lunes, 27 de marzo de 2023

1.- VISTA GENERAL

 1.-VISTA GENERAL


Resulta difícil imaginar cómo era San Sebastián al principio de esta historia. Tenemos que empezar desde el año 1000, nada menos.


Porque la Ciudad de hoy es diametralmente distinta de aquélla a la que forzosamente hemos de referirnos.


Era un pueblo pequeño. El Urumea no tenía el mismo cauce que ahora. El río, que nace en Navarra, y la bahía reducían la Villa a una península. El Ensanche de Amara, la calle de San Martín y zonas cercanas eran marismas. El río Urumea era, por tanto, mucho más extenso, ensanchándose libremente por meandros amplísimos.


Tampoco el muelle tenía la misma configuración. Era más estrecho que el actual, protegido del viento por el monte Urgull.


Imaginemos también una muralla posterior que corriera a todo lo largo de su terraza -desde donde hoy vemos la carga y descarga de los barcos o la llegada de los pesqueros hasta poco más o menos el actual Gobierno Militar. Desde aquí iba recta por el Boulevard hasta el punto ideal de la Brecha. Y dentro de ese recuadro, que configurará la Parte Vieja, un pueblecito con calles estrechas, casas de madera muy apiñadas, fuentes públicas, iglesias y tiendas. Sin cines, ni teatros, ni cafés, ni coches: San Sebastián.


En pleamar, sobre todo en las vivas de septiembre, San Sebastián se convertía en una auténtica isla. Sólo un camino pequeño se libraba del agua, y por él aquel pueblo establecía contacto con los caseríos de las colinas y valles próximos.


Enfrente había estado de siempre el núcleo de caseríos llamado «El Antiguo». Las palabras tienen valor etimológico y ésta lo posee bien claro. Posiblemente aquella agrupación de caseríos fue anterior en el tiempo al núcleo asentado al pie de Urgull. Hasta tiempos relativamente próximos, en el tercer día de Pascua de Pentecostés el Ayuntamiento de Hernani se trasladaba a la Iglesia Parroquial de San Sebastián del Antiguo, en procesión solemne, por una costumbre antiquísima de origen desconocido, y en corporación presidida por el Alcalde con vara alzada. Gesto que tuvo, sin duda, carácter de recuerdo de una misma jurisdicción a que ambos pertenecieron.


En ese cuadrángulo, protegida del Urgull del peor viento -el Noroeste afincó la Villa, donde vivían comerciantes y artesanos, muchos de ellos franceses.


Pertenecía al término de Hernani. Poseía dos iglesias, Santa María y San Vicente. Era laboriosa, abnegada y leal. Callada y modesta. Y la aguardaba, acaso sin que nadie lo imaginase, un brillante porvenir durante la larga Edad Media, en la que con esta configuración se nos presenta.


PRÓLOGO

 Resulta en extremo grato para mí prologar esta obra, dirigida al mejor conocimiento de su Ciudad, su pueblo, a los pequeños y muchachos. los hombres del mañana.


El autor, hijo de San Sebastián, ha puesto su corazón en esta obra, destinada a la juventud a la que ofrece un saber más amplio de la historia y lugares de su pueblo para, de esta forma, poder más y mejor amarlo, y así en el futuro laborar en los diferentes puestos a los que la vida les lleve, lo hagan con mayor conocimiento, en bien de Donostía y con fidelidad a las esencias de su ser que definen su personalidad.


En lenguaje claro, sencillo y emotivo, les hace vivir con pasión los días misteriosos de un ayer lejano, envuelto en las neblinas de lo desconocido. Se enterarán del nacimiento de nuestra Ciudad y pasarán ante ellos, en fantástica danza, marineros y ferrones. Aventura y trabajo. Balleneros y comerciantes. Soldados y fortificaciones. Lucha y paz. Incendios y desgracias. Tragedias de las que salió nuestra Ciudad más pura, bonita y fuerte. Más donostiarra.


