Dijimos que sucesos históricos favorecerían la expansión y fama de San Sebastián.
Y estos fueron: que Isabel II (1830-1904) superara las guerras civiles que estallaron durante su minoría de edad. Que a sus quince años sufriera una enfermedad de la piel, de la que en realidad nunca se curó. Que los médicos la recomendaran baños de mar. Que nuestra Ciudad tuviera el mar en la más bella de las conchas. Y que por prescripción, viniera aqui a tomarlos.
Era por aquel entonces la reina Isabel una chiquilla alegre y chistosa, con una pasión grande por la vida al aire libre. To-davía los disgustos de su reinado no habían herido su humor. Aquella muchachita chata fue feliz, sin duda, en sus baños en la Concha, gritando alborozada al contacto de sus pies y de sus brazos con el agua fría.
Llegaba-Isabel II a la playa a primera hora de la mañana, en una berlina tirada por ocho caballos. Unos cuantos militares la acompañaban más como respeto que como seguridad. Ya cono-cia la fidelidad de los donostiarras, bien probada en la guerra civil.
De la berlina la reina pasaba a la frágil caseta de cortinillas y balconcillos. Una pareja de bueyes la arrastraba hasta la orilla y ya podia entonces buscar en el agua salobre la medicina para su cutis.
Aquí llegó el 1 de agosto de 1845. A pesar de que eran las dos de la madrugada un gentio inmenso la esperaba para vitorearla.
Y hasta el dia 16 San Sebastián vivió de festejo en festejo. Es curioso saber cómo se divertian hace un siglo los donostia-rras. Paseos por la bahía de Pasajes, Lezo, Loyola y por el Uru-mea. Serenatas. Pesca con gran red en la Concha. Carreras de lanchas de los puertos de esta Provincia, Corridas de toros (con tres toros por la mañana y seis por la tarde). Función de iglesia. Comparsas de jardineros en la Plaza Nueva. Bailes públicos.
El año 1845, importantisimo para la reina, que casaba al si-guiente y aceptaba las responsabilidades del gobierno, lo era también para la Ciudad. La suerte estaba echada, el camino es-cogido. El mar, con las primeras corrientes de una moda que iba a lanzar sobre las playas millones de hombres, mujeres y niños, se iba a convertir en el tesoro donostiarra y en su medio de vida.
A Isabel II debe también San Sebastián la visita de los pri-meros reyes, emperadores y políticos: Napoleón III y Eugenia de Montijo, repetidamente una vez pasaron por debajo del boquete de la muralla; y Bismarck, autor de la unidad ale-mana, que quedó entusiasmado de la belleza de nuestros alre-dedores.
Ya sólo faltaba el último esfuerzo: romper el cinturón de piedra que sofocaba calles, plazas y casas y robar al campo sus árboles y a los bosques su extensión.
Los hombres contamos nuestras vidas por decenios. Las ciu-dades lo hacen por siglos.
En 1868 la muerte habia arrebatado a Isabel II sus mejo res defensores y colaboradores. La nación, cada vez más agitada, preparaba su destronamiento. La joven de 1845 era ya una mu-jer gruesa, de ojos y párpados enrojecidos que expresaban más el cansancio que el contento del vivir.
Aquel para ella trágico 30 de septiembre estaba también en San Sebastián. Aqui se enteró de su derrota y de que el pais ya no la quería. De los donostiarras oyó el último murmullo de respeto. En las escaleras del Hotel Inglés hoy de Inglaterra-, donde se hospedaba, lloró sus postreras lágrimas de reina y la besaron por última vez sus manos. El exilio la es-peraba. Por la Avenida fue a la Estación y desde aquí a Francia, en tren.
¿Sabéis qué es exilio? Pues como si a vosotros os echaran de vuestras casas y tuvierais que es-tar siempre, día y noche, fuera de ellas, con frio, con sol, con nieve, con hambre.
Veinte años son mu-chos para la vida de un hombre o de una mujer.
Pero para San Sebas-tián como veinte meses. Vedla en ese grabado des-de San Bartolomé en 1864: el tren y el puente de Santa Catalina a la derecha, la nueva carre-tera por el Antiguo a Irún y la antigua-de 1776 que de Hernani bajaba a San Sebastián. La amplisima marisma. La plaza de toros. Case-rios y huertas. El barrio de San Martin...
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