¿Qué dirección tomó el crecimiento de San Sebastián
Para verla en cualquiera de los planos del libro que repre sente a la Ciudad amurallada con sus glacis y alrededores, di-bujemos dos grandes flechas rojas: una en dirección al Sur, abarcando el ensanche Cortázar. Continuándola llegamos al barrio de San Martin-el segundo ensanche. Si proseguimos la fle-cha sobre la ría, llegaremos a Amara el tercer ensanche-. Dirigiendo la segunda flecha hacia el Este, entraremos en Gros y Ategorrieta.
Estos fueron, pues, nuestros principales ensanches: Cortá zar, San Martin, Amara, Gros y Ategorrieta.
Alrededor de 1865 no es posible dar año exacto San Sebastián atravesó marismas y arenas ganadas al mar con ca minos, carreteras y espolones que surgían en los suelos con la misma aparente facilidad que el rastro brillante de los aviones a reacción.
Por aquellas veredas iban y venían, de una parte a otra, ca-rros con piedras y tierra para rellenar el terreno robado a la mar.
Bien pronto el Ayuntamiento proyectó los trabajos de ensan-che en el barrio de San Martin. Era el final de aquel grupo de casitas de ladrillo-medio centenar, aproximadamente que ocupaban el pie del cerro de San Bartolomé, construcciones uni-formes, de escasa altura y reducido arbolado.
El nuevo barrio creció con rapidez. El éxito del plan fue mayor de lo que esperaban los más optimistas. Los trabajos, con excavaciones de muros de casas, caminos y otras construc-ciones, congregaron alli muy pronto un grupo muy numeroso de habitantes.
Ya en 1890 varios propietarios del barrio pidieron al Ayun-tamiento que la calle de San Martin tuviera un ancho su-ficiente para el tráfico que le estaba reservado. Porque se pen-saba desde entonces construir un puente en sus cercanias.
Las necesidades religiosas de aquellos donostiarras de San Martin originaron nuestra actual Catedral, San Vicente y Santo María eran ya insuficientes y estaban lejos. La primera ca-pilla estuvo en el bajo de la casa número 44 de la actual calle de San Marcial-actual Pasteleria Maiz en 1885.
Aquel bajo pequeño fue también insuficiente. Y la capilla, con el nombre del Sagrado Corazón, se mudó al ala Sur del Mercado de San Martin.
Tres años después -1888 acabados pleitos y discusiones sobre dónde iba a ir la nueva iglesia, se iniciaba la construc-ción del templo que ha resultado nuestra Catedral, elevada a tal rango en 1951. Fue obra la iglesia del arquitecto donostiarra y provincial don Manuel Echave. Se discutió sobre si la torre debía ir rematada por cruz o veleta. Prevaleció al fin ésta.
La obra necesitó de ayudas de todo orden. En este sentido se distinguieron, entre otros, los señores Eizaguirre y Satrústegui. Y no es posible olvidar al arcipreste don Martin Lorenzo de Uri-zar, que rechazó una canonjía en Vitoria por atender con todas sus fuerzas a la construcción de la entonces parroquia, hoy Ca-tedral.
En aquel 29 de septiembre, antes del regreso de la Corte a Madrid, fue puesta la primera piedra de la iglesia.
En un estrado adornado con flores, banderas, mástiles y es-cudos, el sillón para la reina Doña María Cristina de Habsbur go-Lorena, viuda de Alfonso XII (1857-1885). La piedra, bajada lentamente por una grúa de vapor, se hundió en la argamasa. Guardaba en una caja de hierro los retratos del entonces Papa -León XIII-, de la reina, varias medallas y monedas. Piedra histórica porque conserva la primera firma que un niño garra-pateó de la mano de su madre, de un niño que iba a ser rey con el nombre de Alfonso XIII (1886-1941).
Por el otro extremo nuevas caminos llevaban hacia otras marismas robadas al mar con idénticos procedimientos: arena y tierra, piedras y mucho coraje. Ya se rellenaban las calles y plazas de un barrio nuevo, el de Gros.
Su construcción es un alarde de valentia y de técnica que no duda apoderarse de unos arenales en los que el mar era el único dueño,
Las primeras construcciones fueron unas fábricas que apa-recían entre caseríos, robándoles a dentelladas su paz y su silencio.
Por fortuna, como este ensanche creció con más lentitud, hay abundantes fotografias que pueden ilustrar y maravillar. Cau-sa asombro ver en ellas ese camino convertido en nuestra calle de Mira-cruz. Y esas primeras casas alineadas. Las chimeneas de fábricas ya desaparecidas. Y la iglesia de San Ignacio sin torre
Con los años, este barrio al principio pobre y cuyo único adorno eran sus árboles, se ha convertido en una zona princi-palísima, que necesita jardines, fuentes, buenas calles e ilumi-nación.
No acababan aquí los caminos. Había otro que llevaba a Pa-sajes por Ulia. Y a la Estación por la orilla del rio. Se constru yeron espolones que ensanchaban las carreteras en el Antiguo y en Ategorrieta, camino de Irún.
Y rampas, pasarelas y pontones en el canal de los Juncales, en el Antiguo, Amara y Loyola.
Por algunas de estas vias de comunicación pasaban los tran-vias tirados por caballos en 1887, con un primer servicio entre La Concha y Ategorrieta. Años después fueron ya de motor y se inauguraban las líneas a Pasajes y Rentería, con gran dis-tracción de los veraneantes.
A la expansión de San Sebastián tampoco la frenó la furia del mar en el Rompeolas, la Zurriola y el Paseo Nuevo, cons-truido sobre las mismas rocas del Urgull, obra iniciada en 1916 y acabada, a trozos, cuatro años más tarde.
Tan grande valentia y entusiasmo de nuestros antepasados puede recordarnos el valor del domador de leones y tigres, en-cerrado en la jaula, armado de una fusta, desnudos brazos y pecho. Las fieras le obedecen entre zarpazos, enseñar de colmi-llos, rugidos y miradas torvas. El las mira de frente y a los ojos, no les da la espalda jamás.
El mar es también para nosotros la fiera que de cuando en cuando hiere y desgarra con su zarpa nuestras balaustradas y paseos. Que perturba la tranquilidad de nuestra Concha y la serenidad de sus arenas conmoviendo la firmeza del Paseo Nue-vo o la vitalidad del barrio de Gros. Y que nos asusta con el resoplido de sus huracanes o con el golpear incansable de sus olas.
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