martes, 16 de diciembre de 2025

XVII Franceses del siglo XIX

 XVII Franceses del siglo XIX 

Dando un salto de los antiguos a los modernos tiempos, ¿cómo no recordar aquella pléyade de artesanos y de profesionales de la región del Suroeste de Francia, y quizá también de otras de sus regiones, que acudieron a nuestra ciudad con motivo de su reconstrucción y de su ensanche del siglo XIX, muchos de cuyos apellidos y fisonomías per- duran aún en nuestra ciudad y en nuestra memoria, respectivamente, y algunos de cuyos linajes siguen vigentes en nuestra sociedad donos- tiarra actual? Muchos de ellos implantaron en nuestra ciudad industrias y comercios, algunos de los cuales eran a la sazón una novedad entre nosotros. Ducasse fue el primero y mejor de nuestros jardineros; Comet aclimató entre nosotros la bicicleta; Deslandes instaló una tintorería; Durant, una joyería; Girod, una relojería; Machefert, una charcutería; Capdevielle fue mercero; Sabadie, calderero; Guibert, linternero; Labourdette, maestro de armas; Broutin hizo al Museo el regalo inestimable de su armería; Gros dio su nombre al barrio contiguo al ya citado de Joffre o del Chofre; Dupouy y Estrade fueron hoteleros; Galán, encua- drador, y el primero que hizo exposiciones de pintura en sus escaparates de la Avenida; Tardan, Laborde y Mignon, fígaros; Pozzy, nos trajo la cerveza; Abonz, Lalanne y Almeyda instalaron sendas y lujosas tiendas de coloniales; y así por el estilo, los Vic, los Lerenboure y los Harriet; los Guibert y los Garat; los Paulet, los Delaunet, los Cantonnet; los Cazenave y los Maisonave; los Fréderic y los Ducloux; los Grasset y los Carde; Carpenter, el litógrafo artista; los Garnier, los Fournier y los Marmiesse; Louit, el chocolatero; los Bareilles, los Ambielle y los Sevigné; los Besné; los Laffitte y los Esterle; los Millet, los Raou y los Richard; los Brocheton, los Queheille, los Lataillade... tantos y tantos más... San Sebastián, siempre ha tenido mucha vinculación con los franceses, como lo demuestra el número de topónimos franceses que hay en San Sebastián, según se puede ver en este trabajo. Hoy es un Barrio muy poblado, sobre todo desde que al hacerse el encauzamiento del Urumea, el ensanchamiento del Puente de Santa Catalina condenó el ojo del Puente del extremo Este, para construir la Plaza de Vasconia y el ensanche del Paseo de Francia, el Paseo de Ramón María de Lilí, la Avenida del Generalísimo, el Kursaal y el Puente, mal llamado del Kursaal, porque su verđadero nombre es, según acuerdo incumplido del Ayuntamiento, Puente de la Zurriola, debiendo indicarse con ese nombre en una placa que recuerde este nombre tan sonado en San Sebastián. Hoy el Barrio de Gros tiene un empaque más de Distrito que de Barrio.

La construcción del Puente de María Cristina era una necesidad, pues dado el crecimiento de la ciudad y particularmente de la zona Avenida-San Martín-Amara, no bastaba un único puente de madera para peatones y otro único para vehículos como era el de Santa Catalina y la comunicación de las Estaciones de los Ferrocarriles Vascongados y el Norte lo exigían y el Ayuntamiento se decidió a la construcción del nuevo Puente de María Cristina, contando con que la Caja de Ahorros y Monte de Piedad Municipal ayudaría concediéndole un crédito por la importancia del coste que supondría. Efectivamente, la Caja de Ahorros, que desde que empezó a funcionar en marzo de 1879, con la garantía del Ayuntamiento que le dotó con la cantidad inicial de 50.000 pesetas, y la confianza con que el público la acogió había llegado en el balance de la Caja cerrado el 31 de diciembre de 1900, figuraban abiertas 8.008 libretas con un saldo de 7.071.032,07 pesetas y los préstamos vigentes otorgados por el Monte de Piedad ascendían a 137.120,— pesetas, al serle planteado por su Presidente nato el Alcalde de San Sebastián, no dudó un momento en acceder al deseo del Ayuntamiento a que le prestase su colaboración y lo hizo con una esplendidez, que constituye un regalo, como es la concesión de un crédito de 700.000,- pesetas, por un plazo de 100 años, sin interés. Esta colaboración de la Cаja de Ahorros en iniciativas de interés local con el Ayuntamiento es una de las primeras y más características operaciones, que en el curso de los años viene realizándose por la Institución, con fines eminentemente sociales y benéficos. El Puente de María Cristina fue inaugurado el 20 de enero de 1905, con toda solemnidad y remozado con obras de reparación de las muchas injurias de los temporales que soporta, reparaciones practicadas con ocasión de las fiestas del Centenario del derribo de las murallas.  

XVI Ensanches

 XVI Ensanches 

También paralelamente a nuestro cambio de personalidad, la Caja de Ahorros y Monte de Piedad Municipal, ampliaba sus iniciativas, mejorando sus actividades en el sentido de no limitarse a su primitiva y originaria función del ahorro y a la benéfico-social de pignoraciones en su Monte de Piedad, sino que el auge de sus funciones y los resultados positivos que obtenía, le exigían para su mejor desarrollo, personal más numeroso y local más amplio. La Junta de Gobierno, decidió pues la adquisición de un solar en el Ensanche, emplazado en lo que hoy es la manzana comprendida entre la calle San Marcial, esquina a la de Guetaria, en sus números impares, y la del Príncipe, hoy de los Hermanos Iturrino, números pares, enfrente de donde estaba la planta eléctrica de la Cía. suministradora del fluído eléctrico a la Ciudad. Salvo este edificio, aquello era un descampado, pues no había más que solares. Para darse idea, solamente diré que aún no existía la Plaza del Buen Pastor, ya que la primera casa que era el número 1, se terminó el verano de 1894, el año que yo me gradué de bachiller. Por aquel entonces, se edificó la primera casa de la hoy dilatada calle de Prim, construida por el Sr. Isasi, a quien muchos calificaron de loco por haber construído un chalet en un descampado y en las afueras de San Sebastián, por el peligro que representaba, por falta de alumbrado público y aislamiento, de un atraco, o falta de seguridad. Pues esa casa es hoy, después de haber cambiado el estilo primitivo de chalet, por una casa de pisos, la señalada con el n.° 9 de la calle de Prim. La Caja de Ahorros, construyó en el solar adquirido, un magní- fico edificio de tres plantas, que ampliado con la adquisición de otros edificios y solares contiguos, constituye hoy uno de los más vistosos y funcionales edificios de los que se enorgullece San Sebastián. Por las razones expuestas, hubo también algunos discrepantes, con el emplazamiento de la sede de la Institución, pero a pesar de la vecindad y los ruidos de los motores de la central eléctrica, con su gran chimenea, hubo propietarios que al reconocer la clarividencia del porvenir, que intuía a la Caja de Ahorros, compraron solares y empezaron a edificar. Uno de ellos, el Sr. Elorza construyó la casa n.° 10 de la calle de Guetaria, donde estuvo instalado por primera vez el Hote! Biarritz y después que éste pasó a la actual Plaza de Zaragoza, le sus- tituyó el Hotel Excelsior. Así la Caja de Ahorros, sirvió de planta pi- loto, como luego lo ha hecho en la Avenida de Sancho el Sabio, para la expansión de las edificaciones. Por cierto, y al propietario de uno de estos hoteles he oído referir varias veces que el Sr. Elorza seguía con mucho interés las mejoras de la Caja de Ahorros, sobre todo las del exterior, como la torre, el reloj, etc. para justificar el anuncio de subida de renta, como si esa plus valía fuese obra suya.

AMARА 

Contribuyó también para semejar a un descampado, el pequeño ferrocarril que la empresa encargada del relleno de las marismas de Amara, cuyo director era el famoso y conocido Ingeniero, don Manuel Alonso Zabala, cuyas máquinas arrastraban vagones de arena desde el amanecer hasta el anochecer, procedentes de las dunas del Barrio de Gros, de las que como recuerdo quedan las lomas de la Plaza de Toros y las de las Oblatas, máquinas que con los nombres de «Amara» y «Victoria», nombres de la zona que se estaba saneando y de la Sra. del Ingeniero Director, doña Victoria Areizaga, nos recordaban su existencia por los continuos e ininterrumpidos pitidos. No duraron mucho estas molestias, pues la fiebre de edificar era tan intensa y activa que al poco tiempo aquellos solares fueron convirtiéndose en lucidas calles. ¡Qué pocos de los que viven en el Ensanche de Amara saben que sus casas están hechas sobre arenales de la Zurriola, verdadero nombre de la Playa de Gros! Como que hay un acuerdo incumplido del Ayuntamiento por el que al Puente llamado del Kursaal y nos permitimos recordárselo al Sr. Alcalde, "se le llame «Puente de la Zurriola» y se ponga ese nombre en una Placa que recuerde al público y especialmente a los donostiarras, el origen de esa palabra que tanto renombre dió a San Sebastián. 

También en la última década del siglo XIX, se empezó estudiar a por la Caja de Ahorros, otra modalidad en sus funciones como es la colaboración de la Caja en todas las iniciativas municipales como la construcción del Puente de María Cristina tan necesario para la Ciudad, ya que el Puente Santa Catalina, era el único que comunicaba a San Sebastián con el Barrio de Gros y con la Estación, para vehículos, pues si bien había uno llamado provisional que era de madera y no servía más que para peatones, era insuficiente, máxime con trazas de convertirse la provisioniladad en definitiva. Pues gracias a la Caja de Ahorros tenemos el magnífico Puente de María Cristina con el liberalísimo crédito, llamémoslo regalo, de 700.000 pesetas, por cien años, sin interés, luego vendrían otras muchas en diversas formas que se irán mencionando, en que se pone de manifiesto el espíritu de iniciativa y proyectos cumplidos por las diversas Juntas y gerencias de la Institución.

