miércoles, 10 de diciembre de 2025

4.-Las casas.

 En estas calles, que en general eran estrechas, llenas de re-covecos y malsanas, perjudicadas a veces por la existencia de carnicerías, mataderos y pescaderias en sitios impropios, las ca sas eran por lo común buenas. Algunas fueron palacios, como la del Marqués de Mortara, donde se alojaron Carlos V, Felipe III y Felipe IV. Y en la de Idiaquez estuvo preso Francisco I de Francia.

Casi todas eran altas. Claro, ahora, en la época de las de doce pisos como minimo, nos parecerian enanas. Pero todo es relativo.

Repito, pues, que eran altas y hermosas. Muchas tenían be llos jardines de recreo. Y fuera de los muros había magníficas casas de campo.

Como llovia en los inviernos, se cubrían con tejas de muy buena calidad.

Y como el viento era en ocasiones huracanado, reforzaban los tejados con piedras de gran tamaño para que no se movie-ran o fueran arrastradas.

Muchas de aquellas casas tenían aleros muy salientes, quizá para proteger los balcones y parte de las calles de la lluvia.

También tenian balcones. Varios viajeros que escribieron lo que vieron nos dicen que los herrajes de los balcones y venta-nas llamaban mucho la atención por sus dibujos. Por eso, una herrería, y más si está en lo Viejo, detenta una tradición anti-quisima.

La mayoría de las edificaciones eran ya de piedra, pero to-davía la madera tenia una gran aplicación en la construcción de edificios.

¿Cómo estaban distribuidas?

Siendo San Sebastián principalmente Villa comercial, casi todas las casas dedicaban su parte baja a comercio. Variados y surtidos. Se vendía tabaco de hoja y polvo, canela y azúcar, ca-cao, bayetas, paños, sedas y pañuelos bordados, sombreros y mil cosas más.

Esto no debe extrafiar cuando un gran puerto estaba a po-cos metros de distancia. Ya veremos más tarde la diversidad de cosas que al muelle llegaban y que, luego, se exponían a la ven-ta en la Plaza Nueva.

En el primer piso estaba la sala y un saloncito, y acaso al-guna de las habitaciones. Era importante posser un sitio donde recibir a familiares o amigos intimos. Un viajero dijo de aque llos donostiarras que seran amables y bien educados». Otro es cribió también que me parecieron elegantes, afables, ingenio-sos e ilustrados».

En los pisos superiores estaban las restantes habitaciones y servicios. Todavía en muchos pueblos guipuzcoanos existen ca-sas con esta misma distribución, unidos cada piso por una esca lera interior.

Quedaban los desvanes.

Yo no sé si vosotros pertenecéis a la generación que jugaba en los desvanes. Creo que no, o justo justo. Hay cosas que se van, y esto de los espacios en las casas toca a su fin.

El desván era el océano más fabuloso de aventuras. Todo era misterio. Si por las ventanucas no entraba ya la luz, el menor ruido, el más leve crujido de una tarima nos hacía suponer que detrás de una puerta había un fantasma o una bruja con boca sin dientes. Y saliamos corriendo hacia los pisos bajos, buscan-do el calor de la compañía, de la vida y de la luz.

En el arca del desvån siempre había al menos una en-contrábamos los juguetes más olvidados y, por lo tanto, más sorprendentes y deseados: el tranvía eléctrico, la muñeca de ojos azules de cristal, el juego de té y de cocina, o la mecano incompleta.

O también la chistera del abuelo, la sombrilla de puño de marfil de la abuelita o las condecoraciones del bisabuelo, que no conocimos. Todo aquello, por supuesto, acababa en juguete..

Finalmente, en el desván siempre había una rata. Infundía pavor a las señoras de edad. También a nosotros nos sobresal-taba verla, de repente, atravesar corriendo el desván, pegada a la pared, y desaparecer detrás de un montón de cartones y le-ñas con su espinazo como encogido y el rabo tieso.

Posiblemente los niños donostiarras de aquellos siglos juga-ron, y mucho, en los desvanes.

Porque aquellas casas los tenían, utilizados como almacén o despensa de productos agricolas.

Las cocinas de aquellas casas eran también grandes, con el fuego encendido con troncos y ramas, los senborraks. En ellas se rezaba generalmente el rosario.

El arte exquisito en la preparación de los alimentos era una virtud más de aquellas donostiarras.

Cuando oigáis a vuestro alrededor elogios de lo que se llama "cocina vasca", pensad en esas cocinas y en aquellas «etxekoan-dreaks anónimas, desconocidas. De ellas hemos recibido esa tra-dición. Porque sus manjares eran realmente exquisitos y abun-dantes.

Os hubiérais chupado los dedos, y las manos, con sus sopas, las pollas cocidas, capones rellenos de castañas, variedad de pescados, asados, fiambres, menestras, picadillos y todas las tar-tas de arroz con leche, dulces y pasteles de huevo con las que, si sois golosos, podéis soñar.

En el invierno la vida se hacía en los pisos altos porque en ellos daba más el sol. Es decir, que alli bordaba la madre, apren-dia a coser la nifia, hacía cuentas el muchacho y trabajaba el padre a la luz de velas de sebo, velitas de resina, candiles o ce-rillas en las puntas de palos blancos a modo de hachas de cera.

En cambio, en el verano todos descendían a los bajos, por que ese mismo sol azotaba sin piedad piedras, fachadas, bal-cones y tejados.

Esto siempre ha sido así. También vosotros jugáis a la chiba o al chingo bajo un árbol cuando el sol aprieta.

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