Les habla de nuestros hombres y de nuestras mujeres. De nuestros artistas e intelectuales. De nuestros trabajadores, artesanos y políticos. De su tesón y coraje. En definitiva, de nuestros antepasados. Y de tal forma, que los niños que lean estas líneas, no podrán subir a Urgull y mirar a la Ciudad sin que la contemplación de calles, plazas, montes, ríos, playas e íntimos "txokos", dejen de tener un profundo significado en su corazón.


La Caja de Ahorros Municipal, a través de esta publicación de si Obra Cultural, e Ignacio Pérez-Arregui Fort, no tengo duda que verán cumplido su propósito, de que por medio de estos capítulos conozcan el pasado de San Sebastián, los llamados a hacer su futuro.


Participo con intima satisfacción en la finalidad perseguida, y al darles la enhorabuena por la iniciativa, dirijo un afectuoso saludo a todos los lectores, en el señalado día de "Santo Tomas'eko Feriya" a titulo de uno, entre los muchos, que ya hace años vino a la vida en nuestro pueblo al que siempre ha procurado servir con ilusionado afán.


San Sebastián, 21 de Diciembre de 1966.


EL ALCALDE Presidente de la Caja de Ahorros Municipal José Manuel Elósegui y Lizariturry


sábado, 25 de marzo de 2023

EXCURSIÓN ESCOLAR (XI)

 San Sebastián, que nace junto al mar, en él encuentra el camino de su prosperidad y de su gloria.-Los puertos que tuvo y los que pudo tener nuestra ciudad.Las industrias marítimas florecieron en los arenales donostiarras y en las orillas del Urumea.


Hemos dicho que el Fuero de Sancho el Sabio fue el primer Código de Comercio Marítimo que hubo en España. Sus disposiciones acreditan que nuestro pueblo, como la mitológica Venus Afrodita, nació de las aguas y en ellas -en el río y en el mar encontró su vida y su destino.


En aquellos años del siglo XII cuando los gascones de Bayona se establecen aquí acogidos a la hospitalidad de los pescadores que vivían en Urgull, el puerto -si pomposamente le llamamos así sería poco más que unas estacas clavadas en el fango de la pequeña ensenada que formaban dicho monte y su prolongación de Puyuelo, nombre que en gascón significaba elevación o montecillo. Pero muy pronto surgirían rudimentarias obras de defensa un guardamar- contra las olas y nacerán a su lado tingladillos para el almacenaje de las mercancías -hasta que se construya la Lonja- que llegaban de fuera o salían para el extranjero.


El Fuero habla de plomo, cobre, estaño, cueros, pieles, pez, cera, algodón, paños de lana y de lino, pimienta e incienso que venían de Francia, de los Países Bajos, de Inglaterra, de Galicia, de Portugal, de Andalucía... Y hacia esos lugares enviábamos lanas, vinos, aceites y trigo de Navarra, de Aragón y de Castilla.


Como quiera que las rivalidades políticas internacionales eran una rémora para la normalidad comercial, se recurría a negociaciones diplomáticas encaminadas a lograr una libertad de los mares beneficiosa para todos; y así en 1351 San Sebastián, que desde 1294 formaba parte de la Hermandad Marítima con Fuenterrabía, Guetaria, Motrico, Bermeo, Castro Urdiales, Laredo, Santander y San Vicente de la Barquera, concluye en Londres un tratado o concordia con Inglaterra; en 1353 firma otro similar con Bayona y Biarritz, otro en 1388 con los puertos de Bretaña y otro en 1432 con San Juan de Luz y Capbreton; política ésta que culminará con el Tratado de paz y amistad que, el 9 de marzo de 1482, firmaron en Londres los próceres guipuzcoanos en representación de la provincia y de los Reyes Católicos. La intensidad del tráfico marítimo atestiguada por esos instrumento diplomáticos exigía seguridades en el puerto donostiarra pues ya en 1318 Alfonso XI había ordenado que cuatro peritos designasen los lugares donde debían anclar las naves en los diversos surgideros con el fin de evitar los muchos naufragios que ocurrían.