Recordamos perfectamente cuando la ría a las horas de la pleamar, formaba un amplio estuario que a las horas de la bajamar, quedaba convertida en una playa fangosa de gran superficie, pero aún no se había canalizado el cauce de la ría. Antes de la canalización, la ría seguía el borde y la curva circular que hoy sigue el «Topo», ferrocarril de la frontera, y como la construcción de este ferrocarril y el desaparecido de Hernani, fueron construídos con anterioridad a la canalización, es por lo que aún se conserva la curva que llevaba la ría. Todo lo que hoy es ensanche de Amara, está edificado entre el Puente del Ferrocarril del Norte (que es donde empieza la desviación de la ría), hasta la curva del «Topo», es lo que se ha ganado con la desviación. El recorrido marcado por la orilla izquierda, era desde la actual fábrica de Gas, las calles que hoy se llaman de José M.ª Salaverría, Errondo, la Estación de Amara, Plaza de Easo, Larramendi, Urbieta, cortando lo que hoy es la Escuela de Ingenieros, Sacristía de la Catedral, Alfonso VIII, Plaza de Bilbao, Guetaria, Vergara, Hnos. Iturrino, para terminar en un pequeño muelle, que al mismo tiempo conocimos como bañadero de caballos cerca de lo que hoy es la casa n.° 2 de la calle San Marcial, donde desembocaba en el primer ojo del Puente de Santa Catalina. Además, al pie de la rampa en que se bañaban los cаballos, había un vivero de ostras. La calle de Easo (hoy Víctor Pradera) se interrumpía en la de San Bartolomé, porque este montículo que hoy está cortado para prolongar la calle de Víctor Pradera continuaba hasta Urbieta donde en los solares en que se edificaron las escuelas, conocimos la Fábrica de Gas. 

En el vestíbulo de la Alcaldía del Ayuntamiento de San Sebastián, hay un cuadro muy interesante para quien guste de estos recuerdos. Es una vista desde la Fuente de la Salud que estaba donde hoy está el n.º 13 de la calle de Tercio de Oriamendi, desde donde se divisa sin obstáculo alguno, el n.º 20 de la calle San Marcial. ¡A ver cuántas casas y calles se interponen en esa visual! También ha desaparecido el simpático y modesto barrio de San Martín, que conocimos con sus casitas bajas de un piso, sus modestos bañistas, que venían provistos de víveres, legumbres secas, algunos embutidos tal cual jamón, etc., como si temiesen, que por la fama de San Sebastián de veraneantes ricos, fuesen explotados, pues ellos venían exclusivamente a tomar baños de mar, que habían de ser impares 7 ó 9. Con esta consigna que traían del pueblo, volvían seguros del éxito de la terapeútica del baño. 

Además del baño de Playa, había balnearios para tomar baños de algas con agua de mar; conocimos un establecimiento de este tipo que era propiedad de un médico de San Sebastián, don Víctor Acha, que estaba en lo que hoy es la Plaza de Pinares. Se llamaba «Higiotrepo>> y se preparaban baños de agua de mar caliente con algas. Un hermano de don Víctor, don Tomás Acha, que fue Teniente de Alcalde y además propietario de otro balneario construído de madera en la Playa de la Concha, donde tenía cabinas para los baños de mar, también proporcionaba baños de algas la llamada «Perla del Océano», situada donde hoy está la Rotonda, que luego se traspasó su propiedad y se constru yó uno de nueva planta de hormigón y es la actual Perla contigua a la antigua caseta Real donde hay un salón de fiestas. También había otro balneario de algas en la calle de San Juan, entre las calles Pescadería e Iñigo, que tenía una verja que nos servía de refugio a los muchachos cuando se corría la soca-muturra. Este balneario se llamaba Gazi-Guezac que en vascuence significa Salado-Insípido. Entre los veraneantes procedentes de Aragón, Navarra, de la Rivera, y los riojanos, tenían mucho favor y practicaban con mucha fe esta cura balnearia, sobre todo los reumáticos y eso que tenían en casa los baños de Fitero y Alhama de Aragón.

BARRIO DE GROS 

San Sebastián, hasta principios de este siglo, lo hemos conocido con una comunicación precaria, con la zona de la orilla derecha del Urumea, pues no contaba más que con el puente de Santa Catalina, ya que hasta para ir a la Estación del Norte, forzosamente tenía que pasar por él, así como para comunicarnos con los vecinos del hoy llamado Barrio de Gros. Hubo pues necesidad de construir otro puente y así vimos construir un puente de madera llamado puente provisional, que únicamente podían utilizar los peatones. No es de extrañar, que el camino Real que pasaba de Francia a Madrid, dejase de lado a San Sebastián, y pasase por las Ventas de Irún, Oyarzun, Astigarraga, Hernani, Urnieta y Andoain, para seguir por Tolosa, Zumárraga y Vergara, Mondragón, por el Valle del Deva, a Vitoria, hasta que más tarde como indicamos en una de las efemérides, se construyese la que hoy pasa por Rentería, Pasajes, San Sebastián, Lasarte, a empalmar con el Camino Real en Andoain, que es la vía hoy normal y corriente. El Puente llamado provisional, estaba ubicado un poco más aguas abajo, que el actual de María Cristina, al nivel de la casa n.° 7 de la calle de Prim y desembocaba entre la Estación del Norte y su Fonda Términus, en la que se había construído una pasarela de paso superior sobre la vía férrea, que abocaba a la Plaza de Toros de Atocha. Esta pasarela fue sustituída por la que hoy está construída al otro extremo de la Estación en la parte Sur, con caracteres de más solidez y con propósitos de más permanencia, ya que San Sebastián por aquel entonces se iba cansando de provisionalidades. Esta pasarela, es la que comunica con el barrio de Eguía, pasando entre la Fábrica de Tabacos y los talleres de Múgica. Don Tomás Gros, compró los arenales, las dunas y algunos terrenos laborables que había entre la vía férrea y la Playa de la Zurriola, entre los que sobresalían los montículos de arena o dunas, cuyo último recuer. do queda en la loma en que está edificada la actual Plaza de Toros del Chofre y el Convento de las Oblatas. El señor Gros, cuyo nombre lleva el citado Barrio, debió hacer un negocio fabuloso, puesto que habiendo hecho su adquisición a un precio bajo, lo redondeó, vendiendo la arena de las dunas y los arenales a la empresa del Ensanche de Amara, para su relleno y explanación, dejándole una gran extensión de terreno llano, con solares y edificaciones y muy revalorizado.

El señor Gros edificó una gran casa, la que actualmente ocupa el n.° 2 de la calle de Miracruz, e inmediatamente fueron edificándose otras más, dando vida a aquel Barrio, cuya primera calle a la derecha lleva el nombre del fundador.

Recordamos algunas de las primeras casas que comenzaban en la calle de Miracruz, en la fila de los impares, la Panadería de Odriozola, la siguiente, la de don José León Lasarte, que tenía un importante servicio de transportes, con grandes coches capitonés tirados por magníficos caballos percherones. Esta casa constituía un perfecto laberinto раra los carteros y para los médicos, por su extraña distribución, pues para conocer el piso había que hacer poco menos que cálculos matemáticos; recibíamos un aviso para visitar en la calle de Miracruz n.º 5 exterior derecha 3.º izda. izda., y otras veces al n.º 5 interior izquierda derecha izquierda, y es que el número 5 tenía un portal muy amplio y dos escaleras a derecha e izquierda, y los cuatro pisos a que servía esta escalera, estaban a su vez divididos en izquierdas y derechas; pero al entrar en el amplio portal, dejando las dos escaleras, se pasaba a un patio que tenía otro portal en cuyos bajos estaban las cuadras y más adelante otras dos escaleras, con la misma distribución que las de la primera entrada. Los médicos municipales que hemos tenido que actuar en aquella zona, no olvidaremos los líos y confusiones que con los encargos de la casa n. 5 de la calle de Miracruz, hemos tenido. A esta casa seguía, hasta la calle de Iparraguirre, los almacenes de maderas y la serrería y carpintería de don Ramón Múgica. Por la otra acera, de los impares, estaban, después de la casa de don Tomás Gros, en la cаlle de su nombre, los almacenes de maderas de los señores Bruno Múgica y del señor Urcola. 

La colonia francesa de San Sebastián, toma verdadera querencia a este Barrio y empezaron a establecerse industrias que aún perduran, como la Tintorería de París de don Edmundo Deslandes, la de productos alimenticios de Louit, más tarde vinieron vinateros y licoristas franceses que, con ocasión de un comercio intenso con los cosecheros españoles, establecieron almacenes en el Puerto de Pasajes, para el «Coupage». Aún habrá quien recuerde las firmas Marmiesse, Henry Garnier, Mons y otros. Vinieron también carroceros que luego, ampliando sus actividades, no se limitaron a fabricar carrocerías, sino motores y reparaciones mecánicas; también recordarán muchos donostiarras a los Taffet, Darrossez, el aviador Garnier, Stinus, etc., luego llegaron toneleros, que después de la primera guerra mundial, se fueron, porque el comercio vinícola con Francia ya no era tan intenso.  

Durante muchos años, nuestra villa fue más francesa que española, más gascona que vasca. Estas gentes convirtieron a San Sebastián en el primer pueblo de Guipúzcoa, merced, entre otras razones, a sus actividades marítimas y mercantiles. Los cargos más importantes honoríficos de nuestra villa, como el de preboste, estaban confiados gascones o con ellos vinculados. Del Bidasoa al Urumea, San Sebastián incluso, territorio y habitantes, pertenecían a la diócesis de Bayona. a Nombres famosos e influyentes de aquella época son, además de los Mans del Prebostazgo, los Hayet, fundadores del Ayete actual; los Miramón, descendientes de los Miremont; los Puyo; los Morlans de Morlaas; los Belloc, cuya casa radicaba en terrenos del actual colegio de Maristas; los Húa, nombre corrompido hoy en Uba; los Montaot; los la Mayson; los Joffre, hoy corrompido él, a su vez, en «Chofre»...; tantos y tantos otros que harían muy difusa la referencia. Algunos de nuestros montes y lugares conservan todavía los nombres de aquellos linajes, cuando no aquellos con los que designaron en su lengua al monte Urgull, por ejemplo; a Mirall, a Mompás, a Molinao, a Trincherpe, a Pumarguer, a Higuer y a tantos otros por el estilo. Abundan los caseríos de gascona denominación y hasta dos o tres de nuestras calles ostentan todavía nombres gascones, como las de Embeltrán y Narrica. Más aún: mientras la lengua vasca no llegó nunca a usarse como idioma oficial escrito en San Sebastián ni en Guipúzcoa, lo fue en nuestra villa el idioma gascón, en cuya lengua estaban redactados determinados documentos municipales, de los que nuestro Libro Becerro, desgraciadamente quemado, conservaba sendas y curiosas copias. Poco a poco, andando el tiempo y evolucionando la población donostiarra, la prepotencia gascona fue debilitándose. El vascongadismo acabó imponiéndose al gasconismo y al francés, lo español.

