Y precisamente en este mundo elegante, de refinada civili-zación, San Sebastián alcanzó la cima de la gloria, la fama y la distinción.
Veamos a grandes rasgos este brillante panorama.
No es fácil establecer los limites de lo que se conoce con el concepto francés de «belle époques. En la historia de las ciu-dades no pueden señalarse años y días para dividir periodos (no hay que dar por ello a las fechas de la división de este libro una precisión exagerada). Pero podemos decir que esta época de oro donostiarra abarca los quince últimos años del siglo pasa-do y los quince primeros de éste.
Cuna de las artes y las letras, del mundo de la diplomacia y de la Corte, San Sebastián fue durante esa época la Ciudad más bo-nita y codiciada de Europa. Naturales y forasteros la alabaron con entusiasmo,
Conoció antes que otra en España la llegada de los primeros turistas, nobles y aristocratas. Su puerto mezcló sus yates con los harquitos de pesca o con los de carga. No había capital que la superara en carácter internacional.
Dicen los que entonces la conocieron que era la población de la luz, de la música y los bailes, de los festines y las risas. Y del bullicio de la playa, en cuya arena formaban tertulia los poli-ticos y prohombres de la época. Sus habitantes la tenían además escrupulosamente limpia.
Escritores. Músicos, artistas y pintores. Cantores y saineteros. Directores de periódicos y periodistas con un poderío inmenso en sus plumas. Princesas, duquesas, cantantes, artistas de mil va-riedades y talentos: todo este mundo variado conoció San Se-bastián.
Aquí estuvieron Emilia Pardo Bazán, Serrano Anguita, Ar-bós. Ronconi y Tamberlicq. Sarasate y Gayarre. Canalejas, Sa-gasta, Blasco, Silvela, Romero Robledo, Cánovas, Castelar, el Conde de Romanones... La Duquesa de Medinaceli, Luca de Tena
Todas las horas del día eran felices. Las mañanas con los baños de tres olas, como se les llamaba, agarrados a las ma-romas que se hundían en el agua hasta los palos que sobresalían, según las mareas, por encima del mar. Los trajes de baño eran bien distintos de los de ahora! El bañero, que sumergía a los niños valiéndose a veces del ardid de la zancadilla, era entonces personaje importantisimo.
Los espectáculos eran variados y de mucha categoria.
Ya se había construido el Casino, bajo la dirección de los ar-quitectos Aladrén y Morales de los Ríos. Se edificó en terrenos cedidos por el Gobierno. Su lujo y la belleza de sus decorados le hacían ser, sin discusión, uno de los primeros de Europa. Eran fastuosas las fiestas que se celebraban en él.
Era el centro del juego, de la ruleta, el bacarrá y los caballi-tos. Y de aquel tren de la suerte, con sus estaciones rojas y ne gras. La fortuna daba a unos lo que al día siguiente les quitaba. Se jugaba mucho dinero, con el que se beneficiaba la población, en la que se hacían importantes obras como el Paseo de la Concha, entre otras, atendiéndose también a sus necesitados.
Fueron también famosos sus Carnavales, ¿Qué bailes y qué mascaradas, qué carrozas! Todo era en ellos espléndido y de buen gusto. El jolgorio era tan extraordinario que un parisiense ase-gura que en aquellos días sólo vio una persona formal, el tambo-rilero, que presenciaba sereno e impasible tanta locura.
Por las tardes había carreras en Lasarte. Y corridas de to-ros, incluso nocturnas, con los mejores matadores. Las orques-tas interpretaban conciertos en la terraza del Casino. Y la gente paseaba por la Parte Vieja y el Boulevard.
El Boulevard fue durante aquellos treinta años el centro de la vida, el corazón de la Capital.
Aquel umbroso y cosmopolita paseo, que unia el Casino con el otro emporio de la diversión, el Kursaal (que pronto desapa-recerá ya de nuestra vista), se llenó de cafés, de joyerías y de tiendas elegantisimas -alguna, como Jornet, subsiste todavia-. Los periodistas escribían muchas páginas de sus diarios con lo que en el Boulevard se hablaba o murmuraba. Era el paseo de to-dos los donostiarras, tanto naturales como forasteros. Un mun-do fantástico y movedizo como una ola iba y venía por él.
En su centro, el quiosco. Y en él, la Banda de Música-felizmente renacida, de mucha tradición, interpretaba a los inmor-tales Bretón y Barbieri, Francisco Alonso y Arrieta, Chapí, Se-rrano y Vives, Chueca y Caballero... ¿Cómo se entusiasmaba la colonia madrileña escuchando las piezas castizas, su música pre-dilecta!
La Ciudad quedaba ocupada de veraneantes y forasteros. No bastaban los portentosos alojamientos de que disponía. Y habílitaba edificios todavía no inaugurados.
San Sebastián tuvo durante este tiempo una gran virtud: atraer a sus ilustres huéspedes por su desenvolverse agradable y sencillo, por su elegancia natural, por su innato buen gusto. Esta buena condición no la olvidaban los veraneantes, que la saboreaban, como un plato más, en la Parte Vieja, por cuya Pla-za daban vueltas entre horas. De sus visitantes acertó hacer no sólo fríos espectadores de su vida, sino elementos activos den-tro de ella.
Tampoco entoces San Sebastián detenía su desarrollo. Aun-que ante la mirada asombrada y es posible que escandaliza-da de la Provincia derrochaba alegria y dinero, no olvidó sus problemas. Fue siempre administradora prudente.
Aumento las casas particulares. Completó sus calles rectas, hermosas y de amplia visibilidad. Edificó el Instituto, las Escue-las Públicas señales de su pujante cultura y la Pescadería. Con el Asilo para ancianos desvalidos que fundó don José M. Matia, el Municipio convirtió en obra benéfica lo que recibía abundantemente en los tapetes de su Casino. Hizo crecer tam-bién las edificaciones de la Zurriola, con las plazas y avenidas de su ensanche y su paseo.
Y en la Concha, a la sombra del Palacio Real, bello cottage inglés que con planos extranjeros edifica el arquitecto Goicoa a petición de una gran reina, se levantan las líneas esbeltas de quintas, palacetes y residencias. Y más abajo, cerca de la orilla, hoteles y villas particulares.
Por los caminos de aquella zona residencial se deslizaban con frecuencia los carruajes que llevaban en visitas de cortesia o de diplomacia a reyes como los de Inglaterra, Portugal y Ser-via, principes, ministros y embajadores.
Hasta de noche San Sebastián era una ascua de luz y de vida, con los murmullos que escapaban por las puertas abiertas de sus cafés, sus fuegos artificiales, sus conferencias, sus intrigas.
Esto supuso para San Sebastián la «belle époques y su entra-da en la vida de la corte: hacerse más cosmopolita que la misma capital del reino; ser la más internacional de nuestras ciudades; ver que su fama se extendía más allá de las fronteras y que su nombre lo repetian, sin encontrar adjetivos con que alabarla, to dos los idiomas europeos.
Recordemos ahora la Villa y la población que hemos cono-cido a través de estas páginas, su antigua pequeñez, su modes-tia y la sencillez, muchas veces heroica, de su vida.
Pero venid. Venid corriendo al muro del río. Os va a gustar también mucho un espectáculo curioso y simbólico.
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