viernes, 12 de diciembre de 2025

15. CEMENTERIOS DONOSTIARRAS


La muerte tiene también su ciudad al lado de las nuestras, a veces en su mismo corazón.

A esos terrenos, con sus calles, sus números, sus árboles y sus jardines, se les llama cementerios.

Antiguamente se enterraba en las mismas iglesias. Razones de higiene recomendaron suprimir esta religiosa costumbre, que quería que los fallecidos estuvieran bajo la sombra y la protec ción de los templos, signos de fe y de esperanza.

Entonces se enterró al lado de las iglesias. Subsisten estos ce menterios en los pueblecitos franceses cercanos a la frontera.

Pero la formación de núcleos de poblaciones cada vez mayo-res obligó a reunir a los difuntos en grandes espacios, generalmente alejados de las ciudades. Hacia ellos iban a diario los 50-lemnes entierros, de paso lento, de caballos enlutados y carro-zas negras, ya suprimidos.

Las poblaciones, que no han parado de crecer y desarrollar, se acercaban demasiado a los cementerios. Y, o una de dos: 0 les rodeahan o les volvían a alejar enviándoles más lejns

Esto ha pasado en San Sebastián.

El primer cementerio de que se tiene noticia estaba en el barrio de San Martin. Lo cuidaba un sepulturero. Había dos ho-yos abiertos siempre, agujeros de seis pies de profundidad.

Aquel cementerio tenia una sola puerta y una sola llave y no le guardaba nadie.

En 1855 las necesidades del ensanche donostiarra trasladaron el cementerio a San Bartolomé. Había ya en él sepulturas con paredes y se permitía tan sólo tres por familia. El cementerio, mayor que el de San Martin, tenía calles y una gran libertad en monumentos y capillas.

Pero aquel segundo camposanto era también pasajero. La Ciudad seguia extendiéndose y aumentaba también el número de sus habitantes.

Por ello en 1865 una Comisión quedó encargada de buscar un nuevo emplazamiento, esta vez con miras más largas. Dudó la Comisión entre el lugar denominado Puyo o Merquezábal. Es-cogió éste, desechándole luego. Se pensó en los arenales del se ñor Gros. No los encontraron después sanos. Diez años más tar-de, en 1875, los señores Goicos y Barrio examinaron las tierras del caserío Toledo-Goya y las inmediaciones de Polloe. Vieron que el sitio era elevado, de mucha aireación, alejado además en cien metros de los puntos habitados, visible tan sólo desde Ate-gorrieta o Puertas Coloradas.

Y lo escogieron. Es el actual. A él trasladaron los restos en-terrados en San Bartolomé.

Pero también la elección es ya insuficiente. Y aunque el ce-menterio donostiarra tiene su ensanche de 19.300 metros cua-drados sobre su superficie total de 36.600 metros cuadrados y va devorando, despacio y a su modo, el terreno arenisco y blan-do, quedará insuficiente en 1967.

El antiguo problema volverá a presentarse.

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