XV San Sebastián en los últimos años del siglo XIX y primeros del XX

 XV San Sebastián en los últimos años del siglo XIX y primeros del XX 

EVOCACION DE CASOS Y COSAS, EFEMERIDES LOCALES Y CURIOSIDADES 

Aficionado como todo anciano a recrearse con sus recuerdos, cuando en algunas reuniones de viejos amigos, entre los que figuraban también jóvenes, nos rejuvenecemos relatando y reviviendo hechos y personas, soy requerido para que los dé a la publicidad, pues parece que interesan a los que escuchan. No me he decidido a ello, por creer que es un tema más propio de una charla íntima entre amigos, que no para una publicidad, por su intranscendencia, pero ante su reiterada insis- tencia y con la benevolencia de los lectores, a los que temo defraudar, ya que es difícil extractar el ambicioso epígrafe de años de vida donos- tiarra en un artículo limitado, por lo que daré lugar a tratar de cosas personas que para algunos no tengan interés y, en cambio, haya otros que aprecien omisiones que ellos consideran importantes. y Por los años de 1880, la vida de San Sebastián estaba concentrada en la Parte Vieja. Allí se hallaba el Ayuntamiento en la Plaza de la Constitución, hoy 18 de julio, en el edificio en que hoy está instalada la Biblioteca Pública Municipal; en sus sótanos estaba lo que se llamaba la perrera, el calabozo que se utilizaba para detención preventiva de borrachos, vagos y maleantes; los celadores, serenos que constituían la Guardia Municipal; en el n.° 16 de dicha Plaza, estaba la Jefatura de la misma. La Plaza tenía una importancia extraordinaria, pues en ella se celebraban los festejos populares, las comparsas de Jardineros, las de Caldereros de la Hungría, las Iñudes y Artzaias, etc., además de la clásica Feria de Santo Tomás y la soca-muturra, para la que ocupaba el centro del piso de la Plaza, una argolla que servía de eje a los movimientos del buey ensogado. Allá formaba la Escolta Real, cuando sus Reales Majestades y sus visitantes, como la Reina Victoria de Inglaterra, eran recibidas en la ciudad. Entre los Alcaldes que conocimos en los últimos años del siglo, podemos recordar a don Gil Larrauri, a quien el Director de «La Voz de Guipúzcoa», don Angel María Castell, le dedicó una crítica festiva en verso, porque un verano mandó a la Guardia Municipal unos pantalones de dril, que decía: ¡Ay don Gil, don Gil el de los calores - Qué bien van los celadores - con pantalones de dril! Recordamos también a don Víctor Samaniego, abuelo del Marqués actual de Murua, a don Manuel Lizarriturry, abuelo del anterior Alcalde, don José María Elósegui, a don Joaquín Lizasoain, a don Miguel Altube, al Conde de Torre Muzquiz, autor de los famosos rigodones vascos, y a don Sebastián Machimbarrena último Alcalde del siglo XIX y primero del XX. En la Parte Vieja, estaba la Audiencia Provincial en un palacio de la Marquesa de la Laguna, en la calle de Puyuelo, hoy Calbetón n. 25, donde está el Círculo Tradicionalista y en los bajos del Bar Eguía, y enfrente, en la casa número 30, en la que aparecen sendas lápidas que recuerdan que en ella nacieron los próceres donostiarras don Fermín Lasala y don Fermín Calbetón, casas que hoy ocupa sus bajos la Amuebladora Donostiarra. Los Presidentes de Audiencia que conocimos en el edificio citado, fueron don Cosme Damián Churruca, padre del recién fallecido Marqués de Aincinena y de don Félix, último Jefe de Miqueletes, también, don Buenaventura Barcáiztegui, don Godofredo Besson, don José Castro Arés y don Romualdo de los Ríos, hasta que pasaron al nuevo Palacio de Justicia en la calle de San Martín. Los Juzgados Municipales y de Instrucción, estaban en un edificio desaparecido ya, en la Plaza de las Escuelas, hoy de Sarriegui, en cuya planta baja estaba instalado el Cuarto Socorro, en el piso principal el Juzgado de Instrucción y en el segundo el Municipal. Este edificio, cuya fachada posterior daba a la calle de San Juan, no tenía acceso a los pisos y únicamente disponía de los bajos, donde estaba instalada la Alhóndiga Municipal. Con la desaparición del tal inmueble, ha quedado la Plaza muy lucida, pues han desaparecido también las dos oscuras y estrechas callejas que se formaban a derecha e izquierda de la casa Judicial. La actual Plaza de Zuloaga la conocimos como cuartel de los Regimientos de Infantería y lo que hoy es el Museo, era el Parque de Artillería. Como es natural, eran locales vedados a la entrada del público civil. Cuando los Regimientos de Infantería iban a hacer la instruc. ción al campo de maniobras como se llamaba entonces al arenal de Ondarreta, salían de la ciudad a las dos de la tarde, pasando por las calles 31 de Agosto, Mayor, Hernani, Avenida, Easo, hoy Víctor Pradera, Zubieta, Concha, hasta Ondarreta y el regreso por las mismas vías en sentido contrario. Como quiera que el espectáculo era diario durante el otoño, invierno y primavera, cuando acompañaba el tiempo, constituía un espectáculo al que se abonaba mucho público, así como a las misas dominicales a las que además de la Infantería que la oía en San Vicente, había otra en Santa María a las once y media a la que bajaban los artilleros del Castillo, donde tenían su cuartel y coincidían con los alumnos del Colegio de Pena, por lo que considerándolos como compañeros, nos eran más simpáticos. Además, la Parroquia de nuestro Colegio era más importante porque era Parroquia Matriz y todos los actos religiosos importantes se celebraban allá. En el solar que hoy ocupa la calle de la Trinidad, estuvo la cárcel correccional, hasta que fue trasladada a Ondarreta. Los días de Jueves Santo y Viernes Santo, en que se visitaban los Monumentos, la calle 31 de Agosto estaba bordeada, por ambas aceras, por pobres mendicantes, a quienes ese día se permitía la mendicidad También dejaba en nuestras mentes juveniles un recuerdo un poco trágico, una mesa petitoria del atrio de Santa Мaría, con una sobremesa roja y junto a la bandeja unos grillos, grilletes, esposas, cuerdas, etc., artefactos carcelarios con los que se pretendía conmover los corazones de los donantes en favor de los que estaban sometidos a su uso. Aunque yo no llegué a conocer el correo que había dentro de las murallas, puede verse aún, ya cegado, en la pared de la casa n.º 29 de la calle Narrica.

XEl Mercado de la Brecha, ocupaba el mismo sitio que en la actualidad, así como la Pescadería, pero ésta tenía solamente una planta semicircular y en la puerta que daba a la calle de San Juan entre las calles de Pescadería e Iñigo, había un establecimiento balneario que se llamaba Gazi-gezac, en el que sobre todo el verano se veía entrar a menudo un carro de bueyes que portaba barricas llenas de agua de mar montones de algas, con las que se preparaban baños salados con algas, remedio muy en boga en aquellos tiempos para afecciones reumáticas. Tenía un patio cerrado con una verja que utilizábamos los muchachos para encaramarnos cuando los bueyes hacían alguna carrera al correrles por las calles. y El Matadero estaba detrás de la Pescadería, en la puerta que daba a la calle de Santa Ana, hoy desaparecida, junto a la muralla, hasta que el 15 de julio de 1889 fue trasladado a Cemoriya. Había dos Colegios particulares para muchachos, uno en la calle de Campanario, dirigido por don León Sánchez y su adjunto don Robustiano, otro, el Colegio de Pena, que ocupaba la casa n.º 1 de la Plazuela de Lasala, éste dirigido por don Toribio Pena, con quien colaboraba su hijo Pepe y más tarde su otro hermano Eugenio, ambos graduados, tuvo mucha fama, pues tenía internado y un cuadro de profesores, con los ingenieros don Nicolás Bustinduy, Director de la Escuela de Artes y Oficios, don Adolfo Comba, don José Cruz, Contador del Ayuntamiento, don José Insausti, Secretario que fue del Ayuntamiento de Rentería y don Ernesto O'Mehager y don Vicente Arangoa. En este Colegio ingresé el 1.° de octubre de 1892 para cursar el tercer año de Bachillerato, hasta el año de 1894, en que lo terminé, pues los dos primeros años los hice por libre en mi pueblo. En la misma Plazuela de Lasala, donde hoy se alza el n. 3, se halla- ba el Hospital Militar y donde se hallaba hasta el año pasado la De- regación de Hacienda, en el bajo, había un almacén y comercio de hierros de don Fausto Echeverría, abuelo de nuestros amigos los Vega Seoane Echeverría, y, más al fondo, los almacenes de la Casa Mercader, propietaria de los Mamelenas, conocida flota pesquera. En su plazoleta trabajaban los rederos que fabricaban y recomponían las redes y artes de pesca. En los pisos de la casa estaba la Unión Artesana, hoy decana de las Sociedades donostiarras, que cumplirá su centenario y hoy está domiciliada en la calle de Soraluce esquina a la de San Juan, de- trás de San Vicente.

