En ese dibujo de la vista de la Ciudad desde el Castillo en 1856 vemos el fruto del primer esfuerzo de la reconstrucción, del que ya hemos hablado en el número 2 de esta parte.
Es de admirar en esa Ciudad amurallada la supresión de ra-santes, la rectitud y orden de todas sus alineaciones y lo ancho de sus calles. Ahí están las torres de Santa María, los arcos de la Plaza Nueva, el Ayuntamiento. Nada queda del sitio de 1813, nada de sus ruinas. El primer milagro se había producido y de manera brillante.
Pero el impetu de los donostiarras no se detendrá. También a ellos se les iban los ojos a esos horizontes de arenas. Los ba-ños de una reina fueron la sacudida eléctrica capaz de curar o de matar.
Entramos ya en los años cruciales de nuestra historia. Los acontecimientos se sucederán rapidísimos, como va y viene de una paleta a otra la pelota de ping-pong, o como chocan las bolas de billar en las carambolas. Nosotros, que escribimos a su dictado, también tenemos que correr.
La etapa de construcción del llamado ensanche Cortázar, que empezó en 1864, supuso luchar con dunas y mareas. Bata-Ila titánica la que sostuvieron los donostiarras contra el Uru-mea y contra el mar, y que puso a prueba su desafío a todo lo que les rodeaba. No era poco construir una ciudad sobre are-nales.
Fue grande el esfuerzo para convertir las marismas, rellena-das de piedra, tierra e incluso arena, en cimientos donde asen-tar casas y en calles para ser pisadas por carros, coches y tran-vias.
¿Qué espacio ocupa este ensanche? Prácticamente desde el Boulevard hasta la Plaza del Centenario. Es decir, lo que ha si-do San Sebastián hasta que comenzó el ensanche de Amara.
¿Por qué se llama Cortázar? Destruidas las murallas fue convocado un concurso de proyectos. Se presentaron doce tra-bajos, bajo lema y en plica. El premiado era de don Antonio Cor-tázar, alumno destacado de la Escuela de Arquitectura, quien tuvo, por consiguiente, intervención principalisima en San Se-bastián.
El proyecto tiene caracteres parecidos al de Barcelona, lo que puede comprobarse comparando los planos de las dos ciu-dades. El nuestro más pequeño, como obligaba el terreno. Pe-ro en uno y otro las mismas manzanas de ángulos rectos con patios centrales y un eje transversal muy bien pensado.
El plan, sin embargo, fue modificado y muy mejorado. Una de sus reformas el Boulevard causó resonante polémica.
En San Sebastián sucedió lo contrario de lo que ocurrió, por ejemplo, en Madrid, en donde los intereses particulares impi-dieron la ejecución de las plazas, jardines y otros elementos atractivos de su ensanche, perjudicando el conjunto.
En el ensanche Cortázar encontramos un ejemplo menos es-pectacular que el de Zubieta y el de la reconstrucción de la po blación incendiada en 1813, pero no por eso menos valioso. Por-que nuestros antepasados perfeccionaron el proyecto Cortázar buscando sobre todo la belleza de la Ciudad. Sacrificaron en-tonces los intereses particulares que vimos defender en 1814 y 1815.
Porque el plan Cortázar no tenia Boulevard, ni Alderdi-eder, ni Plazas de Guipúzcoa ni del Buen Pastor. Ni tampoco encauza-miento de ría ni edificios como el Hotel María Cristina y el Tea-tro Victoria Eugenia.
Imaginemos San Sebastián sin esos árboles de las márgenes del río, paseo que pueden envidiar tantas capitales. Sin los jar-dines de la Catedral y Alderdi-eder. Y sin la Plaza de Guipúzcoa, tan sorprendente entre las calles como el licor fresco y aromático dentro del bombón, antiguamente cerrada por verjas de hierro y sin jardin, con sus olmos, tejo, magnolios y el cerezo Japonés. Con sus tilos, el bellísimo estanque de cisnes y de ne-núfares, henchido de belleza, el monumento a Usandizaga, sal-picada toda ella de blancos recuerdos históricos de San Sebas-tián... Y en el invierno, en los dias navideños, con el nacimien-to de figuras de túnicas de colores y los coros de villancicos.
Todos esos aciertos fueron del pueblo donostiarra, que deseo lo mejor para San Sebastián, que ignoró lo que es hacer las cosas a medias y que únicamente ambicionó una Ciudad inca-paz de merecer otra cosa que elogios.
Hay algo más. El ensanche Cortázar será el escenario en que terminaremos esta historia, porque ya llegamos al día de hoy. Sus casas de piedra arenisca de las canteras de Igueldo, de tres o cuatro pisos uniformes, caracterizaron una época gloriosa de San Sebastián.
Urbanizar es convertir en ciudad o población una porción de terreno o prepararlo para ello. Urbanísticamente considerado, el ensanche Cortázar fue un modelo. No había arquitecto que no lo elogiase. Toda modificación atentaría, sin duda, al valor del conjunto y a su estética.
Pero este escenario se transforma
Lo prueban tantas vallas y derribos en calles céntricas como San Martin, Avenida y Hernani.
A las casas antiguas se las recubre con juncos o tablas, como un gigante al que vendan los ojos y tapan la boca. Unos ca-miones cargan cestos y cestos de escombros. Se suceden sema-nas de martilleo y voces. Al poco tiempo se quita el vendaje. Y una casa nueva queda al descubierto como por arte de magia.
Se trata de una construcción con ventanas generalmente de aluminio y fachada de mármol. Pero, jay!, cómo choca con las que están a su alrededor.
Sin duda que esas construcciones son técnicamente superio-res a las derribadas. Mejor distribuidas, más luminosas, con ser vicios más ventajosos. Pero qué extrañas a San Sebastián.
Y surgen más preguntas: zactuamos los donostiarras de hoy con el mismo espíritu que los de hace un siglo? ¿Buscamos, co-mo los que hicieron el ensanche Cortázar, lo mejor para San Sebastián? ¿Qué Ciudad dejaremos a nuestros sucesores? (las ciudades se hacen de una vez para miles de años y si se ye-rra ya no tiene remedio). ¿Qué dirán de nosotros los que dentro de cien o doscientos años vivan y nos juzguen? E incluso: ¿qué diréis vosotros de nosotros?
Creo que habréis de intervenir en la conservación o modifi-cación de esa parte céntrica que llamamos ensanche Cortázar. Tan histórica como las murallas, porque San Sebastián vivió sus mejores años con la decoración de las casas de vecindad que ahora derribamos.
De seguir así, San Sebastián dentro de treinta o cuarenta años podrá ser tan distinta como la que un día tuvo murallas y la que, después de derribarlas, se extendió por las marismas con el impetu que ya conocemos.
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