Los donostiarras piden y obtienen el permiso para derribar las murallas-Se Inician los ensanches de la ciudad. El Marqués de Salamanca. San Sebastián frente a las guerras y paguas politicas del siglo XIX. La carretera pasa por San Sebastián y se inicia el veranen donostiarra-Dos reinas, Isabel II y Maria Cristina, ponen de moda nuestra ciudad. Se inicia el siglo XX y con el nuestru Bella Epoca Dos guerras, presente y futuro de San Sebastián. A ti, muchacho donostiarra.
¡Con qué alegria fueron los donostiarras al derribo de las murallas: Allí estaban todos, bajo la lluvia, con bandas y coros entonando marchas compuestas expresamente para el acto.
San Sebastián habia pretendido desde hacía bastante tiempo que se desmilitarizara la plaza y que la expansión de la ciudad se hiciera a costa de las murallas. Tenían aún vivo el recuerdo de los horrores de las guerras pasadas y es explicable que una bue-na mayoría fuera partidaria de que desaparecieran, para un ma-yor desarrollo urbanístico, comercial y mercantil.
Se obtuvo el permiso real y, el 4 de mayo de 1863, se derri-baron las murallas. Aquéllas de las que había dicho un poeta de la época:
«Sus páginas son piedras de fúnebres historias que evocan, jay! memorias de luto y de terror.s
A partir de la desaparición de las murallas, se inicia toda una teoría de idas, venidas y discusiones alrededor de los ensanches y del futuro de la ciudad.
Y el Marqués de Salamanca, fabuloso hombre de empresas, presenta y realiza sus iniciativas en la ciudad, «Ruda fue la ba talla que sostuvo con el mar para disputarle su presa. El mismo dirigía los trabajos, animaba a los obreros, no se perdia minuto, la labor era continuas. El paseo de Salamanca es uno de los más bellos de San Sebastián. El mar sigue azotando el muro, cada vez se diria que con más fuerza y de la Zurriola, balcón adelan tado en el mar, ya no queda nada.
Hoy, sin embargo, no estamos todos de acuerdo con que vis-tas las cosas desde nuestro ángulo y con la perspectiva de los años que fuera absolutamente necesario prescindir de las mu rallas para hacer más amplia, más rica y más hermosa la ciudad. Al contrario, creemos que hemos prescindido de unos elementos históricos y espectaculares de enorme transcendencia. Estamos en línea con el llorado Mariano Ciriquiain: «Habría que ver la que hoy sería San Sebastián, no sólo para nuestro gozo y satis-facción sino también para eso que hemos dado en llamar atrac-ción de forasteros, si la Parte Vieja se conservara encintada en la muralla, con sus puertas, sus cubos, sus baluartes, sus alme-nas y sus barbacanas. Y frente a ella, la ciudad moderna, con toda la arquitectura de aluminio y vidrio que se quisiera. Ima-ginense lo que hubiera sido la cacareada, modernizada y mal tratada Parte Vieja de la Ciudad, si al dirigirnos a ella desde la plaza de Guipúzcoa por las calles de Elcano o de Legazpi, nos encontráramos de pronto, al desembocar en el Bulevar, con un amplio frente de muralla, cubriendo toda la amplitud que al-canzaba la vista, rematada en sus extremos por los Cubos de Hor-nos e Ingente, y presidido todo él por el Gran Cubo Imperial. Se-ría sin duda una estampa que colmaria nuestros sentidos que nos envidiarian todos los forasteros y que no cambiaríamos por nada. Pensemos en Carcassone, en Cáceres, en Avila... Claro que aún podía haber sido más espectacular la escenografía si se hu-biera respetado, además, la muralla exterior, aparentemente pa ralela a la otra con sus baluartes de Santiago y San Felipe, en los extremos, y el Hornabeque central. Pero esta muralla, apar-te de ser bastante más moderna, era toda ella del siglo XVII, hubiera sacrificado una gran parte del primer Ensanche, inclui-da la Plaza de Guipúzcoa. Y esto ya es muy grave, pues la plaza de Guipúzcoa bien vale una muralla, sobre todo si es del si glo XVII.
Pero todo esto, tanto lo que pudiera decir Ciriquiain como nosotros, es cómodo aseverarlo a muchos años de distancia, cuan-do los recuerdos son otros, cuando se ha alejado de la sensibili-dad el peligro próximo o remoto o el recuerdo que las propias murallas traen.
Hoy nos gustaría conservar las murallas. Entonces se consi-deraban un obstáculo y por eso las destruyeron.
A lo largo del siglo XIX, San Sebastián luchó contra fran-ceses, contra absolutistas y carlistas. No hubo movimiento po-lítico, en ese zigzag constante de la marcha de los negocios pú blicos en España, que no tuviera su resonancia en nuestra Ciu-dad. Sintió en su propia carne los desgarros que al territorio nacional le iban siendo producidos en tierras lejanas, con la pér-dida de las colonias, y fue leal a los principios que informaron sus desgracias y sus glorias durante toda su vida.