La proximidad del Colegio al muelle y el estrecho callejón que une a ambos, nos invitaban a aprovechar en los momentos de recreo, la ocasión de burlar la vigilancia de los bedeles del Colegio, para hacer escapatorias y hacer amistades con marineros, grumetes y maquinistas У fogoneros de los barcos de cabotaje, quienes nos contaban peripecias, unas verdaderas y otras fantásticas, para que los admirásemos. Conocimos al personal del «Bayonés», «Fernández Sanz», «Galicia», «Norte», «San Miguel», el pailebot «Rafaelito», las balandras que venían de Zumaya con cemento, etc. Sobre todos los veleros que venían con madera del Báltico para las casas de Urcola y Múgica, los bergantines que traían bloques de hielo natural de Suecia y Noruega para las cervecerías de don Luis Kutz, cuya fábrica estaba en Ategorrieta, donde hoy está el convento del Servicio Doméstico y para la de su hermano don Benito, que continúa en el Antiguo. Pero nuestra felicidad se veía colmada cuando veíamos alguna corbeta o bergantín goleta (aprendimos a cо- nocerlas por su arboladura), que traía coloniales, café, cacao, azúcar, etc. Lo que más nos interesaba era este último colonial, pues venía en sacos que se conducían por parejas de bueyes que tiraban de una «lera», especie de trineo que usaban los caseros para caminos arcillosos, en castellano se llaman «narrias». Mientras uno de los rapaces distraía al boyero, otro, con un cortaplumas, abría paso al azúcar que los que venían detrás iban llenando sus bolsillos. Nuestra mentalidad nos permitía creer o suponer ante el que nos recordaba la triquiñuela, que el único culpable era el del cortaplumas, pues los demás recogían lo que caía al suelo. El comercio estaba bien representado en la Parte Vieja, sobre todo el de coloniales al por mayor. En la calle de Ingentea, Aurrecoechea, en la Plazuela de Lasala, oficinas de Lizasoain y Marqueze, en la calle Mayor, Isaac, León e Hijos, la Ferretería de Barandiarán, la Delegación de la Compañía Trasatlántica Española en Embeltrán esquina a San Jerónimo dirigida por el señor Calisalvo, la Juguetería y Ferretería de Bolla en Puerto esquina a San Jerónimo, Campa, esquina Mayor y Puerto, Baroja, en la Plaza de la Constitución, Bianchi, en la calle del Pozo, hoy Alameda 16, etc. a Entre los Gobernadores que recordamos de nuestra época de bachillerato, figuran apellidos que aún se recuerdan, como el señor Pérez Caballero, padre del que más tarde fue varias veces Ministro y don Patricio Aguirre de Tejada a quien S.M. otorgó el título de Conde de Andino, con motivo de celebrarse su mayoría de edad, don Godofredo de Besson, Presidente que fue de esta Audiencia, abuelo de los conocidos señores de Zulueta, el señor Barrios, que le tocó durante su Gobierno el mal trago del asalto y motín consiguiente del 27 de agosto contra el señor Sagasta, Presidente del Consejo de Ministros, el Conde de Ve. lilla de Ebro, a quien se murió ahogada una hija en la playa de Gros y fue, entre otras cosas, para que se iniciase una campaña contra el uso de la misma, alegando su peligrosidad, etc., y como Presidentes de la Diputación, don Francisco Zabala, don José Machimbarrena, don Ladislao Zavala, el Marqués de Valdespina, don Joaquín Carrión, don Ramón María Lilí, etc. De los Alcaldes que ha habido durante lo que va del siglo XX, más adelante daremos una relación, que pasa de los 33, de entre los cuales he servido como funcionario municipal a 30.

 La manzana que ocupa la Diputación estaba utilizada toda ella por servicios oficiales. En el centro estaba la Diputación, en su parte derecha las oficinas de Correos, en cuya parte derecha de la puerta estaba el buzón, que era una gran cabeza de león, por cuya boca abierta se echaban las cartas; en el primer piso las oficinas, en el bajo la cartería en el segundo la Delegación de Hacienda, regida por el señor Meléndez, que tenía bastantes menos preocupaciones que los actuales Delegados, pues este servicio, en realidad y en virtud del Concierto Económico, prácticamente estaba encomendado a la Diputación Provincial; en la puerta de la izquierda, estaba la entrada al Gobierno Civil, y en el bajo, donde está la Tesorería de la Diputación, se hallaba lo que hoy se llama Comisaría y entonces la Delegación (la Delega, como decían los castizos), porque el Jefe de la Policía Gubernativa se llamaba Delegado de Orden Público. Allá conocimos al abuelo del popular periodista donostiarra Ureña, que con su prestancia, su gran bigote y sus galones plateados de sargento, guardaba la entrada y tomaba de visu a todo el que entraba por primera vez, su filiación. Los arcos de la Diputación siempre estaban muy animados, pues en la puerta del Gobierno Civil, dos o tres números de la Guardia Civil, en la de la Diputación otros dos o tres miqueletes, y en la de Correos la guardia que unos soldados del Ejército, que había día y noche, atraían a las niñeras, sobre todo los días de lluvia. La fachada de la manzana que daba a la calle de Pe- ñaflorida, estaba ocupada en el entresuelo por el Laboratorio Munici- pal y los pisos superiores por las Escuelas Públicas; la fachada de la calle de Garibay, era la Fábrica de la Tabacalera, cuya puerta de entrada sólo se abría a horas exactas para ingreso y salida del personal, yа que por lo demás no se permitía su utilización, como si fuera una cárcel, con un portero muy bondadoso y atento, que con la hermosa barba у su sonrisa bondadosa, no tenía aspecto de carcelero y transmitía los re- cados y encargos para las cigarreras, pero no dejaba entrar a nadie. No nos explicamos a qué podía obedecer, como no fuera al temor de que raptasen a las cigarreras, que tenían fama de belleza, y en realidad lo eran, constituyendo la élite de la clase trabajadora, que luego pasó a las modistas cuando las cigarreras llegaron a la edad de jubilación. La entrada y salida de las cigarreras constituía un entretenimiento por las numerosas gentes que las esperaban, unos porque eran novios, otros porque aspiraban a serlo, otros porque las admiraban y algunos viejos tenorios, que preferían los días de viento y galernas, para ver con qué gracia se recogían aquellas largas faldas que se usaban y... dejaban descubrir un poco de tobillo. Estos eran también los que iban los días de lluvia y viento a los arcos de la Plaza Vieja, a la parada de los tran- vías, con el mismo objeto.

La cuarta fachada que da a la calle de Andía, era el Instituto Pro- vincial, donde a pesar de las preocupaciones de las clases y exámenes, pasamos los mejores años; enfrente, donde hoy está la Residencia y Capilla de los Jesuítas, estaba el Teatro del Circo, donde vimos muchas veces la Compañía internacionalmente conocida de Micaela Alagria. En su primer piso estaba la Sociedad «La Fraternal», muy popular y sim- pática, madre de la Unión Artesana y las demás Sociedades Recreativas de San Sebastián, organizadora de toda clase de festejos, compar- sas, funciones teatrales, bailes, mascaradas y cuantos espectáculos de alegría y buen humor koxkero, pudieran hacer olvidar las penas y con- trariedades que pudieran afectar a los donostiarras. El Circo, era una hermosa edificación de buena capacidad, como puede apreciarse en lo que hoy es iglesia y que conserva la forma circular del circo, cuyo altar mayor ocupa el antiguo escenario. Por este Teatro desfilaron los mejores artistas del mundo, desde la soprano norteamericana Emma Nevada, que estaba considerada como la mejor de aquella época, hasta Gayarre, desde Mario y Vico hasta Romea y Vilches, desde Sarah Bernard hasta Matilde Díaz y María Guerrero. Funciones de aficionados como la Opera Vasca de don Serafín Baroja, раdre del novelista «Pudente», hasta «La Princesa de Kanibalia» y «La Manolada», compuesta y representada por actores que todos se llamaban Manolo y se estrenó el día primero de año, Santo de los Manueles, «La Fraternal» ha puesto en escena para regocijo de sus paisanos.

La Plaza de Guipúzcoa, en la totalidad de su cuadrilátero, era porticada, y en sus arcadas estaban establecidos los mejores comercios; en el arco del ángulo Elcano-Peñaflorida, la juguetería de Campión, una de las mejores de España, en el n.º 1 de la Plaza, esquina a Elcano, la farmacia de Usabiaga, abuelo del propietario de la que actualmente lleva ese nombre en el n.º 4 de la calle de Idiáquez, en el n.° 2 había un almacén y comercio de telas y lanas que se llamaba <«Los Pirineos Orientales». En el n.º 4 estaba en los bajos, el Café Colón, y en el entresuelo un Casino, el «Círculo de Colón», que aunque llevaba el mismo nombre que el café, era independiente del mismo y a continuación la juguetería de Ayani. En la fachada paralela a la Diputación, esquina a Bengoechea, estaba la droguería de la viuda de Tornero, a continuación, la primera charcutería francesa en San Sebastián, de Machefert, que aún subsiste bajo otro nombre y otro propietario; seguía la peluquería de Mr. Laborde, la farmacia de don Manuel Tornero, la casa Lazcanotegui y en la esquina de Idiáquez-Plaza de Guipúzcoa, la casa de coloniales de Abons, donde diariamente y en la acera contigua, se tostaba el café a la vista del público, despidiendo un aroma tentador, cuyo recuerdo estimula todavía a los aficionados al café-café, por el que suspiran. La fachada que está entre Idiáquez y Churruca, después de la guarnicionería, venía la famosa Pastelería y Restaurante de «La Urbana», seguía a ésta un lujoso establecimiento de don Mariano Arnao, que se llamaba «Le Dragon Bleu» y a continuación, en la esquina de Churruca, el establecimiento de Lotería Nacional, creo que era el n.° 1, de! señor Ynstander. Enfrente y en la otra acera de Churruca-Andía, en el porche solitario, donde hoy se halla la casa de ropa blanca de niños y la camisería de Aristizábal, estaba el restaurante más elegante y aristocrático, como se le llamaba entonces, «La Mallorquina», con una clientela selecta. 

