¡Que lloverá te digo!

Y subí y me cubrí y a las dos horas me acordaba de aquel previsor guardián de mi casa y persona que me habla como los aldeanos rusos, cuando le dicen al señor de la casa:
-Dios te haga viejo".

¡Evocadora crónica ésta de Eusebio Blasco que recoge una estampa inolvidable para los que la conocimos en un ayer que hoy nos parece tan lejano.....!

("Del San Sebastián que fue" - JUAN MARÍA PEÑA IBAÑEZ)

viernes, 5 de octubre de 2018

Teatros. El Teatro del Príncipe

TEATRO PRÍNCIPE
Fue en 1922 cuando se inauguró otro teatro, el Príncipe, construido en el solar donde había estado el frontón Beti-Jai que luego se convirtió en el Teatro Circo. En aquel momento funcionaban en la ciudad las siguientes salas de espectáculos : Principal, Victoria Eugenia, Miramar, Bellas Artes, Colón y el salón Charola que estaba en el Antiguo, además del Teatro del Gran Casino. La obra la realizó el arquitecto don Ramón Cortazar y disponía de quinientas butacas, proscenios, siete palcos junto al patio de butacas y diez en el piso  principal más el palco regio y la galería, en total 1.300 localidades.

Estaba decorado con sencillez y la pintura combinaba el marfil, el rojo y el oro. El techo era un casquete esférico en rojo desvanecido y de allí pendía una lámpara con 220 luces. Tenía un telón cortafuegos con chapa de hierro, habiendo en el local doce bocas de riego para caso de un incendio. Disponía de cuarenta camerinos y un bar.

La inauguración tuvo lugar el 22 de julio, actuando la compañía de ópera que dirigía el maestro Saco del Valle que representó la obra de Boito "Mefistófeles", en la que intervinieron la soprano María Zamboni, el tenor José Taccani y el bajo Angelo Massini Pieralli. De la orquesta formaban parte los mejores solistas de Madrid y el coro que intervino era de alta calidad. En días sucesivos la compañía representó "La Favorita" de Donizatti, "Rigoleto" de Verdi, "La Traviata" y "El Barbero de Sevilla" de Rossini, despidiéndose el 29 de julio.

La única vez que cantó en San Sebastián Carlos Gardel fue en 1928 y lo hizo en este teatro que cuando escribo estas líneas, en la primavera de 1994, ha cerrado sus puertas para realizar unas obras y convertirse en siete salas de cine con un aforo de 1.200 localidades.

JUAN MARÍA PEÑA IBAÑEZ.

Los puentes del Urumea. El puente de hierro

Cuando se proyectó a mediados del siglo pasado (XIX) la línea férrea Madrid-Irún se hizo un puente de hierro para salvar el río Urumea que sirvió al tráfico de los trenes desde 1864 a 1932. A las viejas locomotoras habían sucedido otras más modernas que desarrollaban mayor velocidad, pero que eran más pesadas. Y los convoyes también lo eran. Esa fue una de las razones que hicieron construir un nuevo puente , dejando el viejo para el paso de peatones que así podían ir de una margen a otra del río sin necesidad de usar el de María Cristina.

En la noche del 23 al 24 de enero de 1932 se llevó a cabo la sustitución del puente viejo por el puente nuevo. Se habían realizado estudios de cálculo en diversos laboratorios para construir el nuevo puente que resistiera el pesado tráfico ferroviario, así como para la operación de corrimiento de los puentes. Aquel que podríamos llamar "acto histórico" fue presenciado por un nutrido grupo de curiosos, pese a lo avanzado de la hora. Potentes focos colgados de postes iluminaban las riberas.

Después que hubo pasado el último tren ya en la medianoche, comenzaron los preparativos para hacer rodar los dos puentes. Se iba a sustituir el viejo, con su característica pared de la entrevía, por uno nuevo construido sobre pilares provisionales. Tal vez la operación más delicada fue el despegue del viejo de los pilares sobre los que se apoyaba. Para ello los obreros fueron introduciendo fuertes cuñas entre el armazón y sus cuatro bases, realizándose esta delicada labor, que desnivelaba el puente en relación a la rasante, sin suspender el paso de los trenes.

El puente viejo quedó calzado igual que el nuevo, se instalaron los rieles en sentido perpendicular a la largura de los puentes pasando por debajo; se aplicaron los rodillos para  el rodaje fácil sobre los rieles; se prepararon los cabrestantes en cada uno de los nuevos pilares y los cables quedaron tensos para atraer el puente hasta los pilares antiguos y por fin se cortaron los rieles del puente antiguo.

