IX El Cuerpo de Bomberos de San Sebastián
Uno de los espectáculos más vistosos y atrayentes, tanto para niños y muchos mayores, lo ha constituido, el presenciar un desfile militar, pero supera a esta atracción, la actuación de los bomberos, que desfilan a toda carrera, en sus rápidos y urgentes desplazamientos, el trepidar de sus vehículos, y el de sus equipos de extinción y salvamento, al que se añade el estrépito de las señales de alarma, campanas y sirenas, que obligan preceptivamente a interrumpir la circulación a peatones y vehículos, no obstante lo cual, muchos reemprenden la marcha en dirección de los bomberos, para presenciar el emocionante espectáculo de su intervención. A muchos lectores de este artículo les extrañará, que como útil que se empleaba en otros tiempos que hemos conocido, se utilizase para toque de alarma, por las autoridades nocturnas (serenos) la carraca y se preguntarán qué finalidad tenía el uso de este vulgar instrumento, pero deben saber, que hace más de medio siglo, que cuando se trataba de un incendio de noche, el primer aviso lo daban los serenos, utilizando las magníficas carracas, que con el farol y el chuzo, constituían el indispensable equipo de los serenos municipales. Si el siniestro tenía lugar de día, los celadores, como se llamaba entonces a los guardias municipales, por obligación, y el público en general, voluntariamente y por espíritu de ciudadanía, se apresuraban a avisar al propio domicilio, fácilmente localizados, mediante unas placas esmaltadas en color rojo, con la indicación bien visible de "Bombero n.° tal" que se fijaba en el umbral de la casa que habitaba. A estos avisos verbales y a los toques de alarma de las carracas,
acompañaban las campanas de las iglesias, a cuyo toque de rebato los
bomberos se apresuraban a comparecer en el parque, donde después
de equiparse del uniforme se hacían cargo del material destinado a todos y cada uno de ellos, mientras el retén de guardia se anticipaba a
salir al lugar del siniestro. Al objeto de estimular la rápida presencia del personal en el parque, los diez primeros bomberos que acudían
recibían una gratificación según el orden cronológico en que se presentaban, lo cual acreditaban mediante unas bolas numeradas que recogían, guardándolas para justificar su presentación. En los incendios
no se permitían mirones, pues todo curioso que se presentaba era obligado a formar en la clásica «cadena» que proveía de agua a las bombas, desde la fuente o depósito más próximo, mediante unos baldes
plegables de lona que llamaban «pozales» e iban pasándose de mano
en mano, devolviéndolos vacíos. A medida que fue ampliándose la tubería de agua potable, fueron desapareciendo los pozales, ya que la
instalación de bocas de riego y de incendio eran suficientes para abastecer las bombas, así como para proyectar chorros a presión directa.
Las bombas y las escalas de salvamento y demás material, eran conducidos a todo correr, tirados por equipos de dos y cuatro bomberos
que habían de hacerlas funcionar a brazo, relevándose con frecuencia en tan duro y pesado trabajo. Más tarde este material, sobre todo el
de salvamento, fue sustituído por otro más moderno, a cuya adquisición no fue ajena la catástrofe que originó un terrible incendio ocurrido en la calle de Urbieta, del que damos cuenta a continuación. Hoy
el Cuerpo de Bomberos de San Sebastián, está considerado como uno
de los mejores de España, pues cuenta con los más modernos elementos de trabajo, aunque no del personal suficiente y necesario para su
máxima eficacia, pero seguramente el Municipio, que se ocupa de perfeccionarlo, no dejará que pierda la fama de que disfruta.

