Quiero de intento terminar hablándoos sobre el Castillo. Con-taros la historia de su adquisición por el Municipio al ramo de Guerra y cerrar el libro con una referencia concreta.
Me diréis:
-Usted parece muy entusiasta del Castillo. Nos ha hablado mucho de él y ahora se quiere despedir de nosotros contándonos más cosas suyas.
Es cierto. Me gusta el Castillo porque le considero la única reliquia de nuestro pasado. Más: el origen del primitivo San Se-bastián, como os expliqué. Derruidas las murallas, ¿qué otra co-sa nos queda para demostrar a propios y extraños que no somos de ayer? Por eso le miro con complacencia y aplaudo con toda el alma a los que han restituido su valor histórico,
Del 26 de julio de 1899 datan las primeras gestiones para com-prarlo. No titubeó el Ayuntamiento en adquirir aquellas belle-zas naturales y aquel lugar de recreo y atracción. Y sobre todo, de defender su arquitectura mediante los necesarios trabajos de restauración.
¿Qué había pasado para que el Ayuntamiento apremiara al ramo de Guerra en 1919? ¿Qué había llegado a sus oidos?
Pues lo mismo que había ocurrido con la playa de Ondarre-ta. Que varios particulares querian comprarlo, sin duda con la intención de edificar en su perímetro. Y que había donostia-rras que le negaban valor artístico e histórico que mereciera conservarse. Unos y otros deseaban verle iluminado y utili-zado, ya que su oscuridad chocaba demasiado con la luz y la animación del Casino, la Alameda y las calles de la población.
No faltaron los que, conocida la noticia, dijeron que acaso su adquisición y conservación serían costosos. Y que había obras y atenciones más importantes.
No podemos negar buena voluntad y prudencia a los que a asi pensaban. Pero la verdad es que la Ciudad entera miró con entusiasmo y cariño las gestiones iniciadas para recuperarle.
El 17 de marzo de 1921 el alcalde, don Pedro Zaragüeta, hace la petición oficial al Ministerio de la Guerra: la cesión al Ayuntamiento del monte Urgull en su totalidad, con todas sus edi-ficaciones y y servicios incluido el convento de San Telmo-mediante el precio único y máximo de un millón quinientas mil pesetas.
Ocurrió entonces un episodio emotivo. Se enteraron los in-gleses de las gestiones de compra y temerosos del destino que po-drian tener sus soldados alli enterrados, expusieron al Ayun-tamiento su preocupación.
La contestación fue pronta y noble: estén tranquilos, les cui-daremos con las mayores consideración y respeto. Cosa que, por cierto, cumplió, inaugurando solemner solemnemente la reforma y embe llecimiento del cementerio el 28 de septiembre de 1924.
Las gestiones no ofrecieron dificultades. El 1 de agosto ra-tificó el Ayuntamiento, unánimemente, la preparación de la escritura de compra. Las Cajas de Ahorro Municipal y Pro-vincial y los Bancos de Urquijo, Guipuzcoano y San Sebastián concedieron un préstamo, cada uno, de 200.000 pesetas para la compra del monte.
Los donostiarras que siguieron la marcha del asunto con el interés que el caso merecia, consideraban la compra un bene-ficio. ¿Por qué? La pérdida constante de lugares de expansión les preocupaba. Continuas concesiones fueron privando a la Ciudad de sus playas y paseos. Asi había ocurrido con los de la Zurriola y Atocha, con la playa de Gros, parte de la Concha y la del Antiguo. De esta forma iban pasando a manos de los par-ticulares los lugares más hermosos de la Capital, con daño para su uso público.
Y ahora estaba amenazado también el Castillo.
Pero esta vez la cosa no pasó de amenaza. Gracias al apo-yo y buena acogida con que la petición municipal fue recibida en todas partes -la reina María Cristina tuvo gran interés en que este beneficio se nos concediera el Castillo era del Muni-cipio el 24 de agosto de 1921.
