No terminemos con una impresión fría de San Sebastián, aunque sea grandiosa y triunfal, conocidos ya los pasos dados en su desarrollo.
Sobre todo también cuando se acerca, con los primeros años del nuevo siglo, otra invasión pacífica, sin cañón ni fuego, pe-ro invasión al fin, de personas corteses, de exquisita educación y gustos refinados y que hablaban muchos idiomas.
Será tan importante su entrada en escena que la Ciudad se encontrará metida de lleno en un nuevo género de vida, como una piedra lanzada a un estanque.
Conozcamos de nuevo un poco de su vida. Humanicemos San Sebastián.
Seguía caracterizando a los donostiarras su afición a las ex cursiones campestres. Sentian pasión por el campo. No había fiesta que no se fueran a él.
Casi todos los caseríos vendian sidra, llamada «mama». La manzana era uno de los principales frutos de la vega.
Los caseros la elaboraban con procedimientos rudimentarios de trituración o prensado de pulpa a golpes de mazas de mano.
Llenaban las cubas con aquel liquido que luego fermentaba a veces tumultuosamente. Pasado este hervor la sidra se con-sideraba hecha. Como señal, una ramita de fresno quedaba cla-vada en el portalón del caserío.
Desde ese momento, el desfile de bebedores era continuo. Al blanco caserío llegaban los donostiarras con merluzas y carne. En la cocina preparaban el fuego, la cazuela, el pan y los cubier-tos. Se espesaba la salsa, salía por las ventanas el tufillo apetitoso del guiso y a su olor se reunían los comensales en la mesa, de bajo de la parra, sentados sobre un banco alargado, brillante por el uso.
Bajo la sombra, refrescados por el viento del mar, comían, bebian, hablaban, reian. El estampido alegre de la la sidra clara, que pica en los ojos y en la nariz, parecía un cohete de jugue-te que festejaba la intima alegria de una mesa
Cala la tarde. A su media luz se improvisaba la merienda.
Y sonaban los primeros acordes de un coro. ¿No se ha dicho: «un vasco, un soso; dos, una cazuela; tres, un orfeóns?
Entre cânticos se hacía de noche. Ya no habia prisas por vol-ver, no se cerraba la Pueria de Tierra y daba el «jaltol» el cen-tinela. Pero los amigos despiden al casero y a la casera, que ya recoge mesa y platos, El perrillo, moviendo la cola, sigue al gru-po bastante camino y en la oscuridad se vuelve al abrigo de la lumbre...
Seguía siendo muy popular también la feria de Santo To más. Había las mismas discusiones para ocupar los puestos. Co-locaban, como señal de dominio y de columna a columna, ban-cos, mesas y cuerdas. Pero ahí estaban los diablos de los chicos, que los hacían rodar a propósito, ¡Pobres guardianes «Pello Eshpain», «Ishquiña» y «Estebans!
Las cuatro entradas de la Piaza estaban ocupadas por la Go-rra», «la Vaschos y otras vendedoras de chorizo: ¡txorisua eta ogiyals. En los puestos no faltaban los que ofrecían juguetes, mantas de Palencia, hachas y palas de Mondragón, escopetas de Placencia, collarones con cencerros y arreos para los bueyes, y turrones de Alicante. Y los tingladillos con bizcochos, golosinas, lampernas y caldo con pan tostado... Y aquel ciego que vendia y cantaba romances y novenas debajo de cualquier arcada. ¡Qué parecido ambiente al que conocimos hace muchos años en la Plaza Nueva!
Los niños continuaban jugando a las canicas, al lesa bastos y apulletan, a la perracha, a la solomosuetan que calentaba la espalda en los días de invierno y a la chirriya. Y seguían ti rándose al agua en el Muelle detrás de las perras que sacaban a la superficie llevándolas en la boca.
Los Miqueletes, con su boina roja, el poncho azul marino y los pantalones rojos, cumplían todas las funciones: cobraban los impuestos provinciales, eran agentes de la Caja de Ahorros Provincial, encargados del servicio de correos (verederos) y agentes de seguridad. Como buenos servidores estaban en todas partes. En la segunda guerra civil se destacaron como tropa de choque liberal, contra los carlistas. Y ahora, en la paz, tenían la exclusiva de la guardia real, en el palacio de Ayete y luego en el de Miramar.