A mediados de siglo, en junio de 1847, se inaugura la carre tera de Andoain a Irún, pasando por San Sebastián. Hasta en-tonces, la ciudad quedaba a trasmano. Este simple hecho deter-mina la iniciación de los veraneos donostiarras, de la llegada de las grandes diligencias, de las visitas de todo rango que reci-bíamos y que en el futuro deberíamos recibir con asiduidad y largueza.
En 1850 la población era de 10.000 habitantes y los veranean-tes fueron 1.000. No era una mala proporción. Isabel II nos pu-so de moda. Otra reina inolvidable para nosotros, alcaldesa ho-noraria de la ciudad, Doña María Cristina, nos convirtió en cen-tro del veranco, corte de España en tiempo de estio.
La vida de los veraneantes era tranquila. Los baños de mar se tomaban por prescripción médica. Los paseos hasta Ategorrie-ta. Las funciones en el Teatro Principal... y en el siglo XX el Casino, el juego, la «Bella Epocas. Muy cerca una frontera y una guerra. Y mientras tanto, los valses y la ruleta funcionando en un San Sebastián paraíso de los espias y de los grandes negocios.
Termina la guerra europea y continúa el progreso turístico e industrial de San Sebastián. Y, al mismo tiempo, se siguen guardando sus fabulosas tradiciones, los rincones de la Parte Vieja, el sabor jatorra de su presencia en el mundo...
Durante la guerra española de 1936-39 San Sebastián vuel-ve a ser capital que acoge con los brazos abiertos a todos los que a su suelo llegan. Participa heróicamente en la lucha enta-blada y acentúa con la paz sus fervorosos deseos de perpetua prosperidad, garantizada por la tarea diaria de sus hijos.
Y aqui estáis vosotros, en medio del gran San Sebastián que es hoy. La ciudad que amáis y de la que estáis tan orgullosos por haber nacido en ella.
En estas páginas os hemos dado esa razón de la que hablaba-mos al principio, para que vuestro amor tuviera un fondo lógico y real que fuera algo mas que un sentimiento generoso y porque sis. San Sebastián lo es todo para vosotros y la mejor contribu-ción que podéis hacer a su futuro y el mejor acompañamiento al efecto, es el firme propósito de trabajar por su grandeza.
LECTURA
"Sobre pocas cindades de España se ha escrito susto y tan bien coms aobre San Sebastián y toda la tierra guipuaruana.
Yo no puedo volver la vista Ancia atrás porque para hacerlo con funda ments tendria que ir a las fuentes de conocimients, que solamente se hallen en los archisus, y como prefiero siempre y me es más fácil hablar de lo que Ae conocido y de lo que he vicide sólo hablar de la ciudad un que he pe sudo tunto y tunto tiempo, de lo prosincia que he recorrido en todas sentidos,
No hay dude alguna que en an concurso de ciudades de España Son Se bastián se llevo la palma, el progreso de la edad moderna es en ella mucho más evidente que en el resto. Macho le ha servide para ello el largo tiempo que, en realidad, ha sido corte de España
Mucho le debe San Sebastián a nuestra насn bastante florada Reina Maria Cristina, que busco para el descanso amingo San Sebastión: peru, en realidad, donde ilu a ir en que hubiera estudo mejor?
Construyú sa regio albergue sencillo, pero teniendo todo lo mevesario para lo que ella hascuba, que era un par de meses de tranquilidad, despa de sufrir tanto el resto del año. Se desplazoba a San Sebastián creyendo ten dria alli un descanso bien ganado, sin pentur que para ella no se hubia hecho el descanso. Y. repasando todo la ocurrido en San Sebastián durante los años de la regencia, hay que reconocer que, en realidad, en San Sebastián salió a dignuto por dia. Pero, en fin, lus brisas del Cantábrico la compenzahun de lox sufrimientos que no salian a la superficie, que no los ennacia bien la gente, pues le Reiss tenia por lema que el dulue, la pena y la desdicha s algo incompatible con las funciones reales, que no pudiendo evitarlas πο deben salir a la superficie.
Los disgustos de fomilia, aunque no grandes, eran continuor y agotaron la paciencia de Sa Majestad en ocasiones... peru de esto contiene no hablar.
¡Cudums Isgrimas en as pequeño pañuela tavo que recoger inclase en lus dias en que aparentemente se le tenia por dichoss!
Alli se la plontouron von frecuencia problemas de gobierno para los cuales ni siquiero el genio de un Rismarch ers bastantum para resolverlos.
Mujer virtuous, ulli tuvo que mfrir en silencio insidias que no hubiera resistido un temperamento de otros condiciones que el sayo.
El San Sebastián de hay puede compararse con la ciudad más perfecta del extranjeros y la que hablar de su paimju ése lo hizo la naturaleza y ante su grandeza hay que resudirse.
La urbanización de San Sebastián debe servir de ejemplo a todas las otras poblaciones que quieren jactarse de entrar en la vida moderna".
El Conde de Homanones
"En los dias de la Reina Maria Cristina (1954)
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