Reinando Juan II y con algunos arbitrios que concedió a San Sebastián comenzó en 1450 a construirse el primer muelle. Enrique IV fijó ya un arancel de derechos para las mercancías que llegaban al puerto o salían de él, y en las Ordenanzas Municipales confirmadas por los Reyes Católicos en 1489 se alude a la actividad que tenía lugar en el Puerto Grande o de la Concha y en el Puerto Chico o de Santa Catalina en el Urumea.


La pesca del bacalao y la de la ballena, ocupación preferente de los marinos vascongados, traían gran cantidad de barcos a la bahía donostiarra. Sabemos por datos de las Juntas Generales de Rentería en 1580 que ese año, con motivo de la campaña en Terranova, se congregaron en la Concha de cien a ciento cincuenta embarcaciones.


Catorce años más tarde San Sebastián pedía a las Juntas de Vergara suplicasen al rey la concesión de algún impuesto para la construcción de otro muelle. En 1625 había ya dos y seguían las obras en el puerto de refugio habiéndose desechado un proyecto del ingeniero portugués Texeira de cerrar la bahía con un dique desde la isla a Igueldo.


El 7 de diciembre de 1688 un rayo cayó en los almacenes de pólvora del Castillo de la Mota causando la explosión grandes daños en la ciudad y en los muelles, que fueron reparados por la provincia al siguiente año.


En el siglo XVII decae el comercio marítimo y para paliar sus consecuencias es creado aquí, en San Sebastián, el Consulado y Casa de Contratación, el año 1682.


En 1728 la Real Compañía Guipuzcoana de Navegación a Caracas, una de las empresas mercantiles más importantes de la España borbónica, levantará con su tráfico a Venezuela la decaída vida económica donostiarra. La Virgen del Coro será su patrona y «accionista» y con los beneficios que tal condición le reportó pudo restaurarse la Iglesia Matriz donde se venera.


En 1751, la Guipuzcoana traslada su dirección de San Sebastián a Madrid donde en 1785 deja de existir para fundirse en la Compañía de Filipinas.


La Casa de Contratación y Consulado confía en 1773 al arquitecto Pedro Ignacio de Lizardi el proyecto de cerrar el espacio entre la isla de Santa Clara e Igueldo, de cuya realización se encargará el ingeniero Sánchez Bort; pero tal proyecto no prosperó. En cambio, el citado Bort fue autor en 1778 de la linterna o fanal de Arrobi (Igueldo), cuya luz de 24 pábilos con reverbero se veía de noche desde nueve leguas mar adentro.


La idea de transformar la bahía en un gran puerto se convirtió casi en una obsesión: en 1820 y también por encargo del Consulado, el quitecto Silvestre Pérez trazó un nuevo proyecto, pero comenzada su realización en enero del siguiente año hubo de suspenderse en 1822 por falta de dinero. La ciudad tuvo que mejorar las instalaciones que ya existían al socaire de Urgull, mejoras también proyectadas por Sánchez Bort y aprobadas por R. O. de 25 de mayo de 1775.


Al cabo de un siglo, don Fermín de Lasala -padre del Duque de Mandas- se encargó de terminar las obras del puerto, las cuales aún fueron mejoradas en 1905... Pero el puerto donostiarra hacía muchos años que dejó de ser lo que había sido: uno de los primeros del norte de España. La desaparición del reino de Navarra en el siglo XVI, la apertura del camino directo desde el interior a Bilbao por la Peña de Orduña en el XVIII y las alteraciones políticas y guerras civiles en el XIX, fueron acabando con la vida comercial marítima de San Sebastián, vida que había animado también la floreciente industria, pues en los siglos XV y XVI eran notables los astilleros establecidos en las márgenes del Urumea y en los arenales de la Concha, y famosas en Europa fueron las jarcias, maromas y anclas fabricadas en nuestra ciudad.


LECTURA


"Prescindiendo de los puertos del Urumea, nos ocuparemos ahora del occidental de la ciudad, que es, en la actualidad, el único subsistente.


Seguramente que es a él a quien aluden, tanto el Fuero de Sancho el Sabio de Navarra, cuando concede las exenciones y fija los derechos por las mercaderías que los navios trajeran por mar, como los distintos privilegios reales en materia de navegación que le siguieron en el tiempo durante varios siglos. Pero sería ingenuo el que pensáramos que con privilegios o sin ellos el puerto hubiera sido siempre como hoy.


