viernes, 12 de diciembre de 2025

1.-PRIMERAS DIFICULTADES


La cuestión más urgente era reconstruir la Ciudad.

Sólo cuarenta casas se conservaban en pie. Fue necesario utilizar la artillería para derribar los muros abrasados. Hubo sitios en los que el fuego duró más de un año!

Una epidemia vino a agravar la situación ya difícil, porque los servicios sanitarios no existían prácticamente.

Para iniciar los trabajos se creó la llamada Junta de Obras de la Ciudad, independiente del Ayuntamiento y con faculta-des amplísimas en lo referente a la reedificación.

Uno de los primeros acuerdos de la Junta fue encargar a don Pedro Manuel de Ugartemendía que levantara un plano exacto de San Sebastián y un estudio de su reconstrucción.

Con Ugartemendía, arquitecto de ideas modernas e intransi-gentes, la Ciudad está en deuda. Por lo mucho que hizo por ella. Acaso toque a vosotros inmortalizar su nombre de alguna ma-nera y saldar la cuenta.

Los primeros problemas iban a surgir por la discrepancia entre el Ayuntamiento y la Junta. No se entendieron uno y otra, recelaban mutuamente y se miraban con hostilidad. Como perros y gatos. De no haber existido esa desconfianza -produ cida por cuestiones económicas y ambos Organismos hubie-ran aunado sus esfuerzos, mucho se hubiera allanado.

Un segundo problema iba a plantearse enseguida. El de la Junta de Obras con los propietarios, apoyados por el Alcalde, que sólo deseaba beneficiarles y hostigar a la Junta.

Los propietarios pretendían a toda costa que sus casas se re-construyeran sobre los mismos solares que ocupaban antes del incendio. No querian ver mermados sus patrimonios en bene-ficio de todos.

En esto no tuvieron visión del futuro y desperdiciaron, por motivos egoístas, reconstruir modernamente la Ciudad.

Desconfiaban los particulares sobre todo los propietarios-de los arquitectos porque creían que su única intención era aprovechar la situación para hacer una fortuna con proyectos Innecesarios.

Por su parte, los directores de las obras y autores de los pla-nos-particularmente Ugartemendia acusaban a los propie tarios de que defendían sólo sus intereses sin preocuparse del bien general.

Resulta espectáculo lastimoso aquel discutir cuando San Sebastián necesitaba la fusión de todos los suyos, como se une y se mezcla el vino con el agua.

No podemos pasar por alto esta realidad, por triste que sea. Parece ser la otra cara de la moneda de las Juntas de Zubieta, todo heroismo, fortaleza y unión.

Zubieta, sin esta continuación llena de debilidades, seria obra de ángeles. Y no lo fueron los donostiarras de 1814 a pesar de sus hazañas y heroismos, como tampoco lo somos los hom-bres de ahora, ní lo seréis vosotros.

De Zubieta debe aprenderse la nobleza de espiritu. De los primeros meses de la reconstrucción, de las flaquezas de sus protagonistas, lo que muchos de ellos no tuvieron: una concien cla recia para triturar, como una cáscara de nuez con el zapato, los brotes de un exagerado cuidado por lo propio en perjuicio de lo común.

Fueron siete los primeros planos presentados. De ellos, sólo se conserva uno que, de haber sido ejecutado, sería todavia ejemplo por su novedad y belleza. Ahí lo vemos reproducido. No se le puede negar hermosura.


Convertia el proyecto a San Sebastián en una población de trazado rectangular, de gran visibilidad de cruces, con plaza única y central de ocho lados, a la que llegaban las calles en lineas de estrella.
Las críticas contra este plan fueron enormes, dirigidas so-bre todo contra Ugartemendía, que sufrió un calvario,
Se juzgó su proyecto innecesario, porque no hacía falta tal variación en el trazado de las calles y la construcción de una ciudad en la que nada recordaria a la anterior. Peligroso, por las muchas discusiones, pleitos y enredos que ocasionaría su ejecu ción con los propietarios. Demasiado caro para una población sin recursos. Y poco tradicional, pues iba a convertir a San Se-bastián en una población de aspecto extranjero.
Un nuevo trazado de reconstrucción conocido como de Go-gorza defendía la idea de rehacer San Sebastián con muy li-geras modificaciones sobre el incendiado. Argumentaban así: «en la actualidad todos encuentran la felicidad en construir ate-niéndose a las antiguas dimensiones en la mayor parte de las calles, pues aquella ciudad si bien es verdad no pudo granjear-
se la nombradía de hermosa, tampoco era desaliñada y fea y cuando menos se llamaba justamente la bonita y pulidas.
Se conservan interesantes oficios y cartas cruzados en aque-llos años entre los arquitectos -Ugartemendía y Alejo de Mi-randa, Gogorza y Goicoa, como alcalde y teniente de alcalde, los propietarios y el Gobierno.
Parece que los dos primeros estuvieron a la altura de lo que el momento exigía. Afirmaban, con razón, que las ciudades se hacen de una vez para miles de años y si se yerra en la ejecu ción no tiene remedio, y que el perjuicio que resulte será ilimi-tado y lo sufrirán no sólo los presentes sino los venideros».
Para que el asunto se complicara más faltaba otra fricción, la de Ugartemendia con la autoridad militar.
Porque ésta se oponia enérgicamente a que la reconstrucción afectase a las fortificaciones, imponiendo para ello obligacio-nes tan insufribles como, por ejemplo, que las casas tuvieran al-gibes capaces de tener agua bastante para la población y la guar-nición, y estar hechas con el mayor número posible de bóvedas a prueba de bomba.
Nada menos que una Junta de generales, presidida por el Infante Don Carlos, hermano del Rey Fernando VII y futuro pretendiente, había intervenido de manera tan violenta en nues tra reconstrucción.
Todo eran obstáculos que agravaban la situación delicada, Ilena de necesidades y falta de recursos económicos.
Porque también marchó lento el expediente para conseguir dinero con que pagar los gastos de las obras. En 1818 quedó con-eluido con la anhelada concesión de arbitrios sobre los barcos extranjeros y nacionales que entraban en el puerto y sobre al-gunas de sus mercancias, como el azúcar, cacao, canela, cajas de regaliz, aguardiente, barricas de grasa, sidra, clavillo, baca-lao y pimienta.
Dos años -1814 y 1815 pasaron en estas discusiones que llegaban a distintos Ministerios llamados entonces Secreta-rías y hasta la misma mesa de Fernando VII. Rencillas que desconcertaban más por estar producidas entre los mismos do-nostiarras, que sólo al final, escogido el camino, olvidaron dife-rencias y volvieron a la unidad.

Será al fin en enero de 1816 cuando, aprobado el proyecto de Gogorza y encargada su ejecución a Ugartemendía y Alejo de Miranda, la reconstrucción se inicie y se desarrolle por me-dio de expedientes monótonos pero eficientes. Y que también se pueden conocer, juntamente con los planos que, como otra pelicula muda, ponen ante los ojos el desarrollo exacto de la reedificación.
En unas calles niveladas, igualadas y adoquinadas se iban abriendo las zanjas de los cimientos, iban y venían arquitectos, maestros de obras, ayudantes, contratistas y obreros, se alza-ban andamios y armaduras y no tardaron en aparecer, erguidas y firmes, las primeras casas de la Ciudad rehecha.
Una nueva vida latía dentro de aquellos muros, muy débil-mente. Tan imperceptible como el corazón de esos pajarillos que caen del nido en la primavera y que vosotros protegéis cariño-samente entre las palmas de la mano.



No hay comentarios:

Publicar un comentario