Vinieron enseguida los trabajos de arreglo y demolición (murió entonces en el antiguo cuartel, y a causa de una explo-sión, un capitán de ingenieros). Hubo que expulsar a algunos particulares que le utilizaban para huertas y cocheras. Tras al-gunas incidencias fue entregado también el cuartel de San Telmo.
El 5 de abril de 1922 se solicitó que se autorizara pasar libre-mente por el monte para celebrar en él el Via Crucis del Vier-nes Santo.
Desde entonces se procuró usarle sin estropearle. Se replan-taron en sus laderas pinos, olmos, arces, plátanos y fresnos. Se instalaron miradores. Se abrieron hoyos. Se arreglaron sus ca minos y crearon otros, reformándose el llamado «Paseo de los Curas. A muchos rincones alegró el murmullo de las fuentes. Y desde la batería de las Damas los artilleros continuaron dis-parando las salvas reglamentarias en las jornadas regias.
Pero como ocurre a veces, el entusiasmo inicial se enfrió. Parecía bastante haber evitado que en las laderas del Castillo hubiera casas. Y la hiedra, con los meses y los años, recubrió sus muros, vestigio de nuestro pasado.
Vinieron años de olvido. No había subvenciones económicas con que atenderle. Su belleza era la que Dios le había dado: sus vistas al mar y sus paseos al atardecer, cuando entre sus árboles cantaban los jilgueros.
Más tarde se ejecutaron en él unas obras que no han bene-ficlado su único y auténtico carácter y fisonomía histórico-mi-litar.
Hasta que en un año centenario -1963, primer siglo del derribo de las murallas y ciento cincuenta aniversario de su in-cendio San Sebastián miró arriba, a su antigua fortaleza, y sintió el deber de restaurarla.
El alcalde de la Ciudad, don Nicolás Lasarte, hizo suyo este noble propósito. Y secundado por colaboradores competentes y entusiastas llevó a cabo el proyecto,
Desapareció la hiedra. Brilló de nuevo entre el verdor el oro de la piedra. Asomó entre los árboles el ceño de las baterías. Se volvió a armar de cañones y bombardas. Los árboles secos y enfermos fueron sustituidos por otros jóvenes y sanos. Fue res-tituido a su lugar el Cristo de la Mota. Dos museos enriquecen desde entonces su valor histórico...
De noche el monte Urgull parece una ascua de luz y de be-lleza,
Esa es la historia del Castillo desde que el Ayuntamiento Inició su adquisición, pasando por la fecha del 22 de septiembre de 1928 -escritura de entrega y toma de posesión hasta el día de hoy. Brillante resultado del actuar de una conciencia ciudadana y del aguijón del aniversario de unos sucesos tras-cendentales.
Atardecer del 31 de agosto de 1963.
Va a descubrirse una lápida en el patio de armas del Casti-llo. Lo ocupan el público y tropas francesas, inglesas, portugue sas y españolas, de los mismos países que intervinieron en la guerra de la Independencia. (Veis de la lápida una fotogra-fia bellisima: su lectura por una niña y un niño como vosotros, en la feliz edad del flequilio, las coletas y las mil preguntas).
Hecho el silencio, la cortina, que ha corrido despacio, ha de-jado al descubierto el mármol y suenan los himnos de los cua-tro paises. Las autoridades, los embajadores y los asistentes, les escuchan respetuosos ¡Cómo no recordar entonces la historia toda de San Sebastián, sus sufrimientos, sus alegrías y sus secu-lares trabajos!
De eso habla precisamente te la inscripción. De la paz que une ahora a esas naciones. De los soldados que vimos luchar con bravura y por nobles ideales al pie de aquellos muros. Del ho-menaje de admiración y respeto que se tributa en ese momento a la Ciudad paciente, renacida de sus cenizas y que al fin supo y pudo triunfar.
A los atletas que antiguanente vencian en los juegos se les coronaba con guirnaldas tejidas de ramas.
La lápida de mármol clavada en el patio de armas de la for-taleza es también corona de laurel en la frente y en las sienes de la Ciudad heroica cuya historia ahora ya conocemos.
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