19 DE MARZO DE 1893. — INCENDIO EN LA CALLE DE URBIEТА,
CON GRAVES DAÑOS Y VARIOS MUERTOS
A las doce de la noche del día de San José, de improviso y cuando
apenas circulaba gente por la calle, se oyeron gritos en que se pedía
auxilio, desde un tercer piso de la calle de Urbieta n.° 6, de donde salía una humareda imponente. Algún transeúnte noctámbulo, corrió a
llamar o buscar quien lo hiciese, al retén de bomberos, pero como
tardaban en llegar, las voces de auxilio eran cada vez más apremiantes
y empezó a reunirse alguna gente. El hombre que pedía auxilio, se
dispuso a saltar a la calle, con el inminente peligro consiguiente y la
gente le aconsejó que esperase a los bomberos que habían salido al ser
avisados. Viendo que tardaban, el hombre entró en la habitación y probó a subir al tejado para correr a otro piso de la próxima casa y según
se supo, después de haber recorrido los tejados de la casa n.º 8 de la
calle de Urbieta, esquina al 46 de la calle de San Marcial y la siguiente
del 46, consiguió salvarse después de grandes esfuerzos. Mientras tanto,
y no por negligencia de los bomberos, que después de la impresión de
negligencia que el público les abucheó, sino por deficiencia del servicio cuya organización fue justamente censurada y al final de la catástrofe, fueron felicitados por el público y la Prensa, por la forma enérgica, valiente y peligrosa en que les vieron actuar, pero careciendo del
material necesario de salvamento, el incendio fue propagándose a las
dos casas contiguas, el n. 4 y el n.º 8. Como en el piso bajo, que constaba de una carnicería de don Luis Artola y una tienda de comestibles,
en la bodega de ésta, propiedad de Odriozola había, contraviniendo las
Ordenanzas municipales, barriles de alcohol y cantidad de materiales
de embalaje (cajas de madera, paja, etc.) y su dueño por temor a la pоsible sanción no lo declaró a tiempo, dio lugar a que una gran explosión provocara un derrumbamiento y la incomunicación con el exterior, en forma que los bomberos no pudieron utilizar ni la escalera de
la casa ni las suyas de salvamento. Como apenas se abrieron los balcones, se supuso que los veintitantos muertos lo fueron por asfixia, por
el humo que al no tener salida hasta que por el derrumbamiento empezó a despejarse, ensanchándose las llamas, los bomberos no pudieron hacer otra cosa que atacar el fuego por los tejados y balcones ve- cinos, los daños fueron considerables pero las pérdidas de vidas inocentes no podían tener compensación. Se presentaron las Autoridades
y numeroso público que a pesar de lo intempestivo de la hora y del tiempo desapacible se mantuvo de pie, durante muchas horas, comentando desfavorablemente. Quién, se manifestaba protestando de que la
moción que el Teniente de Alcalde don Diego Echeverría había presentado en reciente sesión, como si lo hubiera previsto, que se pusiese un
timbre eléctrico en casa de todos los bomberos, que había quedado sobre la Mesa para su estudio, quién, que un retén de sólo cuatro bomberos no podía resolver a lo sumo más que un fuego de chimenea, quién,
que se volviera a proveerse de las clásicas carracas, que por el solo hecho de oírlas sonar avisaban de que se trataba de un fuego, etc., quién,
que se trajesen escaleras telescópicas y tubos y sacos de lona de salvamento, con lo que se hubieran podido salvar todas o algunas de las
víctimas. El Ayuntamiento se reunió en sesión extraordinaria para evitar negligencias como la ocurrida y en aquella sesión, se oyó decir
un Concejal, que reconocía y admitía las censuras, pero que tenía la se- guridad de que si antes de haber sucedido, se hubiera propuesto el gastar un presupuesto de 2.000 pesetas, seguramente hubiera sido censu- rado por todo el mundo. Ya desde entonces, el Cuerpo de Bomberos de San Sebastián ha merecido ser atendido por el Ayuntamiento, como veremos más adelante, siendo en la actualidad uno de los mejores de España, por su organización, personal, material y eficiencia, de lo que San
Sebastián debe mostrarse orgulloso y satisfecho.
