miércoles, 10 de diciembre de 2025

3.-Basureros.

 Un griterío ensordecedor despierta a toda la calle.

Y no es para menos.

Es ruido de cubos que chocan y se caen, de esquilones, de Ilantas de hierro mordiendo, rabiosas, los adoquines. Aida, aida!» grita una voz aguda y potente. Varios perros ladran, no se sabe si por miedo o con ganas de imponerlo.

Yo comprendo vuestra impaciencia cuando, en camisón, sal-táis de la cama y os asomáis al balcón.

Estabais viendo la bulliciosa recogida de basuras.

El esquilón es el aviso para que se le bajen los cubos. El de los gritos de Alda, alda!», el casero del Antiguo que por unos dineros cumple aquellos menesteres. Los bueyes son suyos, y con ellos trabajará más tarde la heredad fecunda. Y los ladridos son, acaso, la misma expresión de curiosidad y susto vuestro en el perro.

Va recogiendo el casero la basura. Mondas, cenizas, papeles viejos, cacharros estropeados o inútiles.

Y cuando tenga el carro bien colmado enfilará la calle Igen-tea y por la del Cuartel llegará a la Puerta de Tierra. Desde alli irá al barrio extramuros de San Martín, en donde arrojará su carga.

Es posible que si hoy con pico y pala y mucha paciencia es-carbásemos y ahondáramos al lado del mercado de San Martín, por ejemplo, encontraríamos un hierro retorcido, deforme y mo-hoso, o una diminuta botella de cristal que este basurero, en una mañana de 1700, se lleva en su carro,

Lo de las basuras era en medio de todo únicamente estruen-doso.

Pero, en cambio, la recogida de las materias fecales era re-pugnante.

Los caseros no querían perder aquel estiércol para sus cam-pos y con otros carros negros y malolientes invadian de cuando en cuando las calles de la Ciudad.

Los carros, llamados «Las damas de marzo, se hinchaban co-mo unos glotones. Tan llenos iban que, a menudo, las llantas se atascaban en baches o grietas del suelo, y entonces los case-ros punzaban ferozmente a los bueyes, haciéndoles sangrar, al-borotande todo con nuevos y desaforados gritos. El carromato se iba de un lado a otro, como un borrachin, y con el movimiento se le escapaba entre las maderas, como si fueran labios, una hilacha de agua negruzca.

No quedaban entonces balcón ni ventana abiertos..

Y lo que era peor: las calles permanecian durante dias prin-gosas y sucias, e incluso pestilentes, porque como gran remedio aparecía alguna vez un empleado, quien, con un carrito y una manguera, refrescaba la calle, pero no limpiabearrito

Qué bien venía entonces el chaparrón cerrado y sonoro o el tenue sirimiri que todo lo moja aunque no lo parezca.

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