La distancia de los dos puentes se ajustaba a los nuevos pilares, el corte de los rieles del puente nuevo al corte que se dio en los del viejo. Y se llevó a cabo la operación más espectacular, el arrastre de los dos puentes. Para ello sobre cada pilar de los construidos últimamente se colocó un cabrestante y a una señal los cuatro equipos que servían a las máquinas de brazo comenzaron a trabajar, los puentes se pusieron en movimiento rodando sobre unos rodillos hasta que cada puente quedó en su sitio. Se ajustaron las vías, funcionaron los soldadores automáticos y los trenes pudieron poco después pasar por el nuevo puente. El viejo pesaba 210 toneladas y el nuevo 330, sien su largura 84 metros.

La operación, que comenzó a las 12 de la noche terminó cincuenta minutos después. La Compañía cedió al Ayuntamiento el puente viejo por 80.000 pesetas, construyendo aquella los machones. El municipio hizo los accesos al puente y los donostiarras pudieron usarlo inmediatamente.

(JUAN MARÍA PEÑA IBAÑEZ)

martes, 4 de septiembre de 2018

Cuatro parroquias

Un burgalés nacido en Poza de la Sal, Melchor Angel Gutiérrez Vallejo, regía la diócesis de Pamplona en 1733 y a ella pertenecía entonces San Sebastián. Pensando ir a Roma a visitar las tumbas de los Apóstoles y a informar al Papa del estado de su diócesis, dirigió una circular a los párrocos a fin de que le dieran cuenta de la situación de sus parroquias, número de feligreses, capellanías, ermitas, oratorios, etc. que existían. Por su estado de salud tuvo que desistir del proyectado viaje, que realizó en su nombre el arcediano doctor Gaspar de Aldecoa. Gracias a las contestaciones de los párrocos, sabemos el estado de las iglesias de San Sebastián en 1733 y que por parroquias era el siguiente :

La población de San Sebastián era entonces, incluidos sus extramuros del Antiguo, Alza, Pasajes e Igueldo, de unas nueve mil almas y existían seis parroquias y cinco iglesias, las de los dominicos, jesuitas, franciscanos, carmelitas descalzas y canónigas regulares. El número de sacerdotes, sin contar los religiosos, era de 74, el de capellanías de patrono laico 63. Había tres fundaciones para doncellas pobres, dos hospitales, uno militar y otro civil, y una casa de Misericordia.

Las ermitas eran la de Santa Clara, que pertenecía a la comunidad de canónigas regulares de San Bartolomé, la de Santa Teresa, perteneciente a la casa de Amézqueta, la de San Martín y Santiago en el barrio de San Martín junto a la Misericordia, la de la Torre en Pasajes que pertenecía al Ayuntamiento, la de Nuestra Señora de Hua y el Santo Cristo de la Herrera, en Alza, y en el Antiguo la de Nuestra Señora de Loreto y Nuestra Señora de la Piedad.

Las cofradías existentes eran las del Santísimo Sacramento, la de la Esclavitud de María, la de San Pedro de los Mareantes y San Antonio del gremio de sastres, en la parroquia de Santa María. Había en la basílica de Santa Ana, aneja a Santa María, la de la Vera Cruz y la de la Misericordia, San Eloy, la de Animas y San José de los Carpinteros en la parroquia de San Vicente.

En esta parroquia había 2.500 adultos, siendo la que contaba con el mayor número y de ella dependían los conventos de dominicos y franciscanos, según informaba don Agustín de Egoabil.

En Santa María el Vicario perpetuo don Pedro Manuel de Echevarría daba cuenta de que eran sufragáneas las parroquias de San Marcial de Alza y San Pedro de Pasajes, hallándose en su distrito el convento de San Bartolomé, el de Santa Ana de carmelitas descalzas, el de San Sebastián el Antiguo de religiosas de Santo Domingo y el colegio del Corazón de Jesús. Las monjas del Antiguo se valían de la parroquia de San Sebastián. A la parroquia de Santa María pertenecían 600 vecinos y de comunión 1.500. Había en la parroquia 49 capellanías y tres  dotaciones para doncellas huérfanas.

A la parroquia de San Pedro de Pasajes pertenecían cien vecinos y 400 feligreses de comunión y cinco capellanías. En la de San Pedro de Igueldo había una feligresía de 240 personas y 120 almas de comunión. La de San Marcial de Alza contaba con 130 vecinos y 600 personas de comunión y la de San Sebastián el Antiguo tenía 90 vecinos y 300 fieles de comunión. La provisión de esta parroquia correspondía a la Orden de Predicadores de San Telmo.

(JUAN MARÍA PEÑA IBÁÑEZ)