EXPLOSION DEL VAPOR CABO DE MACHICHACO
EN SANTANDER
El 3 de noviembre de 1893 se recibieron en San Sebastián alarmantes noticias de que en
Santander había ocurrido una catástrofe de tal
magnitud, que parecía
increíble. A medida que
pasaba el tiempo, fue
tomando cuerpo la noticia, que llegó al colmo,
cuando el entonces Al
calde de San Sebastián
don Diego Echeverría,
que también era santanderino, recibió un telegrama urgente desde
Barcelona firmado por
el Marqués de Comillas dándole cuenta de
que el vapor «Cabo de
Machichaco», que acababa de salir del lazareto de Pedreña, atracó
a los muelles de la bahía y había tenido un
incendio. Como llevaba
gran cantidad de dinamita y según luego se
aseguró, no estaba declarado y creyeron роder dominarlo, sin conseguirlo, se provocó una
enorme explosión seguida de otras que dio lugar a un número de
muertos cifrados por el
momento en muchos
centenares, entre ellos el Gobernador Civil, dos comandantes de Marina, el Coronel del Regimiento de Burgos, Abogado fiscal de la Audiencia y otras Autoridades y
numerosos personajes y mucha gente del pueblo, que habían ido a presenciar el incendio y a colaborar a su extinción. El Marqués de Comillas, pedía al Alcalde de San Sebastián con verdadera angustia, como santanderino, que San Sebastián enviase con urgencia equipo y material de incendios y salvamento. Inmediatamente se dispuso saliera para Santander
un equipo de 20 bomberos y al solicitar voluntarios, todos por unanimidad, pidieron ir en auxilio de los santanderinos, por lo que hubo de sortearlos. El concejal señor Macazaga, se prestó a acompañarlos, con
el ordenanza Gonzalo y el Sub-Jefe señor Leclercq, total que embarcaron en un pequeño vapor de cabotaje, el «Mechelin», que había lle- gado aquella tarde y había descargado ya, y considerando que era el medio más rápido, salieron la misma noche, para llegar a primera hora de la mañana. Nosotros, un grupo de estudiantes de bachillerato, los vimos salir, despidiéndolos con emoción y entusiasmo, porque cono- cíamos a algunos como el corneta (Thortua), Lázaro Carrasquedo, Usa- biaga, el cabo Echarri, etc.
Una vez llegados, según nos contaron a su regreso, el Concejal señor Macazaga se puso a las órdenes del Jefe de Bomberos y procedieron a los trabajos de extinción del enorme incendio que afectó a numerosas casas de varias calles, encontrándose también con que habían
acudido bomberos de Bilbao y Burgos. Los daños fueron incontables
y los muertos llegaron al millar.
Santander, que ha sido víctima de varios incendios, tiene un mag- nífico Cuerpo de Bomberos, además del Municipal otro particular del
vecindario, que en cuanto sopla el viento Sur, sea por la orientación de
la Ciudad o por otra causa, menudean los incendios y esos días el Cuerpo de Bomberos voluntarios está acuartelado en previsión de tener que
actuar.
OTRA INTERVENCION DE LOS BOMBEROS
DE SAN SEBASTIAN
Allá por el año 1941, un 15 de febrero, tuvieron que acudir los bom- beros de San Sebastián a Oñate a sofocar un incendio que afectaba a
cuatro casas y una vez terminado su trabajo, al regreso, se encontraron
con la carretera bloqueada por árboles y postes telegráficos derribados por un verdadero huracán que se desencadenó aquella noche, te- niendo que interrumpir la marcha para ir separando aquellos obstácu- los. Al llegar al Parque en San Sebastián, se les comunicó que habiéndose movilizado todo el personal a consecuencia del huracán, se hallaban despejando carreteras y apuntalando chimeneas y miradores, con riesgo de desprendimientos, acababa de recibirse orden de acudir a
Igueldo, donde se había hundido una casa, arrastrando entre los escombros a varios vecinos que pedían auxilio. Personados en el lugar, se
consiguió desescombrar y extraer con vida a las cuatro personas enterradas, aunque lesionadas de alguna gravedad. No terminó el día sin
que recibieran un nuevo aviso, esta vez de Zumaya, pidiendo socorro,
porque a consecuencia del ventarrón fue precipitado a la ría un tren de
viajeros con el consiguiente número de muertos y heridos, recomendándoseles que por hallarse cortada la carretera, se fuese por el Ferrocarril de la Costa. Requerido el Inspector de la Compañía para ir a Zumaya, contestó negándose por el peligro que suponía, ya que la vía estaba también averiada y el teléfono cortado por avería y no quería contraer la responsabilidad de una nueva catástrofe. Cuando el personal,
fatigado por un ajetreo de 24 horas, se retiró a descansar, se recibió
una orden del Gobernador Civil confirmada por el Alcalde, para que
saliera con toda urgencia una brigada completa con el mejor material
que tuviere, en dirección a Santander, por haberse desencadenado un
imponente incendio que amenazaba con arrasar toda la ciudad, y así
se hizo, con bastante éxito, pues merced a la actuación de los bomberos de Bilbao, Burgos y San Sebastián, que colaboraron con los de Santander, se pudo atenuar algo la catástrofe, que produjo inmensos daños y bastantes víctimas, que recordaban a las del «Cabo Machichaco».
