Para que el ferrocarril de Madrid pasara por San Sebas-tián, los donostiarras tuvieron que luchar también muchísimo. Parece que nada de lo que consiguió nuestra Ciudad a partir de 1813 lo iba a alcanzar con poco esfuerzo.
La oposición mayor estaba en un proyecto francés que in-tentaba llevarse el tren por Bayona a Pamplona.
Hubo entonces una polémica que hizo fama entre dos perió-dicos, uno de San Sebastián, «El Comercios, y otro navarro, «ΕΙ Eco de Navarras». Parecían dos hombres que gritaban hasta en-ronquecer cada uno en una esquina y frente a frente.
San Sebastián no iba a ceder. Habia adivinado los beneficios de todo orden que le podría reportar el ferrocarril, cuando tan-tos hombres y mujeres seguidores de la reina- buscasen los ocios y el descanso que podía ofrecerles. De tanto viajero, Isabel II, bañándose en La Concha por razones de salud, fue la ade-lantada,
Porque a San Sebastián acabaría viniéndose a tomar aguas, aire o a darse tono. Y precisamente en ese ferrocarril cuya construcción no cesó de pedir y de cuyo paso quiere disfrutar a toda costa.
Largo fue el expediente. Lleno de dudas, sobresaltos y obs-táculos. El último, la aprobación del trayecto por Zumarraga, última amenaza navarra.
El 21 de junio de 1858-buena entrada de verano se supo en San Sebastián la noticia del triunfo.
El 22 los donostiarras volvieron a demostrar su contento con repiques de campanas, cierre de talleres, música y esos tambo-riles y chistu que siempre les han acompañado en sus alegrias. Vivieron unas horas parecidas a las del derribo de las murallas.
En el glacis hubo aquella mañana gran concurrencia de gen-te. El puente de Santa Catalina estaba adornado con banderi-tas. Los botes atravesaban la ría. Hombres, mujeres y niños iban a pie por las orillas. Bajaban muchos por las colinas, can-tando. Todos querían ver, aproximadamente en la actual Esta-ción del Norte, cómo el Gobernador y el Alcalde rompian pie-dras y tierra para sentar el primer cimiento.
El ferrocarril hará entrar a San Sebastián en el mundo de los negocios fabulosos, en las intrigas y envidias de la Corte, en las preocupaciones del gobernar, y nos daria una nueva for-ma de ser que aún perdura.
Pero veremos mantenerse firmes frente a esta conmoción el modesto tallercito del herrero, el comercio del francés, o la huerta del labrador del Antiguo cuando aparecen entre nie-blas el Casino y el juego, Ministros, Príncipes y Gobernan-tes, idiomas extraños, salones de arañas de cristales y un mundo de aventureros
A aquel cambio de vida vino a colaborar particularmente el tren, lento, con coches abonados a familias o reservados para señoras, berlinas-camas, guarda-frenos en el furgón de cola, por-tezuelas vigorosamente cerradas en las estaciones y máquinas que acometian con mil resoplidos los macizos montañosos. Con vagones de estribos y asideros para las manos. Con fondas en donde sopas calientes reanimaban a los viajeros ennegrecidos y molidos. Y con dos dias para el viaje de Madrid a San Se-bastián.
Con festejos y entusiasmo celebró San Sebastián en 1864 el arribo de la primera locomotora que llegó entre humo blanco y negro, olor a carbón, carbonilla, aplausos y abrazos de felici-tación entre los que venían y los que esperahan.
Como siempre, lo que para unos es bueno no lo es para otros.
¿Qué contestó, medio en serio medio en broma, Fernando VII cuando le informaron sobre la posibilidad de construir un fe-rrocarril que partiera de San Sebastián y llegara a Madrid?
-No será mientras yo viva; no quiero que por este medio acudan a Madrid todos los habitantes de España a pedirme em-pleos.
Tuvo razón el rey. No fue en vida suya cuando el ferrocarril hizo temblar la tierra que pisaba.
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