De nuevo la guerra interrumpiria en 1835 los postreros tra-bajos de reconstrucción.
A la muerte de Fernando VII en 1833, su hija Isabel tenía tres años. Su madre Doña María Cristina de Borbon (1806-1878), cuarta esposa de Fernando VII, se encargó de la Regencia.
Entonces, el hermano de Fernando VII, Don Carlos (1788-1855), reclamó la Corona invocando el beneficio de la Ley Sá lica promulgada por Felipe V (1700-1724), según la cual sólo le sucederian en el trono sus descendientes varones.
Estalló así la guerra civil en las Provincias del Norte, Gran parte de la nobleza y el clero apoyó a Don Carlos.
Pero San Sebastián había sido la primera población de Es-paña que proclamó a Isabel II, convirtiéndose en isla liberal -y más que isla, roca en un mar carlista.
La guerra se presentó con pocas novedades. Lo de siempre: caida del convento de San Bartolomé y destrucción de sus re-ductos, quemadura del viejo puente de madera...
San Sebastián no cedería. Al contrario. La Ciudad prometía a Isabel II que mantendría su pendón y que a más dificultades respondería con mayores sacrificios.
Nada valieron ni los bombardeos ni el corte de cañerias que prívó a la Ciudad del agua para beber. La población acabaría aprovechando la de la lluvia o la del caño que caía en la vieji-sima fuente del Castillo, oculta entre piedras y que todavía se conserva.
Como el cerco carlista se estrechaba, San Sebastián pidió ayuda al general Córdova. Y no tardó en llegar por mar una legión inglesa mandada por Evans, enemigo encarnizado de Don Carlos.
Ya están aquí de nuevo los ingleses. Esta vez para ayudar. Acaso habría entre elles algún combatiente de 1813. No impor ta. La Ciudad sitiada olvidaba antiguas calamidades que no tenían remedio.
El 5 de mayo atacaron liberales e ingleses. El choque fue durísimo, cuerpo a cuerpo. Los carlistas, derrotados, retrasaron sus lineas hasta más allá de Puyo y Lugariz (como puede verse en el mapa). San Sebastián sintió un alivio más o menos pa sajero.
Fue entonces cuando terminada la contienda se vio salir por las murallas un nutrido grupo de mujeres donostiarras que a to dos atendian. Llegaron hasta los arenales, a la misma altura del agua, y hasta el pie de la cima de San Bartolomé. No hubo para ellas ni españoles, ni ingleses, ni liberales o cristinos ni carlistas, tan sólo había hombres que sufrían y a los que era cristiano atender y curar.
Tenaces, volvieron a la carga los carlistas, y en Ayete, en la Concha y en Alza se reanudaron las batallas.
Lucha larga que lleno de heridos el Hospital y Casa de Mi-sericordia del barrio de San Martín.
En 1837 se librarian los combates más feroces en Chorito-quieta, Antondegui, San Marcos y Oriamendi, esta última ines-perada victoria carlista. Tan sorprendente que que pudieron apode-rarse los vencedores de la partitura del himno compuesto por los liberales para conmemorar su triunfo, y que siguen usando como suyo. Dará una idea de la violencia del combate saber que aquellas posiciones se tomaron y volvieron a perder hasta cua-tro veces por cada bando. A los tiros siguieron cuchilladas, y a Ias cuchilladas, sablazos.
Esta lucha iba a inspirar un curioso grabado de San Sebastián amurallado, visto desde Ondarreta, con aspecto hosco y firme, como de anciano malhumorado. En primer término los soldados carlistas de grandes boinas cuyo uso precisamente aquella gue-rra generalizó calentándose al fuego, echados, limpiando los fusiles armados de bayonetas o montados a caballo. A lo lejos el promontorio de la isla, y más allá los lienzos de las murallas, las casas y las torres, las calles donde alentaba la vida, Urgull y el Castillo como un penacho de piedra.
Algunas victimas de esta primera guerra entre liberales y carlistas oficiales y jefes británicos fueron enterrados en el cementerio de la vertiente Norte del Castillo, por eso llamado ade los Inglesess.
Ese rincón, cuya primera noticia escrita aparece dada en 1838, recuerda a los soldados británicos que dieron la vida por la grandeza de su país y por la independencia y la libertad de España. En los caminos zigzagueantes de aquel promontorio se encuentran unas tumbas con nombres ingleses: Tupper, Olivier de Lancey, mistress Callender.
Destronada Isabel II en 1868, a los cuatro años se reanuda la guerra. Desde Arratsain los carlistas iniciaron el ataque en la no-che del 28 de septiembre de 1875. En el alto del Castillo se renue-va el puesto desde el cual un vigia-apellidado Iturrioz veía el fogonazo del cañón, tocaba una campana y anunciaba la llegada del pepinillo, como se llamaba entonces a las granadas. Los do-nostiarras tenían tiempo para refugiarse aprisa y corriendo en tiendas y portales.
Aquellos cañones causaron daños y muertes. Una, y bien las-timosa por cierto, la de un hombre ingenioso y conocido en San Sebastián, Bizcarrondo, apodado Vilinchs.
Tampoco consiguieron los carlistas rendir la Ciudad liberal. El 18 de febrero de 1876 abandonaban definitivamente sus po siciones.
Con los carlistas en retirada se fue para no volver el demonio de la guerra, con sus murallas-para entonces destruidas-, su Castillo, sus Puertas de Tierra y Mar, sus cuarteles y sus cen-tinelas. Otros sucesos históricos de España pusieron el punto final a tanta desdicha.
No hay comentarios:
Publicar un comentario