sábado, 13 de diciembre de 2025

IV Poder adquisitivo del dinero en aquellos tiempos

 IV Poder adquisitivo del dinero en aquellos tiempos 

El bautizo se celebró por la tarde en la Parroquia, siendo bautizado en la misma pila que lo fue San Ignacio, honor que se nos concede a cuantos nacimos en la Muy Noble y Leal Villa de Azpeitia. Como costumbre del pueblo, el padrino repartió unas monedas echándolas a voleo a los muchachos del pueblo, que en estas ocasiones acompañaban a la comitiva, por cierto, que la satisfacción del padrino debió ser grande, cuando, contra costumbre, entre las monedas que dicen que esparció, había bastantes de plata, erriel txikis y bierrelekoak (monedas de real y de dos realitos de plata). Las monedas corrientes en aquella época, que yo conocí, eran desde el napoleón, moneda francesa de 19 reales de valor, que circulaba durante mi infancia, pasando por el duro, el medio duro, la de dos pesetas, la peseta, los dos realitos de plata, el realito de plata, la de diez céntimos de cobre, que en vasco llamábamos iru cuartocue (de tres cuartos), la de cinco céntimos (sei maicue), equivalente a seis marevedises, que también se llamaba perra chica y otra de diez céntimos, de cobre también, y un poco mayor, llamada perra gorda; se llamaban así, porque en el reverso llevaban grabado un león apoyado en un escudo de España y parecía un perro de lanas y el anverso iba grabado con la efigie del Rey o Reina que regía en la fecha en que se hizo la emisión; además de las de oro, que los niños las conocían de vista y nos las dejaban tenerlas en las manos, por la ilusión de manipular monedas de oro, éstos eran los centenes de cinco duros, el Luis francés de 20 francos y las onzas de oro o peluconas,porque los Reyes Carlos IV y Carlos III que figuraban con pelucas sugerían ese nombre. También conocimos los ochavos morunos, que eran unas piezas de cobre mal confeccionadas, procedentes de la indemnización que se impuso a los marroquíes que fueron vencidos en Ceuta, Tetuán y Wadras en la guerra del año 1860, indemnización que la pagaron en una moneda que sólo circulaba en Marruecos.

Y dirán Vds. ¿qué se podía comprar con esas monedas de ochavo, céntimo y dos céntimos? Pues los niños, comprábamos tres caramelos por un céntimo, una pluma de acero para escribir, costaba dos céntimos, el mango para encajarla, tres céntimos, total cinco céntimos. Algo comprarían también los mendicantes que al ser socorridos, cuando pedían un centimito para pan y recibir una moneda de dos cénti mos, devolvían un céntimo, que el o la donante, aceptaba sin dudar. Por cinco céntimos se corría un trayecto de tranvía, del boulevar a la Concha, frente a la actual Perla; hasta Venta-Berri, otros cinco, total Alameda Venta-Berri, 10 céntimos. Y por el otro lado, cinco céntimos Alameda calle de Misericordia, 10; a Ategorrieta (cocheras), 15; Herrera, 20; Pasajes, 25; Capuchinos, 30 y Rentería 35. Las amas de casa, compraban panecillos que hoy se venden a más de una peseta, por una perra chica, y compraban a las caseras que bajaban al mercado, escobas de hierba de batán, llamadas de menta, por tres céntimos, que una vez ensartadas en un palo, servían para quitar el polvo, perfumar la casa y... matar las pulgas que anidaban debajo de las camas. ¡Todo por tres céntimos! ¡Igualito que hoy!

Mucho han cambiado las cosas del siglo pasado a éste, pero una de las más visibles y asombrosas es la cuestión monetaria. Aunque a muchos les parezca mucho tiempo, para mí es relativamente reciente lo sucedido en el ejercicio de mi carrera. Siendo médico de Azpeitia, el año 1902, había un caserío lejano, dos horas a caballo, que visitaba en lo alto de Pagocheta, límite con Zumárraga. Me pagaban 2 pesetas por visita, pero la asistencia a un parto, que llevaba anejas dos visitas más, me pagaban cinco pesetas, con lo que el parto me costaba a mí una peseta y todavía las bromas de los amigos que al ver a las caseras que bajaban los martes a la feria estando en vísperas de recibir la cigüeña, se dirigían a mí felicitándome como por una quiniela de 14 aciertos, diciéndome: «Vaya durito que te espera». Y no vayamos tan lejos; mi compañero Paco Tames y yo, que inauguramos la primera Casa de Socorro en San Sebastián, hacíamos guardia de 24 horas ininterrumpidas y teníamos de auxiliares cuatro practicantes y por consiguiente, la mitad de horas de servicio que sus jefes. Sin embargo, ellos percibían más que nosotros de honorarios municipales, o sea, tres pesetas diarias y los médicos 1.000 pesetas al año, 95 pesetas más.  


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