¿Qué le pasa entonces a Guipúzcoa?
Si recordais, por lo que hemos dicho, a nuestra Provincia co-mo un jardin pacifico, poblado de caserios en los valles, donde retumbaban el viento y el trueno, de caseros honrados y trabaja-dores, de bosques, prados, rebaños, rios y arroyos y pájaros, aña did a este conjunto fuentes y surtidores de aguas medicinales y colocad a su alrededor esos balnearios de que acabamos de hablar.
La primera notícia de una fuente termal en nuestra Provin-cia data de 1774. Aparece en Cestona, en el mismo pueblo en el que se conserva, hoy, el Gran Balneario. Recogidas sus aguas en 1804 y analizadas en Madrid en 1845, a una hospedería mo-desta, con servicios muy discretos, suceden enseguida cinco grandes edificios con clientela muy próspera.
Mondragón tuvo arranques más modestos, más caritativos. Porque alli se conocía, desde tiempo atrás, una fuente, una re-gata, de agua muy saludable, hydrosulfurosa. La bebian los en-fermos menesterosos, que en una hospedería muy pobre tam-bién hallaban en el agua a veces la salud, generalmente la me joría.
Pero como aquello estaba muy de moda e iba a estarlo más, los mondragoneses enviaron también muestras de su agua a Ma-drid. La analizan como a la de Cestona, encuentran en ella cualidades y propiedades curativas y se edifica otra espléndida hospedería, con pilas de mármol y todo lujo. Lástima que el trago fuera malo, porque las aguas olían intensamente a hue-vos podridos.
Tendríamos que repetir estos mismos hechos al hablar de Arechavaleta con aguas muy buenas para calmar los dolores de estómago; de Alzola -agua limpia e inodora San Juan, en Azcoitia -muy apropiada para enfermos de la piel, con gra-nos y pupas; Ormaiztegui que se ve a vista de pájaro desde el viaducto en el tren; Escoriaza, Insalus, Gaviria...
Todos los balnearios ofrecian la misma vida de reposo. Cura de aguas, lectura de periódicos o de libros, siesta, paseos por los jardines -generalmente espléndidos, merienda, charla y par tida de cartas. Y a cenar.
Sosiego roto tan sólo por la llegada de nuevos agüistas, la diligencia como aquella que veíamos entrar en San Sebas tián y los periódicos, con las noticias amenazadoras: los dis-cursos del Emperador de Alemania, la potencia de la Escuadra inglesa.
Mientras tanto, ¿qué hacía San Sebastián, la Capital?
No tenía balnearios, ni aguas medicinales. Pero si la playa más hermosa del Pais. Y la moda, con su fuerza irresistible, ya arrastraba en toda Europa a las gentes a las arenas de las pla yas, en busca del sol y de las olas.
La fama de San Sebastián se extendía sin cesar. Y el tren y la carretera, cuyas inauguración y consecución conocemos, traian a la Ciudad cada dia mayor número de forasteros.
El siglo XX se le presentaba más hermoso que un amanecer de primavera.
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