viernes, 12 de diciembre de 2025

3.-EL INVASOR PACIFICO


Pero a las hormigas que parecían ser entonces los donostia-rras les van a entorpecer nuevas guerras.

Por los libros de historia conocemos los sucesos del reinado de Fernando VII, su clamoroso recibimiento en todas partes, su enfrentamiento con la Constitución, la revolución de Riego y la invasión francesa con el fin de ayudar al rey en su lucha con los constitucionalistas.

El 3 de abril de 1823 vuelven a divisar los donostiarras tro-pas francesas más allá de la ría y las marismas. Es el ejército que la historia conoce con el nombre de los Cien mil hijos de San Luiss.

Para entonces San Sebastián ya había jurado es decir, ad-mitido la Constitución liberal, y como los franceses venian precisamente a aplastarla, la población quedó bloqueada.

El riesgo de la destrucción amenaza de nuevo aquellas edi-ficaciones, unas recién levantadas, otras a medio construir. El período de la reconstrucción dura hasta 1835 aproximadamente. Por lo tanto, los franceses llegaron a mitad de camino.

De necios hubiera sido volver a arriesgarse a una destruc-ción tan inútil como la de 1813, de cuya reparación Wellington no quiso saber una palabra. Además, muchas ciudades españo-Jas no sólo no sintieron nuestra destrucción sino que la dieron por bien merecida, ya que, a su juicio, siempre habiamos sen-tido, pensado, hablado y actuado como franceses.

¿Hubo discusión sobre lo que en 1823 habia de hacerse? El recuerdo del desastre y de las injusticias sufridas y la realidad de las murallas y muros de costa todavía maltrechos hacen pensar que la decisión de no resistir fue casi unánime.

Menos se daría el caso de un preparativo de defensa como ante Murat.

El Duque de Angulema entró en España con la idea de que su invasión iba a ser un paseo entretenido. No estaba del todo equivocado, pues con pocas dificultades se plantó en Cádiz, es decir, en el otro extremo de España.

No entraba en los planes de Angulema bombardear San Se bastián como lo planearon Berwick o Wellington. Tampoco sus ojos la miraron con tanta codicia como Murat.

De esta forma no se oyó un cañonazo y a la capitulación del 27 de septiembre siguió la ocupación el 3 de octubre, que habría de durar cinco años exactos.

Posesión pacifica, de la que queda el recuerdo de unas co-plas, en vascuence, castellano y francés, que cantaban:

«Muxíu Angulé 

Batian parlez vous 

En cámpaña no ha habiro 

Un muxu como tux,

Que era como decirle con el fondo del erataplán de un tam-bor francés: «Señor de Angulema, una vez dijiste que en cam-paña no ha habido semblante como el tuyos.

Es posible que vosotros no las conozcais.

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