Antes de que intervinieran los canteros para hacer los muelles que forman la dársena, era puerto toda la bahía de la Concha defendida por la isla de Santa Clara, a cuyo socaire fondeaban las naves y los bajeles, para protegerse del temporal o en espera de la carga y descarga. Por un privilegio de Alfonso XI, de 1318, sabemos que había unas boyas "que estaban en la Concha contra fuera el vocal del dicho puerto", es decir, fuera de la corriente; pero por lo visto, el "diezmero de su Majestad" molestaba con sus imposiciones a los que se acogían a ellas y no "osauan ancorar". Por eso dio Alfonso XI el Privilegio. Don Ricardo Eizaguirre sostiene que "los primeros cuerpos muertos, en número de tres" en la bahía, se colocaron en el año 1830, pero creo que en esto está equivocado.


En los primeros tiempos, debió llamarse a la Concha, Puerto mayor, y, Puerto menor, al surgidero pegante a la muralla, donde andando el tiempo se construiría la dársena, pues de una papeleta sacada del Archivo de San Millán, que me ha facilitado el Cronista de la Provincia, don Fausto Arocena, resulta que en el 28 de Octubre de la era de 1382, año de 1344, la villa de San Sebastián autoriza a doña Remocida Ochoa de Guetaria para trasladar el trull que tenía con doña Aurea y otros en el arenal de la villa entre el puerto mayor e entre el puerto menor" a otro lugar, dejando al otro lado espacio para caminos francos para el servicio del Rey.


Cuando llegara la hora de la carga o la descarga, vararían los barcos en la playa, seguramente junto al caserío de la población, en el Puerto menor, y sacarían una planchada a tierra para la faena. Si queremos hacernos una idea del puerto donostiarra en los tiempos que siguieron al villazgo, bastaría que la busquemos en el espejo de las estampas que evocan los desembarcos de los primeros colonizadores de América, con las naturales variantes en la arquitectura naval.


Más tarde, para salvar los inconvenientes del sistema, se construiría un embarcadero de madera parecido al que hemos visto que proyectaron los regidores de Fuenterrabía para la cala de Asturiaga, en la sesión de 25 de enero de 1609, y, andando el tiempo, un "cay" de piedras sillares, al que pudieran amarrar los barcos con alguna seguridad.


Pero muelles de defensa, guardamares, no los hubo hasta mucho después".


M. CIRIQUIAIN-GAIZTARRO "Los Puertos Marítimos Vascongados" (1961)


EXCURSION ESCOLAR (X)

 San Sebastián, en la órbita política de Castilla, permanece al margen de las luchas feudales de los parientes mayores que ensangrentaron la Provincia, a cuya formación contribuye apoyando la Hermandad de 1397.


Estratégicamente situada Guipúzcoa en la órbita castellana sirve de punto de apoyo para las empresas europeas de la corona de Castilla que, con Alfonso VIII, tenía, como hemos visto, intereses territoriales en Francia. Para mejor defenderlos dicho soberano funda las villas de Fuenterrabía (1203), Guetaria y Motrico (1209). Su sucesor Fernando III el Santo refunda Zarauz (1233) y Alfonso X el Sabio da fueros en 1256 a Tolosa, Segura y Villafranca, en 1260 a Mondragón y en 1268 a Vergara, villas éstas en la frontera de tensión con Navarra donde la separación de Guipúzcoa había causado hondo malestar.


Alfonso X se sabe que vino a San Sebastián en 1280 y su hijo Sancho IV lo hizo en 1286 y en 1290 para desde aquí negociar con el rey de Francia. En su segunda visita el monarca tomó bajo su protección al Monasterio de San Bartolomé y confirmó el privilegio que su padre y su abuelo habían dado a los donostiarras de no pagar portazgos en ninguna de sus tierras, con excepción de Toledo, Sevilla y Murcia.


Fernando IV confirmó ese derecho y eximió a San Sebastián de contribuir con barcos a la formación de la Real Armada en 1311.


