El proyecto Cortázar no tenía Alameda o Boulevard (actual-mente Calvo Sotelo). El terreno que hoy ocupa la Alameda es-taba destinado a solares, a edificaciones, como puede verse por los planos del proyecto y de su reforma. Un solar quedaba des-tinado para aduana, otro para teatro, otro para casas y el último para mercado.
A muchos donostiarras disgustó que aquel espacio, que tan bien podia servir para alameda o paseo arbolado, fuera desti-nado a construcciones.
Lo que nadie imaginaba era la forma en que el asunto se iba a resolver.
San Sebastián se dividió entonces en alamedistas y antiala-medistas. Con tanta furia como los blancos y azules de un gran partido de fútbol.
Los vecinos recogieron firmas a favor o en contra de la re-forma. Resultaron 206 partidarios de la Alameda y 306 opuestos.
Se llevó el asunto al mismo Ayuntamiento, en cuyas sesio-nes se votó dos veces, con empate. El alcalde tuvo un disgusto gordo porque votó a favor de la alameda, lo que supuso la di-misión automática de los concejales contrarios.
No contentos con esto los donostiarras, aparecieron escritos anónimos con agrios ataques de unos a otros. Se contestaban y replicaban mutuamente con un brío que no sé si llamar ejem-plar. Hubo desagravios y refutaciones, conciliaciones fracasa-das. No faltaron desaveniencias familiares y se anduvo cerca del desorden público.
Los antialamedistas agotaron todos los argumentos: lo caro del proyecto, que venía a sumar el millón de reales. Que la alameda resultaría excesivamente ancha y que los días de vien-to sería dificil e incómodo cruzarla. Y que además se pareceria a un ataúd, más ancho en la cabecera que en los pies.
Fueron también sinceros los antialamedistas, y hay que ala-barles por esta virtud: porque a todas estas razones añadieron otra, que como propietarios algunos de solares destinados a pa-seo, el Ayuntamiento les pagaría, como indemnización, mucho menos que lo que podrían alcanzar vendiendo sus propiedades para solares.
Pero el proyecto de la Alameda lo superó todo. Criticas, fo-lletos, dimisiones, burlas. Salió adelante. Y ahi tenemos la Ala-meda, centro de la vida donostiarra en los veraneos de principio de siglo.
Puede ser que la polvareda que levantó la cuestión del Bou-levard-un episodio más de la época- haga reir. Tanto escán dalo por un paseo! Pero esto no es todo: lo que aquel alboroto nos muestra es hasta qué punto los donostiarras sentían los grandes problemas y proyectos que su expansión iba planteando cada día.
Recordemos, pues, un poco a nuestros antepasados que por sus árboles y sus paseos sufrieron tantos disgustos y tantos ma los ratos.
E imaginemos, en gratitud a los alamedistas, minoría va-liente, lo horrendo de unas casas donde hoy es zona verde, quios-co con música y bancos donde sentarse a leer o descansar. ¡Bien valió tanta discusión y tanta firmeza!
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