viernes, 12 de diciembre de 2025

24.-VIDA NUEVA

 

Si hablamos, siquiera un poco, de cómo se vivía entonces en Europa podremos imaginar cómo se vivía, a su vez, en San Se-bastián, y no habrá dificultad en crear un cuadro lleno de colo-rido y de vida.

Llamará acaso la atención, compuesto el cuadro, el abismo que separa nuestra existencia, hoy, con la de entonces. ¿Cómo tanta diferencia en las costumbres, horarios, modas, ideas, en sólo cincuenta años?

Esa es la realidad. En cincuenta años murió una forma de vida, con sus defectos y con sus virtudes. Muchos de los que vi-vieron en esos momentos críticos acaso no se dieron cuenta ple-na, consciente, de tan grande evolución. Ahora, en cambio, para nosotros el cambio resulta gigantesco.

Si imaginamos una tertulia de hombres y mujeres, veremos que ellos iban de sombrero de copa, chaqué, guantes y bastón. A las mujeres las envolvían, de arriba a abajo, encajes, sedas y largas faldas. Los sombreros monumentales diluían sus ojos y sus bocas en sombra y misterio, que aumentaba el uso del ágil abanico.

La sociedad era en general cultivada, cosmopolita, muy dada a seguir los caprichos o los imperativos de la moda. Mostraba una desmedida confianza en si misma. No caia en cuenta, quízá por ello, de que al lado de aquel oro había mucha miseria y mu-cho descontento que era necesario remediar y muy justo atender.

Los meses y los años discurrian sin graves preocupaciones. Sin agitaciones y prisa como ahora.

Incluso la forma de trabajo era simbólicamente distinta: por ejemplo, se escribía con pluma de ave untada en el tintero de la escribanía, sobre la mesa. Y se escribia reposadamente. La máquina de escribir, ese elemento de trabajo hoy tan familiar, no tardaria en aparecer y en proliferar, dotando a todo el mundo laboral de su rapidez y nervatura.

Aquellos hombres tenían tiempo para todo: para consumir horas y horas hablarido de política o de arte en los cafés de co-lumnas y techos de oro, llenos de sofás y de mesitas de mármol. Aquellos cafés eran lo más opuesto a los de ahora, donde se come de pie y aprisa, sobre la barra, si es que se conquista tras una reñida batalla de codazos.

Hombres y mujeres se reunian en los llamados salones, ter-tulias celebradas en casas particulares, modelos de elegancia, buenos modales y educación exquisita. Alli se juntaban los ele-mentos distinguidos de las artes, las ciencias o la política. Se ha-blaba de todo, se oia música, se discutia... No estaba ausente la maledicencia o la murmuración.

Por las noches, los grandes restaurantes se llenaban de gente, los señores con trajes negros, apretados e incómodos. Las cenas eran abundantes, de platos inacabables servidos por camareros tiesos y discretos. A veces aquellas cenas se empalmaban con los paseos matutines por las avenidas arboladas de las poblaciones, enguantadas las manos, la chistera sobre la cabeza, el cuello de la camisa aprisionando la garganta... Ya salian los primeros pe-riódices a la calle, voceados por hombres y mujeres con caras de sueño... Mientras, unos coches negros, cuadrados, de ruedas del-gadísimas que hoy se venden en preciosas miniaturas, con-movian con mil ruidos las pacíficas avenidas, por las que discu-rrian lentos carros de caballos.

¿Puede darse algo más diferente de lo que hoy vemos a nues-tro alrededor?

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