Los cafés que había entonces, eran el «Café Oriental», en la Plaza Vieja, actual parada de trolebuses; «La Marina», en la esquina de Garibay y Alameda; el del «Norte», de Eustaquio Irureta, que luego se trasladó a la Alameda esquina Legazpi, donde luego estuvo «El Barato»; el de Muguerza, en la esquina Alameda-Oquendo; el de Europa, en Hernani n. 5 y el de Oteiza en los bajos del actual edificio del Ministerio de Información y Turismo, antes Club Cantábrico. Luego vinieron los modernos cafés Kutz, Rhin, Royalty, París, Madrid y otros más que ya han sido sustituidos por las cafeterías que conocerán mejor los actuales vecinos de la Ciudad, que este nonagenario. Los hoteles más conocidos eran «El Parador Real» en la calle Mayor n.° 1, llamado así porque pararon en él algunos reyes que pasaron por San Sebastián antes del derribo de las murallas. El hotel «Ezcurra» entre Santa Catalina, Camino y Oquendo, el de «Londres> que estuvo en la manzana que hoy es propiedad del Banco Guipuzcoano y Caja de Ahorros Provincial, que está encuadrado por la Avenida, Guetaria, San Marcial y Fuenterrabía. Este hotel, cuando se parceló este solar, pasó al que hoy ocupa con ese nombre en la curva Avenida-Víctor Pradera y Concha. En su lugar se edificó otro, con el nombre de «Hotel du Palais». El «Hotel Berdejo» en Igentea 3, que luego se trasladó a Guetaria 7. El hotel «Continental» en la Concha y más recientes el «Biarritz», «Excelsior», «Niza», «Hispano Americano», «Europa», etc., que son relativamente recientes. 

Cuando nosotros, me refiero a los de nuestra generación, empezamos a ejercer en San Sebastián, la Ciudad tenía unos 30.000 habitantes, unos 28 ó 30 médicos y 11 farmacias. De los médicos, recuerdo у cito a algunos porque sus nombres y apellidos son todavía conocidos v algunos los recordarán con afecto, como son: don Manuel Zaragüeta, don Galo Aristizábal, don Fernando Tamés, don Manuel Pérez Icaza- tegui, don Luis Alzúa, don Hilario Gaiztarro, don Ramón Umérez, don Ricardo Muñagorri, don Antonio Miranda, don Juan José Celaya, etc. Téngase en cuenta que aún no había especialistas propiamente dichos, es decir, dedicados exclusivamente a una especialidad, y sí solamente hacían medicina general, aunque por su mucha clientela veían más enfermos de determinadas enfermedades. Como especialistas que no visitaban más que determinadas afecciones, conocimos a Umérez como oculista y a Gaiztarro como cirujano, que fue el primero en ejercer la cirugía como especialista en la Provincia, pero además de ser médicos generales, en caso necesario se les llamaba en consulta, para partos a Zaragüeta y a Pérez Icazategui, igualmente, para niños, para sistema nervioso, a Muñagorri, aparato respiratorio, Alzua, etc. A medida que progresaba la medicina, los afectos a determinadas afecciones, que pre- ferían la especialidad a la medicina general, comenzaron a ir a clínicas extranjeras y a ponerse al día y volvieron con diplomas que acreditaban su asistencia a las consultas de distintos hospitales y su aprove- chamiento. Así comenzó el ejercicio de los especialistas en San Sebastián, de la que hay una pléyade de ellos, aún en las más difíciles y raras enfermedades, pudiéndose mostrar en el día de hoy, que San Sebastián puede estar orgullosa de su cuerpo médico por su competencia y ética profesional. Hoy cuenta aproximadamente 320 médicos, y la Provincia 362, de los que el que posee el título más antiguo de la Provincia y por tanto de San Sebastián es el que suscribe, aunque hay todavía uno que le excede en edad, pues empezó y terminó su carrera un año después. Esto no lo cuento como mérito, pues no es más que suerte, por vivir más que los demás, pero que apenas compensa el ver que uno va perdiendo amigos entrañables y va quedando solo, sin amigos, aunque conozca y reciba atenciones y consideraciones de parte de los hijos y familiares de los que pasaron a mejor vida. Y no nos pongamos serios, que aún vivimos. 

De farmacias, recuerdo en la Parte Vieja, la de don Modesto Ayala, que hasta que fue designado don Angel Calles con obligación de residir en el Hospital de Manteo, como don Luis Alzúa, de médico de Guardia, atendía con visitas periódicas a aquel centro; la de don Adalberto Matilla, en la calle del Puerto esquina a Mayor y que aún sigue allá y la antigua de Irastorza, que luego pasó a ser de Tellería y ahora es de Yurrita. Esta farmacia cumplió su centenario el día 3 de agosto de 1919, que lo celebramos con una cena cuyo menú entregué a la Cofradía de Gastronomía, como documento histórico. Una, en el Boulelevard, esquina a San Juan, de Eguino, dos en la calle de Hernani esquina de Peñaflorida, de Vidaur, y otra en Hernani n.º 19, de Mr. Orfois, un francés que montaba mucho a caballo. A esta farmacia vino después el señor Casadevante, Director del Laboratorio Municipal y cuando este señor trasladó su farmacia a la calle de Garibay, contigua a la Residencia de los Jesuítas, pasó don Plácido Carrión. En la Plaza de Guipúzcoa n.º 1, estaba, según hemos indicado, la de Usabiaga y la de Tornero, en la calle Loyola esquina a San Marcial, la de Minteguiaga y la de Aguirrezabalaga en la de Urbieta 2 esquina a Avenida, y en la de Miracruz la de Alzúa. Como en aquellos tiempos apenas había espectáculos, pues no se conocía el cine, no había más teatro que el Principal que daba funciones los jueves y domingos por la noche, cuando raras veces había Compañía, y los domingos que llovía, también por la tarde eso; que así como ahora se saca a subasta su arriendo, entonces el Ayuntamiento abonaba el importe del gas consumido por el alumbrado del Teatro, el del servicio de seguridad de los bomberos y a veces, subvencionaba a las Compañías. El Circo se abría pocas veces, pues las dos o tres Compañías que trabajaban en España, al tener que recorrer las principales capitales, no podían dar de sí para largas temporadas. Así que las tertulias eran un recurso para pasar el tiempo que no corría tanto como ahora en que antes de terminar un plan, ya estamos empezando otro. Las farmacias eran lugares para descanso de los médicos y para entablar conversaciones; en la de Usabiaga, se trataba de política y allá no teníamos acceso los jóvenes, pues eran los que llamábamos personas mayores que trataban de las cosas serias de la Ciudad. Los Jamar, Machimbarrena y otros, en una palabra, los principales accionistas y consejeros de «La Voz de Guipúzcoa», sobre todo en período electoral, eran los tertulianos más asiduos. En cambio, en la de Tellería, no obstante ser la mayoría de los señores mayores de ideas tradicionalistas, nos dejaban meter baza aún a los que no comulgábamos en ellas y discutíamos, unos atacando al Ayuntamiento, otros defendiéndolo, pero sin gritos, palabras gordas y con corrección. Allá nos reuníamos con don Raimundo Sarriegui, Monseñor Irazusta, don Joaquín Carrión, el Marqués de Valdespina, con su capellán de Astigarraga, con el señor Hériz, todos buenos amigos de Ramón Tellería, que como propietario, era el moderador. En verano proliferaban las tertulias al aire libre, como las de los cafés, donde no entraban las señoras, que sólo iban las noches de fuegos artificiales, con su esposo y sus hijos a tomar helados y limonadas de cerveza con limón. Al café, generalmente, se iba después de comer y salir de él para las cuatro de la tarde y no se volvía hasta después de cenar y para las diez y media se retiraban los clientes, salvo los trasnochadores, pues se cenaba mucho más temprano que ahora, desde que se generalizó el cine y se empezó a exhibir en los cafés la pequeña pantalla acompañada de sextetos que amenizaban los intermedios y descansos, comenzaron las señoras a frecuentarlos, aumentaron con los aperitivos que antes se tomaban únicamente los domingos con un vermut y hoy se ve que el número de señoras supera en los cafés y cafeterías al de caballeros.

La Audiencia Provincial y los Juzgados se trasladaron al Palacio de Justicia; los Cuarteles, a Loyola; así como el Frontón Beti-Jai, convertido en Circo, sustituyó al Teatro Circo de la calle de Andía, donde están hoy los Jesuítas; como Teatro, le sustituyó el Victoria Eugenia; la Fraternal, que se hallaba instalada en el principal del Circo, desapareció, siendo sustituída por la Unión Artesana en la Plazuela de Lasala; en una palabra, San Sebastián experimentó un cambio de aspecto que le hizo desconocida a quienes dejaron de verla en 4 ó 5 años. Por lo demás, la vida en sus relaciones sociales, apenas tuvo variaciones. Los bautizos se celebraban en la misma forma, yendo en coche a la Parroquia, con el padre y los padrinos, la doncella, que acompañaba en el pescante, bien ataviada, con su delantal blanco y el mejor vestido que poseía, iba muy ufana, exhibiendo una tarta de varios pisos coronada por una banderita si era niño, o un angelito o una flor si era niña, aquel día las familias de los amigos del recién nacido, reci bían una tarta. Los funerales se han simplificado también; los enfermos graves empezaban a ser objeto de preocupación, pues antes de haber fallecido, se ponía una mesa en el portal para que los amigos fuesen a demostrar su interés por el enfermo firmando; si se curaba, se retiraba la mesa, si fallecía, continuaba hasta su sepelio. La concurrencia al funeral, exigía varias demostraciones de pésame, como son: oir la misa, a los varones besar la estola durante el ofertorio, desfilando ante los que representaban a la familia en el duelo, a la salida dar el pésame y un apretón de manos, ir al portal de la casa mortuoria firmar, acompañar al cadáver hasta pasar el Puente, donde se despedía el duelo con otro apretón de manos, y aún los íntimos, acompañarle hasta el Cementerio. Conocimos un asistente muy cumplido en esta clase de ceremonias, que tenía a gala despedir el último en el besamano de la parroquia, para consolar a los familiares diciéndoles: «Mi más sentido pésame, han sido 136 ó 185», según el número de los que habían besado la estola. A propósito del rito de la estola, no resistimos a relatar una anécdota que presenciamos y que dió que hablar en San Sebastián, ya que era una pequeña ciudad, en la que todos nos conocíamos y se comentaba cualquier incidente y acontecimiento por fútil y vanal que fuese. El autor del suceso, fue un joven de familia conocida, perfecto y correcto caballero, pero que tenía la debilidad de cambiar de personalidad en cuanto llegaban las fiestas de Carnaval, no perdiendo un baile de máscaras, ni una reunión en que tuviera ocasión de disfrazarse. Además tenía fama de saber elegir disfraces muy adecuados para dar bromas nada molestas que comentábamos entre amigos por la gracia y corrección que empleaba para ello. Sucedió, que un día, miércoles de ceniza, hubimos de asistir a un funeral de una persona muy conocida y por tanto hubo una concurrencia desacostumbrada. El rito de besar la estola, sese practicaba, desfilando los asistentes durante el oferto rio por el centro del pasillo formado por los bancos paralelos, en los que sentados frente a frente los familiares y los amigos íntimos formaban el duelo, y generalmente terminaba antes de llegar al alzar, pero aquel día, por el número de asistentes, no fue así y en el momento del alzar, en que momentáneamente se suspendía, le tocó a nuestro amigo, arrodillarse en el centro del pasillo, para lo cual hubo de sacar el pañuelo del bolsillo. ¡Cuál no sería el asombro y la sorpresa de los familiares y amigos que formaban el duelo, al ver que al mismo tiempo que lo sacaba, se vieron inundados por una lluvia de confetis de colores que caían por los aires! La vergüenza y el mal rato que se llevó el autor del incidente, que no se podía considerar como irrespetuoso e irreve rente, por ser involuntario y por que dado su carácter y religiosidad, nunca hubiera sido capaz de hacerlo conscientemente, no es para ser descrito. Había olvidado que aún llevaba consigo restos de la fiesta del baile de la noche anterior. Fue un patinazo que nunca se perdonó, ni olvidó. No damos el nombre de nuestro avergonzado y apesadumbrado amigo, pero si entre los lectores hay algún aficionado a descifrar jeroglíficos, charadas, logogrifos y palabras cruzadas, daremos unas pistas para ver si lo descubren: Nombre, el de un Evangelista; primer apellido, el de un historiador vasco; segundo apellido, uno extranjero, y redondo... la solución... algún día. Hoy empezando por la Iglesia, se han simplificado estas costumbres, suprimiendo el número de apretones de manos que además del dolor de la pérdida de un ser queri do, tenían que soportar manifestaciones demasiado expresivas, que por repetidas, dejaban magulladas las manos de los deudos. 