Tan buena impresión debió causar la actuación de nuestros bomberos,
que a requerimiento de las Autoridades fueron los últimos en retirarse,
después de pasar ocho días.
Si en el lamentable incendio del 19 de marzo de 1893 hubo de pаgar el Cuerpo de Bomberos culpas ajenas, desde aquella época, en que
el Ayuntamiento le tenía desatendido, hasta la fecha, que está considerado como uno de los mejores de España, ha prestado y asistidoа
numerosos accidentes de incendios, inundaciones, derrumbamientos,
siendo requerido no sólo por la ciudad, cuyo principal destino es ese,
sino por toda la Provincia y las Provincias vecinas. Entre sus principales intervenciones se pueden contar, además de las dos de Santander
ya citadas, las de los diez términos municipales del Partido Judicial de
San Sebastián, desde Irún y Fuenterrabía, hasta Urnieta y Orio. Ha prestado también sus servicios en Andoain, Villabona, Irura, Tolosa, Alegría, Villafranca, Zumárraga, Villarreal, Vergara, Zumaya, Zarauz, Azcoitia, etc. Los de más importancia han sido, además de los citados, el
de la casa n.º 9 de la calle de Legazpi, los de los teatros del Circo y Bеllas Artes, el de la Parroquia de Andoain, en el que un rayo derribó una
gran campana, provocando un incendio, el de Eibar, el 27 de abril de
1937, el de la planta de gasolina Shelly en Pasajes, donde después de
salvar muchos miles de litros de gasolina, al necesitar 40 litros para
repostar la bomba automóvil, pasaron la cuenta al Cuerpo de Bomberos, y el que con motivo de la explosión del Parque de Municiones del Regimiento de Flandes, se produjo en Vitoria.
Algunos han pagado con su vida su devoción al servicio, como sucedió al bombero Aizpurua, que sufrió una caída mortal el día 2 de
agosto de 1920, cuando con ocasión de festejar el Congreso de las Naciones celebrado en nuestra Ciudad, se hallaba montando una iluminación en el Casino de Igueldo; al bombero Otaño, que también sufrió
una caída mortal manipulando una escalera Magirus en el tejado del
Centro de la Sociedad Hípica; y al bombero Gabilondo, que en un in cendio que se produjo en un hotel de Miraconcha el 28 de diciembre
de 1909, cayó muerto víctima de una descarga eléctrica, debida a un
contacto establecido por intermedio del chorro de agua, que proyectaba
con su bomba, al tocar un cable de alta tensión, que estuvo a punto
de ocasionar otra víctima en la persona del Sub-Jefe de la Guardia
Municipal don Germán Beñarán, que al intentar recogerle sufrió una fuerte descarga, que afortunadamente no fue mortal.
El pueblo de San Sebastián puede estar tranquilo en cuanto a este
servicio, pues cuenta con un material muy moderno y con un personal
muy instruído en su difícil manejo. ¡Lástima que no se amplíe el número de sus componentes!