Alfonso XI confirmó asimismo tales privilegios (1318) y autorizó a construir molinos de viento dentro de las murallas, reguló el anclaje de navíos en la Concha y dio a la villa la exclusiva del nombramiento de Escribanos.


San Sebastián, no obstante estar exenta por su Fuero, contribuyó con varias embarcaciones al sitio que don Alfonso XI había puesto en Algeciras en 1342.


Un día de 1366 más de veinte navíos echaron el ancla en la bahía donostiarra: era la flota en la que Pedro I el Cruel venía a refugiarse en San Sebastián huyendo de sus enemigos los Trastamara. Con el rey llegan sus hijas, sus leales y sus tesoros. Desde San Sebastián irá el monarca a Capbretón para pactar con el Príncipe de Gales y con el rey de Navarra una Liga que le ayudará a recuperar su reino de Castilla.


Aquel soberano tan discutido no olvidará a los donostiarras cuya lealtad retribuye con algunas mercedes. Igual comportamiento tendrá en 1374 su hermano y sucesor Enrique II, cuando al mando de poderoso ejército viene aquí para luego poner sitio a Bayona que estaba en poder de los ingleses. En esa ocasión San Sebastián le ayudó con algunos navíos.


Juan I, durante cuyo reinado se agudizan en el País Vasco las luchas feudales, confirma las Ordenanzas dispuestas por las villas guipuzcoanas reunidas en Junta en San Sebastián (1379) para que nadie apoye a los banderizos; y confirma también el privilegio de los 3.000 maravedises del diezmo viejo destinados a la conservación del guardamar y fortaleza donostiarras.


La rivalidad entre Oñacinos y Gamboinos había creado un clima de terror en la provincia en medio del que San Sebastián, que no se inclinó por ninguna de las parcialidades banderizas, era como un oasis de paz.


Para defenderse frente a los Parientes Mayores que así eran llamados aquellos pequeños señores feudales- las villas guipuzcoanas tratan de constituir en 1375, en 1379, en 1387 y en 1391 una Hermandad, sin que hasta el 6 de julio de 1397 logren tal objeto. En dicho día la Junta celebrada en la iglesia de San Salvador de Guetaria aprueba una Ordenanza en presencia del Corregidor de Vizcaya, doctor Gonzalo Moro, a quien el rey Enrique III había enviado a Guipúzcoa para ver de acabar con la subversión banderiza.


El nombre de aquel jurista y el del monarca castellano merecen figurar con honor en la Historia de San Sebastián, pues habiendo desaparecido en el incendio que sufrió la villa en 1387 el original del Fuero de Sancho el Sabio, Enrique III dio en Valladolid el 14 de abril de 1403 un Diploma validando la copia que de aquel había sacado el Dr. Gonzalo Moro.


Pero la guerra de los Parientes Mayores se recrudeció haciendo necesaria la presencia del rey en Guipúzcoa: Enrique IV llega a San Sebastián el 5 de marzo de 1457, confirma las Ordenanzas de la Hermandad y acaba con el terrorismo desterrando a los cabecillas gamboínos y oñacinos a pueblos del sur de España situados en la frontera con los musulmanes.


En 1463 Enrique IV vuelve a San Sebastián para acudir a entrevistarse con el rey de Francia Luis XI; nota pintoresca en esa visita fue la presencia de cuatrocientos caballeros moros de Granada que formaban la escolta real.


A Enrique IV le debe San Sebastián el haber fallado en su favor el viejo pleito sostenido con Fuenterrabía sobre la pertenencia del puerto de Pasajes.


LECTURA


Y así llegamos al 6 de julio de 1397, día en que por mandato expreso de Enrique III se reunió en el coro de la iglesia parroquial de San Salvador de Guetaria una nueva junta general de las villas de la provincia. Las juntas generales conviene advertirlo aquí- sólo se solían reunir obedeciendo a una orden expresa emanada de la corona. Corrientemente las juntas no tenían este carácter de generalidad que tuvieron, por ejemplo, las de Tolosa de 1375 o estas mismas de Guetaria de que estamos hablando. Y una cosa parecida ocurría también con las hermandades de las villas, que agru paban corrientemente a algunos de los pueblos de la provincia -no a todos y respondían a compromisos de carácter particular, relacionados con determinadas necesidades o conveniencias.