Las relaciones amorosas han cambiado extraordinariamente. En nuestra juventud, por lo menos en San Sebastián, las muchachas de nuestra edad, estaban sometidas a un severo marcaje, como diría un foot-bolista, ninguna muchacha menor de 30 años, salía sola a la calle; la acompañaba una hermana mayor, una tía o su madre, cuando no, una de las doncellas de la casa, ni siquiera podía salir sola con otra amiga de su edad ni aún siendo compañera de colegio, así que envidiábamos a los madrileños que el verano venían acompañando a sus amigas. Cuando nos gustaba alguna muchacha, se traducía en miradas insistentes cuando una vez a la semana salían a pasear al Boulevar escoltadas por las inevitables mamás, tías o amigas solteronas. Los domingos por la tarde, si hacía buen tiempo, de paseo con la inevitable escolta, y al atardecer... a casita, hasta la semana siguiente. Durante los días de labor, a pasear delante de la casa, «Hacer el oso» se llamaba a esto y si veíamos una cortinilla que se levantaba con alguna frecuencia, era señal de que podíamos escribir clandestinamente, por supuesto, alguna carta citándonos, no para hablar, pues eso era imposible, sino para mirarnos, al entrar o salir a una novena, misa o función religiosa a la que podíamos acudir impunemente y también a esperar a que el coche de «Notre Dame», «Miracruz» о «San Bartolomé» dejase en su casa a la amada. 

Esto el invierno, cuando veníamos de vacaciones. Si la suerte nos era propicia, es decir, si no llovía, íbamos bien en esta guisa, pero si llovía... semana perdida y vacaciones acabadas. Y nada de pensar en escribir, sin entregar personalmente el mensaje a la doncella, previamente conquistada, cosa que no podíamos hacer desde nuestra Universidad. El verano podíamos tener un poco de conversación, pues durante el concierto de la noche en el Boulevard, las vigilantes mamás se sentaban en las sillas y las muchachas hacían escapatorias a Alderdi-eder, donde, simultáneamente, tocaba la Orquesta y con pretexto de que eran más aficionadas a ésta que a la banda, que la oían todo el año, nos permitíamos un poco de palique. ¡Qué diferencia entre las relaciones amorosas de entonces y ahora! Cuando se veía a un muchacho de San Sebastián acompañando a una muchacha por la calle, el noviazgo se consideraba públicamente oficial. Otro medio de contacto con el sexo opuesto, eran las bodas. ¡Cuántas relaciones y bodas han surgido entre invitados! Sobre todo cuando se puso de moda ir a casarse a Lezo. La comitiva salía de la casa de la novia, donde entre las amigas de los novios, se organizaban con mucha picardía las parejas que en cada landó iban a estar juntos durante la ida y vuelta a Lezo, para luego continuar en el banquete nupcial y consiguiente baile, se procuraba conjuntar a aquellas parejas que creían poder compaginar, y efectivamente, hemos conocido bodas entre parejas, que aún gustándose mutuamente, bien por timidez o por no poder tener ocasión de entrevistarse, no se hubieran casado. El Cristo de Lezo ha contribuido mucho al aumento de la población en Guipúzcoa. El desarrollo del Ensanche después del derribo de las murallas, hizo que los servicios oficiales se desplazasen de la Parte Vieja, y así se notó, que ésta perdía en animación, quedando absorbido el comercio por el traslado en su mayor parte al Ensanche comprendido entre el Boulevard y la Avenida. Los primeros ascensores que conocimos, eran los de las casas n.º 7 de la calle de Hernani de don Ramón Machimbarrena, la n.° 2 de la calle de Vergara, del señor Parga, abuelo de nuestro amigo Juanito Epalza; la del n.º 46 de la calle San Martín, del señor Zavala y el Hotel Continental; recuerdo que los tres primeros eran hidráulicos y el que lo utilizaba tenía que hacer unas maniobras raras para ajustar un anillo al tope correspondiente al piso que deseaba subir, previo tirón a una soga, en la que estaban ajustadas las bolas metálicas que al tropezar con el anillo correspondiente al piso, empujase a la cuerda para 'cerrar la corriente de agua que le hacía funcionar. Hoy, ya esto de los ascensores se ha generalizado y como son de corriente eléctrica, no hay necesidad de hacer ejercicio de soca-tira, pero en sesenta años de ejercicio profesional, hemos tenido que subir, muchos miles de escaleras.

San Sebastián, puede vanagloriarse de que a principios del nuevo siglo, fundó una de las Clínicas quirúrgicas que más renombre tuvieron en España por su organización y por el equipo profesional de que constaba. El prestigio de que gozaban ya en España, los Dres. Oreja y Gaiztarro, los primeros especialistas en San Sebastián de Cirugía Urinaria y Cirugía General, respectivamente, les movió a crear una Clínica particular, mejor dicho, una policlínica, ya que incorporaron al Cuerpо de Especialistas, a los Dres. don Ramón Castañeda y don Mariano Antin, como otolaringólogos y al Dr. Miguel Vidaur, como oculista. 23 La clínica se inauguró el día 26 de septiembre de 1906 con asistencia de S. M. la Reina Victoria, las Autoridades Nacionales, ya que es. taban con el Ministerio de Jornada, Provinciales y Municipales, representantes del Ejército y la Marina, y el Obispo de la Diócesis. Todos tuvieron palabras de elogio, para el nuevo edificio, considerándolo como un adelanto científico, que honraba a San Sebastián, a Guipúzcoa у por tanto a España. Más tarde vinieron otras clínicas a sumarse a ésta que se llamó clínica de San Ignacio, como fueron, la clínica del Dr. Leremboure, la de los Sres. Huici y Egaña, la de don Luis Egaña Моnasterio, la del Dr. Ayestarán, la del Dr. Martín Santos, etc., todas ellas dignas de los nombres famosos que ostentan y ostentaron sus propietarios. 

DEL SIGLO XIX AL SIGLO XX 

Entramos ya en la última década del siglo XIX, año 1890, década que nos recuerda la edad más feliz de nuestra vida, porque es la edad llena de ilusiones y esperanzas, cuando comenzamos los estudios del bachillerato, cuando empezábamos a ser considerados en la vida, los profesores del Instituto nos trataban de Vd. y nos llamaban «Señor Fulano, salga al encerado», cuando empezábamos a flirtear con muchachas de nuestra edad, soñábamos en proyectos para el porvenir, en una palabra, cuando llegábamos al tránsito de chico a joven adolescente. 

XIV 5 septiembre 1887. - Monumento a Oquendo

 XIV 5 septiembre 1887. - Monumento a Oquendo 

El Paseo de la Zurriola presentaba aquella tarde hermoso golpe de vista. Gentío inmenso en los balcones y tejados de las casas próximas, no cabía una persona más. A las cinco llegó la comitiva, precedida del clero con cruz alzada. La componían la Diputación Provincial, el Ayuntamiento, cuyo pendón llevaba el señor Alcalde, la Oficialidad de las tropas de la guarnición, Cuerpo Consular, Magistrados de la Audiencia, Claustro de Profesores, Cámara de Comercio y Comisión Ejecutiva del Monumento a Oquendo que iba a inaugurarse. Momentos después, llegaron el Presidente del Consejo y los Ministros de Gracia y Justicia y de Marina. Cara al río, se hallaba la tribuna regia en cuyo trono tomó asiento S.M. la Reina Regente, teniendo a su izquierda al ama del Rey, quien llevaba a éste en brazos, vestido de blanco. A la derecha de la Reina, estaban las dos infantitas, María de las Mercedes y María Teresa, vestidas ambas de color rosa. Los Ministros y personalidades palatinas se colocaron a ambos lados del trono. Enfrente estaba el altar, adornado de flores. En el centro, una mesa con el acta de la ceremonia y un estuche, que contenía la pluma de oro con la que había de firmar la Reina. Junto a la mesa una grúa pintada de purpurina de plata, sostenía la primera piedra del futuro monumento, en cuyo interior había, encеrrados en una caja, varias monedas, un ejemplar de cada uno de los diarios de la localidad y unos versos en vascuence.

