En el arrabal llamado de Santa Catalina, extramuros, no muy alejado de las murallas y en el camino cubierto del semi-baluarte en la prolongación del hornabeque, existió siempre un puente de madera que era de gran utilidad para el tránsito hacia la calzada de Pasajes, Rentería, Oyarzun e Irún.
Tuvo mucho uso. Claro, estaba en el camino más rápido y más cómodo.
Tan antiguo y tan vinculado con nuestra vida es natural que su existencia marchara al unisono con la de San Sebastián. Su-frió sus mismas calamidades fuego, destrucción y bombar-deos. También asistió a todas nuestras alegrías y festejos.
Sabemos que en 1812 estaba estropeadísimo. Hubo dudas so-bre si sería mejor reconstruirle o hacerle nuevo.
Al año siguiente, en 1813 ya estaban construidos dos de los tres trozos... que el general Rey mandó quemar en cuanto vio a Ugartemendia y a sus voluntarios. Como siempre, razones de guerra.
Después del incendio, repararon el puente de Santa Catalina con materiales aprovechados del anterior y con mil remiendos, sin que ningún técnico hubiera dirigido su reconstrucción.
No es de extrañar que el puente amenazara con caerse to-dos los días, y que si los caballos y mulos que cada vez en mayor número lo cruzaban hubiesen sabido cómo estaba, no hubieran pasado sobre él la ría por nada del mundo.
Fue decidido, pues, hacer un puente nuevo.
Para ello se creó un peaje, es decir, que por pasarle era obli-gatorio entregar una cantidad de dinero, utilizando esos ingre-sos para los gastos de su construcción.
Pero como Loyola, Pasajes y Eguia protestasen con energia -les disgustaba por lo visto que su dinero se utilizara asi, San Sebastián no titubeó en hacer frente sola al proyecto. Y en-tregó una suma elevada que reservaba para otras necesidades.
En 1835, durante la guerra entre liberales y carlistas, el puente vuelve a ser totalmente destruido.
Cuando el teniente general De Lacy Evans, aquel que vino por mar al frente de los soldados ingleses, exigió su pronta re-construcción, San Sebastián, por no decir que no, lo rehizo otra vez. De Lacy Evans suplió el puente con una pasarela flotante. Fue entonces cuando lo cruzamos y vimos la Ciudad desde la otra orilla del río.
Poco después desaparece el peaje. Y acaban por el momento las guerras. San Sebastián está en ese momento de expansión que ahora estudiamos. Ya la atraviesan, como alfileres, caminos y nacen a su alrededor barrios.
Cada vez era mayor el número de extranjeros que venían a San Sebastián. Llegaban también muchos comerciantes france-ses, para quienes el único camino era el puente. A su vez, aumentaba la industria donostiarra, lo mismo que el número de sus vecinos, siempre en crecimiento.
Todo este desarrollo exigía un puente firme y decoroso, es-tando como estaba a la entrada misma isma de la Capital.
Como el interés unía a San Sebastián y a la Provincia, porque el beneficio de nuestro comercio repercutia también en nuestros vecinos, fue acordada la construcción de un gran puente..., el mismo de hoy.
El proyecto es de don Antonio Cortázar. La piedra azulada, de las canteras de Motrico. La caliza roja, del País y de Loyola.
El esfuerzo conjunto de donostiarras y guipuzcoanos está per-petuado artisticamente en sus pilares. Les adornan los escudos de España y de Guipúzcoa, y los de Azpeitia, San Sebastián, To-losa y Vergara, como cabezas de los partidos judiciales, en re-presentación de todos los demás.
El puente de Santa Catalina, robusto y sobrio, ha quedado en el mismo centro de la Ciudad a causa de sus ensanches-y forma parte de su arteria más importante. Será probablemen-te el que más veces cruzáis.
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