La última de las conquistas al mar y a las aguas es la más importante y la más espectacular. Con ella concluirá, por aho-ra, el crecimiento de la Ciudad, iniciado el día en que vimos derribar las murallas.
Esta obra fue la desviación y canalización del río Urumea en los años 1924 a 1926, trabajos continuados en los años 1933 y siguientes con el saneamiento del antiguo cauce y el terraple
nado de la Avenida principal del ensanche. El mapa explica la obra mejor que diez lineas. En color azul, el río tal y como era. En trazos rojos, tal y como quedó después de ejecutado el proyecto y algunas edificaciones del ensanche.
¿Qué movió a los donostiarras a esta empresa?
Convertir las marismas del Urumea en solares para vivien-das defendidas de los vientos. Y conseguir asi casas adecuadas para muchos servicios. Porque, por ejemplo, los Juzgados y el Colegio de Procuradores de los Tribunales estaban en una casa buena pero incómoda y pequeña. Lo mismo ocurría con la fábri ca de tabacos, y con el Instituto Municipal, en el que se hallaban instalados el Instituto Provincial y la Escuela de Artes y Oficios.
Era, en una palabra, problema de espacio.
Con la obra se pretendia extender el ensanche sobre el cau-ce del río con un muro de encauzamiento y prolongarle más arriba de la Punta de la Murallas. Y ¿por qué solamente has-ta ahí? Pues, sencillamente, porque ya hubo un particular, que debió de ser hombre lanzado y con vista, que habia solicitado la continuación del encauzamiento y aprovechamiento de te-Trenos.
El objeto era, pues, variar el curso del río y sanear los te-rrenos robados al mar, ganando con ello alrededor de 200.000 metros cuadrados. Dos puentes de hierro podrían servir para el paso de peatones. En nada afectaría tampoco el nuevo ensanche a las rasantes de calles.
No dudaban los donostiarras de que con ello colaboraban a colocar a la Ciudad y a su floreciente población en las condi ciones de engrandecimiento a que estaba llamada.
Esta obra iba a tener gran trascendencia para los intereses de la Capital. Por el impulso que iba a dar a su industria, cada vez mayor. Por las oportunidades que ofrecería a sus habitan-tes. Y porque remediaría el problema de las viviendas, que des-de entonces hasta no hace muchos años se ofrecieron prósperas, cómodas y en buenas condiciones económicas.
Surgía una duda: ¿no iba a perjudicar la modificación del rio a su tráfico?
Ya no, ya no. Los tiempos de aquel Urumea febril, lleno de industrias marineras, habian pasado y no volverían. Todavía tenemos en los ojos, en los oidos y en la memoria la visión de los astilleros, de los ferrones, de las pinazas cargadas de mi-neral. Pero ahora el Urumea sólo veía pasar, muerto de triste-za, botes y lanchas, remedo de su pasado esplendor. El pro-yecto pasó sobre esa dificultad como sobre un charco de agua.
Hecho el murallón, el impetu que conocemos y que estamos viendo que no desfallece desde el incendio de 1813, lanzó a nues tros antepasados a su obra más gigantesca: el encauzamiento total del rio.
Su curso llega hasta muy cerca de la fábrica de Gas, donde se divide en el arroyo de Isostegui y en el alegre caño de Anoe-ta, que se alejaba en el otro extremo de las Vegas de Santiago.
Fueron realmente ingentes los trabajos que hicieron falta para poder afirmar sobre esas marismas y vegas paseos, calles y demás elementos de las vías públicas. Hubo que luchar con verticales, planos, cálculo de mareas vivas, rampas y escaleras de bajada, elección y traída de materiales, redacción de planes parciales y costos. Los perfiles, rasantes y muros exigieron mu-chas garantias técnicas, lo mismo que el saneamiento del nuevo terreno por medio de alcantarillas.
Y no hemos de olvidar aquel otro problema, el del relleno, existente en San Sebastián desde el derribo de las murallas. En esta ocasión, los nuevos terrenos robados al rio se rellenaron de las tres maneras posibles: arenas de las dunas del Chofre, ma-teriales de derribo y restos de fortificaciones.
No era poco realmente cambiar el curso de un río como si fuera cera caliente.
Las correspondientes Memorias, conservadas ordenadamen-te en el Archivo del Ayuntamiento, nos permiten seguir día a dia las incidencias de su ejecución y conocer el importe de las obras, más de tres millones de pesetas.
Inaugurado el nuevo encauzamiento en 1926, San Sebastián adquiere en lo exterior, sobre el mapa, la fisonomía de hoy. Su parte vieja, sus ensanches y sus barrios.
Ya sólo falta que los años, como si fueran ängeles o magos, vayan poniendo sobre los nuevos terrenos calles, aceras, faro-las. Y casas, con el aliento de vida que escapa por sus ventanas en las noches frías.
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