Después de realizadas las preces de ritual, bajó del trono la Reina, seguida de sus hijos y de la comitiva y, tomando en sus manos la paleta de plata que puso en manos del Rey niño, echó luego la primera paletada de mortero. La paleta llevaba grabada la fecha 5 de septiembre de 1887. Y esta inscripción: «S.M. la Reina Regente utilizó esta paleta en el acto de colocar la primera piedra del monumento erigido al Almirante don Antonio de Oquendo». Leída el acta, S.M. firmó al pie de ella, y a continuación, la Infanta María de las Mercedes, posteriormente, la Infanta María Teresa, llevada su mano por la de su madre, y después, los tres Ministros, Funcionarios, etc. A las seis de la tarde se procedió a colocar en su sitio la primera piedra del futuro monumento. Luego vinieron los discursos de rigor: el del Alcalde señor Larrauri; el del Ministro de Marina. En tanto hablaba el Ministro, se llevó una silla para el ama del Rey, pues todo niño, por muy real que sea, tiene derecho a satisfacer su apetito y la nodriza real se dispuso a complacerle.

XIII La Parroquia del Buen Pastor

 XIII La Parroquia del Buen Pastor 

Los donostiarras jóvenes ignoran que la primitiva Parroquia Pro- visional del Buen Pastor tuvo su sede en el bajo de la casa n. 7 de la calle de Urbieta esquina a la de San Marcial, en el local que actualmente ocupa la pastelería «La Dulce Alianza». Por ello, esta casa, al hacerse el arreglo parroquial que transfirió la mayor parte de las manzanas la calle de San Marcial a la Parroquia de Santa María, obtuvo privilegio de continuar perteneciendo a la Parroquia del Buen Pastor. Desde 1.º de julio de 1885 en que se inauguró este local, estuvo radicada en él la Parroquia hasta que el 29 de marzo de 1888 fue trasla- dada, también provisionalmente, a un pabellón municipal en la misma calle de Urbieta, en el que hoy ocupa la Pescadería Municipal lindante con la calle del Príncipe, hoy Hermanos Iturrino, designándose con nombre de Iglesia Parroquial del Sagrado Corazón. En Urbieta 7, fue bautizado el actual cronista de la Ciudad, José María Donosti. el Esta capilla tenía mayor capacidad, pues su longitud alcanzaba des- de la calle Urbieta a la de Loyola y su anchura era aproximadamente la de la actual Pescadería, presentando el aspecto de las iglesias del país vasco francés, con una galería corrida a la altura del coro. En esta ca- pilla bautizaron a mi esposa y a una hermana mía y se casó don José Elósegui, padre de nuestro Alcalde anterior. El 29 de septiembre de 1888, con motivo de colocarse la primera piedra de la Parroquia del Buen Pastor, hoy Catedral, actuó por primera vez oficialmente S.M. el Rey Alfonso XIII, que a la sazón tenía dos años y medio, firmando en el acta en que constaba dicha ceremonia: «Yo el Rey Alfonso XIII», documento que en unión de los periódicos locales de dicha fecha y algunas monedas corrientes en aquella época, encerrados en una caja de plomo, fueron colocados bajo dicha primera piedra. No cabe duda que los profesores de S.M. debieron hacer un «tour de force» para enseñarle a escribir cuando sólo contaba esa edad. 

El edificio de la actual Parroquia del Buen Pastor se inauguró con toda solemnidad el 20 de julio de 1897.

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El 30 de julio de 1897 fue inaugurada con toda solemnidad la actual Parroquia y Catedral del Buen Pastor, obra del arquitecto don Manuel Echave, cuya construcción duró nueve años, incluídos cerca de dos años en que estuvieron suspendidos los trabajos. Por su situación, centrada en la plaza que lleva su nombre, por su magnífica perspectiva desde las calles Mayor y Hernani, es una de las edificaciones más vistosas de la ciudad. 

XII Los miqueletes

 XII Los miqueletes 

La descripción del Batallón Infantil, que iba equipado con el uniforme del Cuerpo de Miqueletes, ha evocado en mí el recuerdo de este brillante, honrado, digno y eficaz auxiliar del orden público y de la Administración Provincial. No voy a hacer el historial de este Cuerpo querido por todos los guipuzcoanos, admirable servidor de la Provincia, pues recientemente lo ha hecho admirablemente el brillante escritor don Luis Ezcurdia, sino que en confirmación de lo que dice en cuanto se refiere al cumplimiento de su reglamento, solamente deseo relatar unas anécdotas que revelan cuán humanamente interpretaban las disposiciones reglamentarias, aun tratándose de culpables de infracciones legales. Siendo yo médico de Azpeitia, un día del mes de diciembre de 1902, mi compañero don José Eguiguren, nuestro común amigo Luis Calisalvo y yo, recibimos un aviso del barrio de Nuarbe en el que nos participaban que merodeaba por aquellos campos un jabalí y nos invitaban a tratar de cazarlo. Los tres éramos aficionados a cazar y aceptamos la proposición. Don Pepe Eguiguren, como lo llamaban en Azpeitia, había sido antes médico de Régil y era amigo del párroco, que también era un gran cazador y tenía un perro inmejorable. Nos propuso invitarle la vez que le pedía acudiera con su perro. Aquella misma tarde, nos dirigimos a Régil en el automóvil (uno de los primeros que circulaban por la Provincia), propiedad de Calisalvo, que se hallaba pasando una temporada en Azpeitia. Recuerdo que era el día de los Inocentes y sabíamos que aquel día tenían una reunión los caseros para tratar los asuntos correspondientes a su barrio. Cuando al anochecer nos acercábamos a Régil, vimos algunos que iban por la carretera, sin duda algo alegres por las libaciones que debieron extremar en su reunión y como entonces el automóvil era poco conocido, les debió llamar la atención el ruido y la velocidad que llevaba y no tuvieron mejor idea que lanzarnos un tronco de leña ante nuestro coche, dándose a la fuga, sin pensar en el daño que pudieran ocasionar. Por suerte, no ocurrió ninguna desgracia y don Pepe salió corriendo tras los fugitivos alcanzando a uno de ellos, que se escabulló, no sin dejar, como José ante la mujer de Putifar, un girón de su ropa, con la que nos presentamos a las Autoridades de Régil, quienes por las señas y el trozo de prenda que presentó el señor Eguiguren fué identificado. Al día siguiente intervino el Juzgado de Instrucción de Azpeitia disponiendo que fueran conducidos al Juzgado de Azpeitia los autores y que se llevase el tronco como prueba de convicción. Al efecto se presentaron en Régil una pareja de miqueletes formada por el cabo y un número, haciéndose cargo de seis jóvenes caseros, que eran los acusados del acto de barbarie, que pudo ocasionar una desgracia y el cabo de miqueletes, comprendiendo el deshonor que pudiera constituir el que fueran esposados, les propuso como solución, si preferían ir conduciendo entre los seis el tronco a hombros e ir sueltos, pues de otro modo los habrían de llevar esposados por parejas y el tronco en un carro tirado por vacas. Al instante optaron por llevar el tronco sobre sus hombros y así evitaron la vergüenza de ir esposados, cuyo deshonor hubiera causado muy mal efecto en toda la comarca. El cabo de miqueletes cumplió con su deber evitando la extorsión que supone el ir amarrado por las calles de Régil y de Azpeitia.

En otra ocasión, cuando en julio de 1936, estando ocupada aún San Sebastián por los rojos, hubimos de pasar los 25 días que duró hasta la liberación, de servicio permanente en la Casa de Socorro, como Jefe de los servicios sanitarios que desempeñaba en el Ayuntamiento, aunque éste había huído de San Sebastián en dirección a Bilbao, y constantemente lo mismo de día que de noche recibíamos llamadas para que se mandase la ambulancia, que volvía con un herido o con uno o más cadáveres de fusilados sin haberlos juzgado. Una noche se pidió desde el calabozo que como prisión preventiva se había establecido en la Diputación, la ambulancia para transportar a un detenido que había intentado suicidarse con una cuchilla de hoja de afeitar, una gillette, dándose unos tajos en el antebrazo y efectivamente volvió al poco rato con un herido cubierto de sangre acompañado de un miquelete y dos milicianos. Al entrar en el quirófano, reconocí a un antiguo cliente mío, que era chatarrero y hube de interrogarle sobre lo que motivó su determinación y me contestó que estando afiliado al sindicalismo revolucionario, le mandaron de servicio a cuidar la capilla de los Religiosos Carmelitas de Amara, y estando allá, entró una pareja formada por otro correligionario suyo y una furcia (fueron sus palabras), con la pretensión de hacer lo que no se debe hacer nunca en público (también fueron sus palabras), discutieron, se pelearon, y para defenderse hubo de disparar, matándole. Le llevaron a la prisión de la Dipu tación, donde pretendieron llevarle al Paseo Nuevo, donde le querían fusilar y mientras discutían sobre su suerte, él se acordó que llevaba una Gillette y trató de suicidarse. Mientras le hacía la cura me dijo muy convencido que era inútil lo que hacía, pues estaba seguro de que lo matarían en el camino. Una vez curado, los milicianos quisieron llevárselo prescindiendo del miquelete, el cual con toda energía hizo valer su derecho de que a él le habían encargado de llevar al lesionado a la Casa de Socorro y que una vez curado lo devolviese a la Diputación y que estaba obligado a cumplir su misión costase lo que costase y dijo a los milicianos que ellos se unieron a él y al herido sin que nadie les mandase y por tanto no tenían nada que hacer allá, que una vez que hubiese cumplido la orden que se le dio, él se desentendería del preso, pero que si se oponían a que él llevase el preso a la Diputación, antes habría una ensalada de tiros. Y así salieron pacíficamente de la Casa de Socorro.