Cuentan que dos vizcainos llegaron a San Sebastián. Fueron a una peluquería, porque lo necesitaban. Y se asombraron de encontrar en ella Miqueletes: como buen producto guipuzcoa-no servían para todo.
No faltaban tampoco los personajes célebres. Conozcamos al-gunos.
A «Marcial Zikii» que, como dice su apodo, era dejado, el más abandonado de la Ciudad. Por no molestarse, ni tan siquiera se metia la chaqueta, que llevaba siempre al hombro. Fue versolari. intencionado, asiduo asistente a los entierros cuando a los que llevaban velas encendidas se les pagaba... Vivió sus últimos años en una sidrería de la calle Juan de Bilbao, tumbado sobre un banco entre gatos y ratones.
A «Pello Eshpaiñs, torero, soldado de los Tercios Vasconga dos en Marruecos, pelotari, fabricante de ochavos que hacía a golpe de martillo, amortajador de cadáveres, repartidor de ban-derillas en la plaza de toros. ¡Todo un muestrario de actividades!
A «Josepe», famoso por sus ocurrencias, que hablaba solo y se confundía de puertas en las tabernas. Al fin fue propietario de un comercio de carbón.
A «Brocolos, empleado de ferrocarriles, pintor de brocha gor-da, carnicero, músico, pescador y militar. Además limpió durante años las locomotoras en la Estación. De niño, un carnicero, al ahuyentar del establecimiento a los chicos cuando mataba cer-dos, le vació un ojo con el cuchillo. Un día tenía que pintar las escaleras de bajada de la playa, y terminó el trabajo de una de ellas a los tres meses de haberlo empezado. Y empleó, sólo, quintal y medio de pintura. Pero nadie dirigía como él la «soka-muturras. Y no le faltó heroicidad al arrojarse al mar desde la Zurriola para rescatar a una suicida.
En esto de arrojarse al agua fue muy célebre Simón Zubi-ría, encargado de llevar la bandera en las procesiones de Sema-na Santa, lo que hacía con mucha seriedad. Zubiria tenía ganadas varias medallas por recoger niños caidos en la dársena..., aun-que malas lenguas decían que primero los tiraba.
Y a «Caracas, artista constructor de buques en miniatura para adorno de iglesias y rincones. Siempre tenía gente a su al-rededor oyéndole hablar en medio inglés, con la pipa siempre en los labios y la gorra de paño. Era flaco y huesudo. No se mo-jaba la cara más que con el agua de lluvia. Tenía las manos cu-biertas con brea y aceite. Fingiéndose náufrago británico vivió en Tolosa, de caridad. Huyó y se refugió en San Sebastián de la suave ira tolosana. Murió de una indigestión de sardinas viejas.
Pero a todos sobrepasó en grandeza un guipuzcoano, donos-tiarra de vecindad, zumayano de nacimiento.
Se llamaba José María Zubia, para todos «Mari». En el Mue-Ile está su busto, su hornacina, una leyenda y un bajo relieve.
«Mari» salvaba naufragos en alta mar. No había tempestad marinera que le atemorizara. En su bote de remos, con otros compañeros, se perdía en la bocana del puerto de cara al mar bravio y al huracán.
La gente del puerto y de la Ciudad le esperaba ansiosa.
Y volvía «Mari» con la pobre victima empapada y aterida de frio y de miedo, arrebatada a la muerte. Y siguló volviendo triunfante y modesto una y varias veces.
Hasta que en enero de 1866 una embarcación a la deriva pa-recía estrellarse contra las rocas del Castillo. Le avisaron:
-Mari..., 20zobran!
Como siempre, «Maris se hizo a la mar. No regresó. Le ven-cieron las olas y se lo llevó la espuma.
Dice en vaseuence su lápida del Puerto: «Urikalduak salba-tu nayaz eman zenduben biziya Ta gaur daukasu, goitalcha-tuaz obiz Itsaso aundiya. ¡Lo egin zazu baga soñuaz... o gizon maitagarriya! Onraturikan zure gloriyaz Donosti ta Kan-tauriya».
Que traducido libremente quiere decir: «Mari! Tratando de salvar unos náufragos diste la vida Y hoy tienes como tum-ba exaltadora el gran mar. Duerme arrullado por su caden-cia!... toh hombre querido! Alabando tu memoria San Se bastián y Cantabrias.
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