Las juntas de Guetaria fueron presididas por el famoso corregidor Gonzalo Moro -extraño al país por su nacimiento, aunque afincado en Vizcaya por su larga permanencia en esa tierra y por su matrimonio con doña Maria Ortiz de Ibargüen- y a ella asistieron los procuradores de San Sebastián, Mondragón, Fuenterrabia, Rentería, Tolosa, Guetaria, Zumaya, Deva, Motrico, Segura, Salinas, Azpeitia, Eibar, Villafranca, Hernani, Elgueta, Orio, Elgoibar, Usúrbil, Cestona, Andoain, Placencia, Vergara, Villarreal, Azcoitia y Urnieta; y también los de las res alcaldías mayores de Sayaz, Aiztondo y Areria.


La finalidad principal que se propusieron estas juntas fue la de buscar un remedio a los alborotos, discordias y bullicios que ocurrían constantemente en el país, porque los pueblos de la provincia no guardaban la hermandad que entre si habían hecho. Las disposiciones de carácter penal que se adoptaron para castigar a los perturbadores del buen orden fueron muy numerosas y su rigor exagerado muestra hasta qué punto se sentían vejados los paisanos y moradores de las villas por el comportamiento de los banderizos y por la política dominadora de los parientes mayores. En una de estas disposiciones, los señores de las casas fuertes son señalados concretamente como protectores de lo malhechores y guardadores de sus robos."


IGNACIO AROCENA "Oñacinos y gamboínos" (1959)


domingo, 12 de septiembre de 2021

BOSQUES Y AVES

 Paradisíacos resultaban, al decir de lo que nos dejaron escrito los hombres de nuestro albor histórico, los alrededores de San Sebastián. Se hacían leguas de lo fecunda que era su vasta jurisdicción.

Al valle del Urumea, nuestra ría, se la consideraba como una de las más feraces de Guipúzcoa. Despeñándose desde las cumbres de los montes, alimentaban su caudal quebrados, arroyos y cascadas, riachuelos y torrenteras.

Había en el Urumea variedad de pesca. Abundancia de truchas y salmones -que más adelante se cogerán con redes desde el puente de Santa Catalina-. Y de pesca de mar, abundancia de testáceos, particularmente langostas. Y caballitos de mar, arañas y esas tristes y desplazadas estrellas de mar.

Debieron de ser también deliciosos los bosques que abrazaban más allá de los arenales la recogida Ciudad. Los había de beyotas y tayucos, cuyos frutos se utilizaban para alimento de los cerdos sacrificados poco después de la Navidad. No faltaban los robledales, los castaños, las hayas y los poéticos fresnos, los alisos y las acacias, llamados, en vascuence,"aritza","gaztaña", "pagua", "lizarra" y "altza".

Lógico era que esta variedad de arbolado, sano y exhuberante, atrajera la más rica diversidad de aves. El testimonio de los más remotos viajeros incide en resaltar que "hay mucha caza de pluma". Uno de ellos señalará, con golosa minudencia, la bonanza de los pichones y de cierta especie de perdiz roja de Aragón.

Otras aves que no faltaban en el comercio eran el pato real, la cerceta, la becacina o "istingor", la avutarda, el francolí y la avefría, y el totano o "kulixka".

Además de estas aves acuáticas, las de los bosques. La becada especialmente, que interrumpía aquí, por no pocos días, su bello viaje desde las zonas septentrionales.

No faltaban tampoco, al decir de los buenos paladares, el sabroso conejo de Navarra y la liebre, de la que un curioso escribirá " que es siempre de mayor peso que la de Castilla".

Y todo ese conjunto frondoso, animado de gorjeo de pájaros, quedaba materialmente recubierto por la bella y amarillenta argoma, tan hermosa como punzante, proliferando a su lado zarzales, jazmines, fresales, morales y azucenas silvestres, esmaltados por el verde brillante de los laureles en los días de lluvia.