INTERVENCIONES EN VARIAS INUNDACIONES
a
Los bomberos donostiarras también han tenido que intervenir en
numerosos casos de inundaciones y actos de salvamento. Cuando yo
entré a formar parte del Cuerpo, allá por el año 1908, había zonas bajas y marismas en San Sebastián, que periódicamente eran de verdaderas inundaciones, a łas que había que acudir para prestar auxilio
los habitantes comprometidos y salvamento de animales domésticos
enseres de la casa. Estas zonas eran principalmente la vega de Loyola, Amara, la zona que hoy comprende la carretera de la Avenida de
Tolosa y otras, que también solicitaban ayuda, en las vegas de Astigarraga, Rentería, Molinao, etc.
y
Cuando los grandes aguaceros que caían en la cuenca del río Oyarzun, cuyas aguas vierten en Navarra al Urumea, coincidían con la pleamar, nos era muy útil la colaboración del señor Alberdi, Administrador de Articutza, quien conociendo que el tiempo que tardan en llegar las aguas de Articutza a San Sebastián es de unas 8 horas, tenía
una señal de la altura máxima de la crecida, para que al llegar a San Sebastián, pudiese inundar las zonas de peligro y nos avisaba. Inmediatamente, el Cuerpo de Bomberos se alertaba y enviaba al Puente de Loyola y al de Martutene, dos botes que quedaban en la carretera, causando la risión de los
paseantes y las burlas consiguientes al
enterarse de que
a qu ellas pequeñas
embarcaciones p udieran llegar a flotar, pero cuando al
día siguiente podían
enterarse por la
prensa que hubo una
inundación y aquellos botes salvaron
a los habitantes sacándolos por las ventanas, hasta donde
llegaban las aguas,
se convencían de la
utilidad y la previsión que equella maniobra suponía. Una
de las mayores inundaciones a la que
asistimos, fue la de
la primavera de 1934,
que en la vega de
Astigarraga se hundió el caserío Erbetegui, muriendo entre sus escombros
uno de sus habitantes. Ese mismo día,en Rentería, las
aguas alcanzaron a
los primeros pisos,
la corriente volcó un
tranvía arrastrando a una viajera que murió, quedando durante varias
horas tres personas sobre los árboles de la plaza sin poderles prestar
auxilio, porque la masa de agua que cruzaba la villa era un río, con
una corriente intensísima que hacía imposible toda intervención. Al fin
los bomberos de San Sebastián, habiendo cedido la lluvia y disminuido
la corriente, pudieron entrar en Rentería donde en plena oscuridad,
desde los balcones, pedían con angustia ¡Luz! ¡Luz!, pues estaban totalmente a oscuras. Desde San Sebastián llevaron todos los elementos de
iluminación desde teas embreadas, hasta hachas con iluminación de gasolina y toda clase de artificios de iluminación, pero lo que levantó el ánimo de los renterianos, fue la colocación en el atrio de la parroquia
de un magnífico reflector que recientemente había adquirido nuestro
Cuerpo de Bomberos y que desde la altura del atrio iluminaba todo el
espacio de una calle hasta la plaza y hasta la carretera. En la Casa Consistorial hubimos de prestar asistencia médica a los rescatados de los
árboles de donde los trajeron exhaustos, después de estar durante horas
sin tomar alimento. Nuestra entrada en Rentería fue un poco grotesca,
pues llegando el agua en sus calles hasta un metro, los bomberos nos
condujeron al Jefe, al médico, al practicante y a las autoridades que
nos acompañaban, en hombros, y aún así, los pies quedaban sumergidos. Prestaron también eficaz ayuda las fuerzas de Ingenieros de guarnición en San Sebastián, provistos de elementos de iluminación, que
era lo que con más angustia pedían. Hoy se han reducido las inundaciones, por el saneamiento que se ha hecho en las marismas, convertidas en polos de construcción de viviendas en los nuevos ensanches.
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