A las tres horas de ocurrido esto, a eso de las cuatro de la madrugada, recibimos la diaria llamada de que se mandase la ambulancia al Puente de Hierro del Ferrocarril, con la fórmula de siempre: «Ya saben para qué». Nos trajeron el cadáver ametrallado del pobre Salazar, como se llamaba el desgraciado. También en este caso el miquelete cumplió con su deber defendiendo al detenido mientras pudo, con riesgo de su vida, cuando pudo haberse desentendido diciendo que eran dos hombres los que pretendían avasallarle por mayoría de fuerza. Yo soy un entusiasta de este abnegado Cuerpo, pues conozco su historia y tengo sangre de miquelete, pues mi padre fue el médico del batallón e hizo toda la campaña en la tercera guerra carlista y dos hermanos de mi madre fueron también oficiales de miqueletes durante la misma campaña. Como la Diputación no tenía servicio médico que atender, pues la asistencia a los enfermos necesitados, que es la única que le competía, la tenía contratada con los hospitales de la capital y de las cabezas de Partido provincial, cuando requería alguna asistencia, estado de salud, baja o alta por enfermedad, don Juan Pablo Lojendio, recordando a su compañero de campaña, recurría a mi padre, como lo hicieron los que le sucedieron en el cargo los señores Larrondobu Andrés, compañero mío en el Preparatorio de Medicina, que luego prefirió la milicia y más tarde el señor Churruca. Cuando falleció mi padre, el señor Churruca me distinguió con esa atención y poseo un carnet firmado por él con el nombramiento de Médico del Cuerpo de Miqueletes de Guipúzcoa. Не conocido a muchos oficiales que hicieron la campaña con mi padre, los hermanos Prudencio, Antonio y Mariano Arnao, don Tomás Iñurrategui, los hermanos Ząla, Dugiols, Larragoyen, Aldasoro, etc., el capellán don José Iriarte, de Irún, que celebraba la misa de campaña en la ermita de San Marcial. He visitado a las familias de Barandiarán, Ormazábal, Culla, Zabaleta, Otegui, Elorza, Pedraglio y a los miqueletes acuartelados solteros, en el cuartel de la calle de Miracruz. No es pues extraño que yo admire a este Cuerpo, al que he prestado mis servicios desinteresadamente, y al que quisiera ver repuesto en sus primitivas funciones.

Por eso he recibido con verdadera alegría y satisfacción, la publicación de la Historia del Cuerpo de Miqueletes, escrita con cariño y afecto por el que las circunstancias le hicieron Jefe Civil en sus funciones administrativas don Luis Ezcurdia. 





 

XI El Batallón Infantil (12 septiembre de 1894)

 XI El Batallón Infantil (12 septiembre de 1894) 

Los reiterados éxitos que han tenido los desfiles y exhibiciones de las tamborradas infantiles, nos retrotraen a nuestra adolescencia con el recuerdo del famoso Batallón Infantil que hace sesenta y nueve años, en la fecha que encabezan estas líneas, desfiló y maniobró ante SS. MM. el rey don Alfonso XIII y su augusta madre doña María Cristina, en la plaza de toros de Atocha (emplazada en terrenos de la actual fábrica de Herederos de R. Múgica), con una marcialidad y disciplina impro. pia de sus componentes. Una iniciativa de don José Cárcer, secundada por la Comisión de Festejos del Ayuntamiento de San Sebastián, tomó cuerpo para organizar un batallón infantil constituído por niños de todas las clases sociales, desde los asilados de la Misericordia hasta los de familias más destacadas de la Ciudad, sin discriminación social ni aún para representar a las clases y oficiales que habrían de mandar las infantiles fuerzas. Reclutados los cuatrocientos cuarenta niños que habían de formar el batallón, comenzaron su instrucción a principio de verano en los solares de la fábrica de botellas de la Casa Brunet, que hoy ocupan los primeros chalets de la Avda. de Satrústegui, que más tarde debía de ser el campo de foot-ball de la Real Sociedad. Fueron sus instructores, haciendo competencia al patriarca Job, el coronel de Infantería don Julio Ortega (padre del que en el batallón había de figurar como cabo de gastadores), el niño Julito Ortega Tercero, hoy coronel Jefe de Fronteras, que a la sazón no había cumplido aún los seis años y los Oficiales don Francisco Rodríguez del Castillo y don Jesús Peña, además de varios sargentos y cabos de los Regimientos de Valencia nú mero 23 y Sicilia número 7, de guarnición en esta Plaza. Como en aquellos tiempos aún no se había fundado la Sociedad Hípica y, por tanto, no había facilidades para que los muchachos ejer citasen la equitación, hubo que resolver el problema de las plazas montadas de los jefes del batallón infantil, designándolos entre los hijos de Jefes militares de la guarnición que tuviesen la oportunidad de disponer de caballos y pudieran instruirse en equitación. Así pues, fue nombrado Teniente Coronel, Jefe del Batallón Infantil, Ignacio Roca, hijo del Coronel de Ingenieros, señor Roca, que por entonces dirigía la construcción de los fuertes del llamado campo atrincherado de Oyarzun, fuertes de Guadalupe, San Marcos y Choritoquieta. La designación de Comandante recayó en Antoñito Martí, hijo del Comandante de Artillería, don Manuel Martí. Ambos Jefes del Batallón Infantil llegaron en la equitación a la perfección, luciéndose en el desempeño de sus respectivos cargos. Las cuatrocientas cuarenta plazas que constituían el Batallón, tenían los mandos siguientes: Teniente Coronel-Jefe, Ignacio Roca; Comandante, Antonio Martí; Ayudante, Casto de la Torre; Abanderado, Ricardo Valle; Médico, Enrique Lataillade; Músico Mayor, Guillermo Múgica; Maestro Armero, Gabriel Güemes; Carrero, Manolo Salaverría; Cabo de Gastadores, Julio Ortega.

Las cuatro compañías de que constaba, estaban mandadas por: 

Primera Compañía: Capitán, Pablo Hernández; Primeros Tenientes, Fernando Salazar y Javier Arizmendi y Segundos Tenientes, Juan Cruz y Miguel Guillet.

Segunda Compañía: Capitán, Antonio Arrúe; Primeros Tenientes, Adolfo Pérez y Francisco González y Segundos Tenientes, Rogelio Fuentes y Joaquín Arrúe. 

Tercera Compañía: Capitán, Eduardo Martínez Añíbarro; Primeros Tenientes, Juan Bautista Novellán y Agapito Valle y Segundos Tenientes, Jesús Sagarduy y Florián Otero. 

Cuarta Compañía: Capitán, Andrés Juaristi; Primeros Tenientes,Ignacio Usandizaga y Tomás Urquijo y Segundos Tenientes, Vicente Usandizaga y Fernando Peón. Una banda de cornetas y tambores formada por los niños de la Beneficencia y una banda de música formada por veinte ejecutantes infan- tiles. El uniforme elegido fue el de miquelete, milicia provincial de gran prestigio en el país y muy apreciado por SS. MM., a quienes prestaban guardia en palacio durante la jornada veraniega, uniforme de airoso y elegante corte, con boina roja y una chapa con la inscripción de «batallón infantil», poncho azul con su esclavina y pantalón rojo, correaje negro y armamento de fusil Mausser y bayoneta y cuchillo, fiel reproducción en menor tamaño del modelo que se impuso en el ejército español con ocasión de la reciente primera guerra de Melilla. Organizado el desfile y exhibición para el día 12 de septiembre, el Batallón Infantil cružó la Avenida y el Puente de Santa Catalina a las cuatro y media de la tarde en correcta y marcial formación, dirigiéndose a la plaza de toros de Atocha, que se hallaba abarrotada de público con asistencia de la familia real y autoridades, donde entró en formación de a cuatro, dando la vuelta en dirección circular paralela a la barrera, hasta que una vez dentro toda la fuerza con la escuadra de gastadores, la banda de cornetas y tambores, y el batallón formado en columna por compañías, se dirigió ante el palco regio, haciendo alto, presentando armas y batió la marcha real, a lo que siguió un nutridísimo aplauso.

Seguidamente se pasó lista, se dio el parte de novedad, sin omitir detalle, y se hicieron diversas maniobras en el manejo del arma a la voz del Teniente Coronel Roca con tal precisión que llamó la atención el que a la voz de ¡Descansen!, el ruido de los fusiles al posarse en el suelo fuera unísono. 

Al son de marciales pasodobles se maniobró en columna por secciones por medias compañías y por medio batallón numerándose para la esgrima a la bayoneta, desplegándose a toque de corneta en medio de grandes aplausos que premiaban la pasmosa y exacta ejecución de la maniobra. 

A continuación, formó el batallón en cuadro ligero, procediéndose al reparto del rancho, obsequio del aristocrático Club Cantábrico, encerrado en una bonita fiambrera de hoja de lata con la inscripción de «El Club Cantábrico al Batallón Infantil», que podría llevarse pendiente de un cordón en bandolera. 

El rancho contenía una empanada de jamón, un pastel de hojaldre con dulces, una ensaimada, un panecillo, una caja de bombones de la Casa Louit Freres y una botellita de un decílitro de vino rancio generoso de la Casa Henry Garnier y Cía. de Pasajes. Durante la merienda, dieciséis miqueletes infantiles bailaron un Aurresku, llevando como tamborileros a tres soldados del batallón, un hijo del señor Basurco y los hermanos Balanzategui. Terminado el baile se tocó llamada y una vez depositadas las fiembreras en el carro del batallón, tirado por una mulita enana, luciendo arreos militares, que cuidaba el carrero Manolo Salaverría, al que acompañaban la graciosa cantinera Constantina Star y el maestro armero Gabriel Güemes, se volvió a formar el Batallón para entonar los himnos acompañados por la banda municipal. La primera compañía cantó el himno Oquendo, letra de don Carmelo Echegaray y música de! maestro Santesteban. La segunda, el himno al rey, música de don Antonio Peña y Goñi. La tercera compañía, el himno a España, con letra de don Angel María Castell y música de don José M.ª Echeverría. Y la cuarta, el himno a Vasconia, letra de don Antonio Arzac y música de don Juan Guimón.

Y así terminó este festival, que tan grata memoria nos dejó a los que lo presenciamos, especialmente al rey niño, que se mostraba entusiasmado, así como a las familias de los pequeños miqueletes, para quienes como recuerdo, quedó el uniforme, con el correaje y armamento que llevaron en propiedad. ¡Cuántos de los que lean algunos apellidos que citamos en esta reseña comentarán con sus padres y abuelos que formaron en este simpático Batallón Infantil!