A partir de 1813 las murallas de San Sebas-tiån fueron embellecidas con paseos, acacias y olmos. Sus empalizadas, troneras, fosos y caminos cubiertos tomaron entonces un aspecto menos des-apacible.
Pero a pesar de todo, los donostiarras deseaban ardientemen-te liberarse de aquellos muros que llegaban hasta la actual Pla-za de Guipúzcoa, sin que aqui tampoco concluyeran propiamen-te las obras de defensa.
Largo y dificultoso fue conseguir su demolición. Se suele decir que lo que cuesta vale. Y derribarlas debió de valer mu-cho para la Ciudad.
La autoridad militar resistió cuanto pudo y seguiria re-sistiéndose a entregar al Municipio lo que era suyo. Todavia confiaba en la importancia estratégica de la Ciudad amurallada.
Por su parte, es posible que que los donostiarras creyeran, aca-so con exageración, que aquellas murallas habían sido la causa única de todos los ataques, sitios y calamidades de nuestra his-toria.
Pero eso era parte de la verdad. Porque San Sebastián no había sufrido las guerras sólo por ellas, sino por su posición geográfica, situada en la misma frontera, y por la tensión que los siglos fueron acumulando en esa zona.
Esta fue la razón principal de los padecimientos de San Se bastián. Y que era así podrían comprobarlo aquellos mismos do-nostiarras recordando el último sitio carlista que nada tenía que ver, por otra parte, con los franceses cuando las murallas ya no existían.
Fue sin duda el impulso de la Ciudad lo que la obligó a ex-tenderse, lo que exigía terrenos donde construir y donde pros-perar.
Cupo al general Prim, el mismo que destronó a Isabel II, instruir el expediente para la destrucción de los murallones, cuando era Director General de Ingenieros. Eae es el por qué de su calle-calle de Prim, agradecimiento de la Ciudad a su importante gestión.
El 29 de abril de 1863 se decretaba el abandono de San Se-bastián como plaza de guerra.
En el Teatro Principal leyó el Alcalde el telegrama. Comu nicación breve, que a pesar de que parecía que el derribo obli-gaba a una mayor fortificación del Castillo, fue recibida con vi-tores. La noticia corrió como la pólvora.
Aquella noche, co ¿con qué alegría acompañaron los donostia-rras la última ronda, que se retiraba sin dejar relevo! Ya no habría más soldados en la Puerta de Tierra, ni gritos de altols, ni cuarteles con tropa y peleas.
El 5 de mayo de 1863 fue grande, grandisimo en nuestra his-toria.
Aquel día muchos no fueron a las oficinas y vino gente de toda la Provincia...
Si un testigo de aquel suceso reviviera y le pidiéramos que nos contara la destrucción de las murallas, nos diría:
-Llovía. Llovia mucho. Pero no importaba! Todos íbamos hacia la plataforma de la cortina izquierda de las murallas... Bueno, no todos. Supongo que ahora, como entonces, habrá dis-conformes. Esos no fueron. Pero eran pocos. Nos precedían ban-das y coros que cantaban un himno que había compuesto San-testeban, a quien yo enseñé a solfear... Con qué emoción can tamos aquellas estrofas que decían:
Brilla el iris al fin en tu cielo. Blanca Easo, cautiva paloma Ya tu negra prisión se desploma Libre ya vas el vuelo a tender.
Arrullada en tu cuna de arena A la sombra de verde colina Tú naciste en la fresca marina Como un cisne flotando en la mar.
Hora ya nuevos mundos te ofrece El vapor que tus muros derriba Deja el nido y cual águila altiva Cruza el aire radiante y velox.
Cubre el margen del manso Urumea Vuela a unirte a tu hermana olvidada A Pasajes la perla envidiada La que tiende sus brazos a ti
«Hubo discursos y vitores. Con gran emoción vimos enton-ces al Gobernador, don Benito Canella, coger la palanca y en-cajarla en el ángulo saliente de una de las troneras... Señor, con qué fuerza la clavó, cierto era que todos dábamos el golpe con él y así no habia piedra capaz de resistir! Luego el Alcalde, don Eustasio de Amilibia, desprendió la primera piedra. ¡Qué emo-ción la suya y la nuestra...! Han pasado muchos años, he perdi-do casi el sentido del oído, pero aún puedo recordar el choque sordo, como de pelota motela, de aquel pedrusco contra el suelo.
«Corrimos varios al foso..., recuerdo que un muchachito nos ganó la carrera... y como si fuera el pedrusco una bola de oго, recogimos sus pedazos como migas de pan el hambriento.
«Yo guardé con veneración un trozo pequeñísimo que con-servé en un pequeño fanal de cristal. ¿Quién lo tendrá ahora, a dónde habrá ido a parar?
«Sin perder tiempo empezaron los trabajos de demolición. Yo mismo me uní al grupo de operarios municipales, y con es-tas manos arranqué aquel día y los siguientes algunos sillares de las almenas..
El 27 de abril del siguiente año un Real Decreto ordenaba el derribo de las murallas y de todas las fortificaciones.
Sin pérdida de tiempo, el 11 de mayo el Ayuntamiento acor daba la pronta ejecución de las obras.
Y sin embargo..., lo que los donostiarras hicieron entonces tan alegremente será constante objeto de debate.
Porque siempre existirán defensores de las fortificaciones, que argumentarán que ellas fueron, al fin y al cabo, testigos de nuestra historia casi desde que existíamos, poseedoras por lo tanto de una gran fuerza evocadora.
A quienes digan que perjudicaban el ensanche, sus defen-sores contestarán que podían haber sido respetadas si las nue-vas edificaciones se hubieran comenzado al otro lado de un foso salvado con pasarelas y puentes.
De lo que no se puede dudar es de que, conservadas, San Se-bastián hubiera poseido en ellas un factor pintoresco y turístico excepcional. Y esto, hoy, tiene enorme importancia.
Sus enemigos las calificarán siempre de recuerdo de horas de terror y desgracias, de antigualla inútil de malos y endebles materiales, de obstáculo para la natural expansión de la po blación. Y que bien, muy bien derribadas están de tal manera que no haya quedado recuerdo de ellas en ninguna calle, plaza o paseo excepto La Brecha, siendo voladas incluso para po-der edificar.
Yo no me inclino ni a favor ni en contra de las murallas. Ahora, cuando conocéis lo que ellas significaron, y lo que pre-senciaron, el valor histórico, militar, sentimental, artístico y turistico que pudieran tener y el obstáculo que podían represen-tar, dad libremente vuestra opinión.
De todas formas, con los estudios y conocimientos que podáis adquirir el día de mañana, siempre estaréis a tiempo de recti ficar o de confirmaros más y más en vuestra actual convicción.
No hay comentarios:
Publicar un comentario