viernes, 12 de diciembre de 2025

6-AL OTRO LADO DEL PUENTE


Será paseo muy bonito que nos lleguemos al puente de San-ta Catalina (que se encontraba casi en el mismo sitio que el de ahora) y nos sentemos en su otro extremo, al otro lado de la ría.

Ya estamos alli en este mediodía cálido de 1836. No ha sido larga la caminata. ¿Qué es lo que vemos?

Lo primero, el puente, estrecho y largo, de madera, muy a ras del agua. Bien se ve que es provisional. Se apoya sobre bar-cazas, y en los extremos sobre pilones. Tuvo en un tiempo un mecanismo que le permitia elevarse en su centro para dejar paso a los navíos que seguían el curso del río.

Es el único que tiene la Ciudad. Los otros dos están, tam-bién sobre el Urumea, en Loyola y Astigarraga.

Fue construido apresuradamente por orden del Teniente ge-neral De Lacy Evans. A su izquierda se distingue el de madera en construcción, que le sustituiría hasta la segunda guerra car-lista, sustituido a su vez por otro de piedra, que, ensanchado en 1926, es el actual. (Todavía hoy se ve en bajamar la cimentación de una de sus pilastras de madera, a mano derecha cruzando ha-cla Gros, cerca del segundo arco).

Vemos que le cruzan muchos militares a caballo y a pie. Y lo primero que pensamos es la profusión grande de soldados que se ve por todas partes.

Ahí tenéis al mismo De Lacy Evans sobre su caballo blanco, al lado su ayudante, un poco más atrás el lancero de ordenanza. Va a galope. Se dirige quizá a alguna conferencia, acaso a pasar revista a un batallón, quién lo sabe...

Se mueven en este momento, hacia esta parte y cerca de nosotros, varios carros de ruedas enormes tirados por bueyes. Serán de algunos de los caseríos que en número superior a mil habia en los contornos de San Sebastián.

Vemos que por el puente cruzan dos señoras y un niño. Y que el niño señala insistentemente algo que le gusta, a su izquierda... Ya, es un bajel que, que, majestuosamente, va a desaparecer por de-trás de Urgull, hacia el puerto. ¿Qué mercancía traerá, y de dónde?

A mano izquierda habla un grupo de aldeanos. Una mu-jer sostiene con garbo sobre la cabeza una cesta, cargada posi-blemente de verduras y legumbres, o peras, manzanas, habas o espárragos. Va descalza, como acostumbran, y no les duelen los peñascos, riscos y breñas que tienen que pisar hasta llegar, desde sus caserios, a la Ciudad, a través de zigzagueantes y pe-dregosos caminos.

Sin duda que alguna de ese grupo llevará acopio de flores, rosas o claveles, que venderá en ramilletes sentada en los ban-cos, delante de sus cestas, en la Plaza Nueva.

¿Qué hacen y quiénes son los dos hombres sentados frente a un montón de barriles? Probablemente serán arrieros, o vi-nateros de Navarra que aqui traficaban mucho, a la espera de algún carro más grande para efectuar la carga.

A la derecha, un soldado sentado sobre la arena y algunas rocas, vestido con guerrera roja, pantalón azul y teresiana ne-gra y su morrión a la espalda, habla con un amigo, o un sacer-dote. ¿De qué hablarán?

Un poco más alejadas, seis lavanderas. Cómo enjabonan y estrujan las telas en la orilla espumosa. Una, en una cesta sobre la cabeza y un brazo en jarras, lleva la suya. Casi todas las ca-seras lavaban ropa de la Villa, y una vez seca la devolvían. Ge-neralmente lo hacían en la tarde del sábado, y era entonces de ver cómo cruzaban el puente con la ropa fragante y blanca sobre la cabeza mientras brazos y manos iban desocupados y colgantes.

Al conjunto de las murallas no les falta tampoco hermosura.

Ahi está, sobre el grupo de lavanderas, el Cubo de Améz queta. A su izquierda, más gordo, el de los Hornos. Más a la izquierda todavía, cuadrado y fuerte, el Baluarte de Santiago. Y en la extrema derecha, la Batería de San Telmo.

El baluarte, los dos cubos y el lienzo de la muralla formaban la llamada Cortina Este del frente de mar. Era la parte más débil de toda la fortificación donostiarra, bien lo sabemos.

En el extremo derecho, sobre la muralla, sobresalen las ca-sas que forman la calle de Zurriola, los cuarteles y algunas to-rres. Y en lo alto, ondeando la bandera, el remate del Castillo.

Grabemos bien en los ojos el conjunto imponente y firme de estas defensas. Han sido durante varios siglos el escenario de la existencia de San Sebastián. No falta mucho para que la piqueta las destruya.

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