viernes, 12 de diciembre de 2025

27. LA REINA MARIA CRISTINA


Seriamos ingratos y la ingratitud jamás se olvida- si cuando escribimos o hablamos sobre esta época no recordamos a una señora y a una reina que hizo mucho por San Sebastián: Doña María Cristina de Habsburgo-Lorena (1858-1929), segun-da esposa de Alfonso XII.

Su vida fue triste. Viuda a los seis años de casar, extran-jera en nuestro país, su vida familiar estuvo atormentada por espinas continuas.

Veraneó en San Sebastián por primera vez en 1887. Los pri-meros años en Ayete. Luego, y a partir de 1893, en su Palacio de Miramar, de hermoso parque, construido en el mismo lugar donde estuvo la iglesia de San Sebastián, sobre una colina que domina la carretera.

Fue veraneante asidua. Buscaba entre nosotros el descanso, el trato sencillo, la alegría del carácter donostiarra, alegría ca-llada. Y el olvido de las preocupaciones de su alto cargo, que tanto la afligia.

Con sus ejemplares virtudes la llamaban asi: «Doña Vir-tudes, con la mayor Justeza y propiedad, entre las que so-bresalian el cumplimiento del deber, que era para ella gobernar, y la guarda de sus personales sentimientos, la reina conquistó el cariño y el corazón de los donostiarras. Ante su rectitud ca-llaron sus enemigos políticos.

Desde que decidió fijar aquí su residencia de verano, su dig-na presencia acabó siendo familiar en los dos meses aproxima-dos de permanencia.

Quiso entrañablemente a San Sebastián. Gustó de pasear por sus calles, de comprar en sus tiendas, de asistir a sus so-lemnidades de manera especial a la Salve de Santa María el 14 de agosto, Acogió con interés todo lo que a nuestra Ciu-dad se refería.

Y eran tiempos dificiles, en los que el camino escogido, de tan revolucionario, dejaba atrás dudas y vacilaciones.

Porque las ciudades son como punto de convergencia de in-tereses distintos económicos, sociales y laborales. De inte-reses culturales. Presentes y futuros. De ideologías y de aspi-raciones.

Por ello son también punto de convergencia como el pa-rarrayos y el rayo de generosidades y de egoismos, de miras estrechas y amplias.

Siempre es conveniente rechazar lo particular como hostil a lo general y colectivo. Rechazar lo egoísta y lo que no tiene horizonte.

La reina María Cristina tuvo conocimiento de los proble-mas que en San Sebastián se planteaban, entonces como ahora. Los hizo suyos. Y no dudó jamás en proteger a la Ciudad que durante dos meses al año la recibía como suya.

Por el apoyo decidido que la prestó posee el título de Al-caldesa honoraria perpetua. Por eso también su monumento de bronce, negro por los años, de la playa de Ondarreta. Y el de la Plaza del Centenario, blanco como su alma. Por eso tam-bién uno de los puentes lleva su nombre.

El dia de su muerte 6 de febrero de 1929- fue también. día de tristeza en San Sebastián, que ha sabido desde enton-ces conservar fresca la memoria de la reina.

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