Bosques fragantes, siempre verdes, en una conjunción perfecta con el azul del mar. En primavera y otoño, el sol, al templar la tierra naturalmente húmeda, hacía nacer un sinnúmero de hongos. Necesitaban los donostiarras y los caseros de las inmediaciones ojo experto para no confundir el sano del venenoso.

La Naturaleza, desde mediada esta Centuria cuando menos, ya alimentaba a los donostiarras con exquisitos admenículos para los mejores platos.

SUR

 Viento sur sobre la bahía de San Sebastián.

La Concha aquietada. El mar, sereno, embellecido con tonalidades de bronce y líneas de plata. Y el cielo, transpirante de un azul de dureza castellana.

El viento sur afina los límites sinuosos de los montes, alarga, con suave estremecimiento, los horizontes, resalta los perfiles de los valles, arrastra las brumas y los grises, tan maravillosos como no los hay fuera de este País.

Resulta curioso que el refranero vasco alambique entre dos clases de viento sur. El "ego zuri", suave abanico que abrasa los campos, enemigo del casero, y el "ego aize", "caprichoso como pensamiento de mujer".

Y notabilísimo resulta que los legisladores encuadrasen el "ego aize" como atenuente en los crímenes cometidos bajo su soplo.

Poco duran estas suaves y tibias horas del viento sur. Ya surge la "enbata", apretado bloque de nubes espesas. Se arrastra rozando montes, enredándose entre las ramas, deshecha en pedazos de niebla húmeda.

Cambia el viento, se agita el mar, como sacudido por el celo, y ya sobrepasan Urgull las avanzadas de la bruma pegajosa, refrescante y vivificadora.

Al fin, las Peñas de Aya, montaña límite de los Pirineos ístmicos, se hunde en las nubes bajas, arrastradas por el viento.

Llueve quieta, suave, generosamente.


EL MAR DONOSTIARRA

 Las ciudades y los pueblos de las costas llevan el cuño del mar. Son hechura suya, de sus aromas salinos, del bravío deshacerse de sus olas, del suave horizonte matutino donde la penumbra pálida quiere ser luz.

Por aquella raya firme y lejana van agrandándose las naves que vuelven, y en cuyas estelas no hubo otra cosa más que mar. En su seno hermanan los hombres, porque en él hay peligro. Hacia aquella boca abierta se abalanza, en los otoños, el viento de tierra adentro. Por allá entra cada año, puntualmente, el enjambre bullicioso de las gaviotas y los albatros.

Mar y tierra, horizontes y mesetas forman hombres y pueblos. Resulta ya indiscutible el impacto potente de loa paisajes en las conciencias colectivas e individuales, y en la ubicación y forma de los pueblos. Ellos son sensibles a la influencia de su alma invisible.

Y si algo destacó y destaca en la configuración externa de San Sebastián es su mar, que ayer la abrazaba entre arenales y barras peligrosas. Auténtica concha para soportar el agua del mar, que hoy es como una avenida, como una calle más -rojiza y moviente- entre sus rectas calles. Hechura de su mar bronco, de tonalidades de una hermosura increíble, más mar que ningún otro mar, irascible, colérico o dócil. Mar que arrastra nubes y huracanes. De él, y de toda la fuerza de la naturaleza, se defendía San Sebastián hace siete siglos acurrucándose a la espalda de una montaña medianamente elevada. Apretura de calles, que cerraban fila al viento, y en el verano al sol. Delante, dos bocarones que formaban una capacísima bahía, perfecta media luna, resguardada por una isla alargada y puntiaguda. Más lejos, arenales dorados. Y a la izquierda, la barra del Urumea, recibiendo ansioso el empuje del mar, al que lleva, límpido, tierra adentro.

Concha henchida de mar. Perfecta desde el cielo, a vista de pájaro, o desde lo alto de su fortaleza.

Concha desde la barra de la isla, con sonoridad y azul de cuenco marino.

Concha también desde la baranda -hoy- de su paseo.

Hechura perfecta del mar, para recreo de sus olas. Su espejo y su cuna, de donde surgió al borde mismo de la orilla, robándole terreno palmo a palmo, día a día.

El mar acompañará siempre la historia de su vida.