viernes, 12 de diciembre de 2025

4-UNA VISITA VENTUROSA


Fernando VII (1784-1833), el rey más deseado que conoce la historia de España y y que, sin embargo, dejó a la nación sumida en guerras y discordias es como si llamáis a un gato, le dáis una sardina, le acariciáis y él como única recompensa os araña-intervino muy directamente en la etapa de nuestra recons-trucción.

Las desavenencias entre la Junta de Obras y el Ayuntamiento llegaron, en los momentos difíciles de 1815, al mismo despa-cho del rey.

San Sebastián había acudido a Fernando VII buscando la protección que no encontró en Wellington.

Y seria injusto decir otra cosa sino que el Monarca se inte-reső siempre por nuestros problemas y necesidades.

La primera comunicación que se le envia tiene fecha 17 de junio de 1814. La han precedido dos oficios del Ayuntamiento a la Regencia de octubre de 1813 y febrero de 1814, que se re-fieren al desenfreno de los soldados y a la tolerancia acaso de los jefes, recuerdan las desgracias sufridas y comparan la situa-ción de San Sebastián con las de Numancia y Sagunto, si bien a la nuestra, por cómo y quiénes produjeron el incendio, no la espera aquella inmortalidad.

El 17 de junio de 1814 el Ayuntamiento se dirige, al fin, al rey. Oficio respetuoso e implorante. Expone los sufrimientos de los cinco años de dominación francesa iniciada en enero de 1808 cuando vimos atravesar la Puerta de Tierra a Thouvenot. Muy bien decía el Ayuntamiento que los franceses se refugiaron en el asilo que les brindaban las desgraciadas ciudades inmedia-tas a la frontera.

Viene luego detallada narración de los espantos sufridos. De los alaridos de la gente robada y perseguida; de muertes y de sangre, del saqueo, de las ruinas y las paredes a medio caer, de tanto documento y escrituras de archivos y registros deshechos y perdidos para siempre.

Pide el Ayuntamiento que se solicite información a las Villas vecinas-Tolosa, Pasajes, Rentería y Zarauz, donde tan bien se conoció el desastre por la huida hacia ellas de muchos donos-tiarras, y la prueba de todo lo reunido por el Juez de San Sebas-tian al interrogar a testigos presenciales de los hechos.

Y acaba suplicando que el rey atienda generosamente a la reconstrucción de la Ciudad.

Que todo lo expuesto y lo que en posteriores y conserva-dos oficios se añadió impresionó a Fernando VII parece cierto. Como igualmente que deseaba conocer la Ciudad que de tal ma-nera había sufrido por su causa en la Guerra de la Indepen-dencia, y de cuya reconstrucción se habría de declarar, oficial y públicamente, protector en 1816 por Real Decreto.

El 4 de junio de 1827 Fernando VII llegaba a San Sebastián procedente de Pamplona, acompañado por su esposa la reina Amalia.

De aquella visita se conserva un recuerdo feliz.

Mucho se alegraron los donostiarras de que Fernando VII viniera, y aunque la Ciudad estaba atareada lo bastante en su reedificación como para no pensar en otra cosa por todas par-tes se veían los solares de antiguas edificaciones como gigan-tescas cicatrices echó la casa por la ventana en preparativos y gastos.

De haber vivido entonces ¿qué hubiéramos visto?

Pues una casa en la Plaza Vieja recién construida, cómo no, propiedad de un tal don Fausto Corral, convertida nada menos que en Palacio Real.

Para amueblarla, cada uno prestó lo que podía y mejor te-nía: unos, cortinas y alfombras; otros, sillas, sillones, mesas y vajilla. Se compraron un trono y un oratorio, pedido por el mis-mo rey deseoso de oir Misa diaria. Y se reservaron almacenes y casas para su servidumbre.

Las mujeres sacaron a balcones y ventanas colgaduras y fo-llajes que alegraban más las fachadas recién blanqueadas.

En la Plaza Vieja, sobre cornisas y arcos, había una tela lar ga de color carmesí y guirnaldas de laurel.

Ese 4 de junio estaban muy de mañana en la calle los Ter-cios de la Provincia, la Guardia Real y el batallón de Monte-rrey. Cubrían la carrera desde la casa-palacio hasta el barrio de San Martin, donde tocaba una banda de aficionados y dan-zaban las comparsas de bailarines.

A las diez en punto de la mañana estaba todo el pueblo en el alto de San Bartolomé, donde iban a recibir a los reyes el Ayuntamiento, ofreciéndoles sus varas simbólicas de autoridad. el Consulado y el Cabildo.

Entre músicas y ovaciones, bajó de su carroza el rey, de fi-gura arrogante, sencillo en sus saludos y gestos, mirando a un lado y a otro y a todas las personas con unos ojos de fuego, fle-chadores y relampagueantes.

¡El rey, por el que tantos españoles se habian dejado matar o habían muerto...!

Del alto, derechos a San Sebastián, confundidos entre solda dos, caballos y paisanos. Ya se oían las campanas de las iglesias y conventos y el retumbar de los cañones del Castillo

La Ciudad se volcó generosa en obsequios: bailes -zortzi-cos; danzas-espatadanzaris y barrucas; iluminación gene-ral y fuegos arficiales; corridas de toros; comparsas que canta-ron composiciones de Albéniz; procesión del Corpus, 8 de junio, silenciosa y devota como siempre; combate naval en la bahía y pesca en la Concha con cien marineros uniformados que ex-tendieron una inmensa red que, estrechada hacia la playa, re-cogió gran número de peces, ofrecidos parte en bandeja de plata a los reyes; besamanos, banquetes y una actuación a cargo de muchachos con pantalones blancos y chaquetas rosas y mucha-chas con túnicas, guirnaldas y coronas de laurel que cantaron y bailaron en la Plaza Nueva delante de los visitantes.

De aquella visita queda una gran realidad: el viejo Ayun-tamiento, hoy Biblioteca Municipal.

Porque el día 10, la víspera de su marcha, Fernando VII puso la primera piedra de ese edificio. Fue solemne la ceremonia. Un tubo de cristal embutido en la piedra contiene el Acta Munici-pal era entonces alcalde don Joaquin L. Bermingham-, un verso alusivo y una Guía de Forasteros.

Al siguiente dia, 11, Fernando VII entregó una cantidad para la Beneficencia y, acompañado por su esposa, volvió a pasar por el arco levantado en el camino.

Rodeado de gratitudes y de aplausos se perdió de vista en el cerro de San Martin.

Tardó en retirarse el arco levantado más allá de las mura-llas y bajo el cual pasaron Fernando VII y Doña Amalia. Estaba escrito en el con grandes letras: Id en paz, buen Fernando; el cielo santo la via siembre de venturas y flores; a llorar vamos en tantos. nosotros

El recuerdo de aquella visita feliz, la más dichosa que re-cuerda nuestra historia, duró mucho. Hombres y mujeres la co-mentaron durante dias y semanas y también sobre ella canta-ron coplas alusivas las niñas en sus juegos y las jóvenes en sus paseos y quehaceres.

No hay comentarios:

Publicar un comentario