Y a vosotros, niñas y niños.
Todo acaba. El avión que veis pasar tomará tierra. El tren, que atravesarà llanuras, entrará en la estación. El barco que sa-le del puerto y se aleja hasta desaparecer fondeará, al fin, en puerto. Y vuelven también a tierra la cápsula del satélite y los astronautas.
Nuestro viaje a través de la historia de San Sebastián tam-bién ha terminado. Llega el momento de cerrar el libro y de despedirnos, esta vez nosotros.
Ahora conocéis mucho más San Sebastián. Y conocer las personas y las cosas debe ser amarlas.
Vosotros amáis ya a San Sebastián por haberla visto tan-tas veces deshecha, atacada, dolorida. Y por haberla visto cre-cer y triunfar.
Debéis amar también sus tradiciones, entre las que hemos vivido horas muy felices. Lo mismo si sols nacidos en ella co-mo si habéis venido de fuera. ¿Por qué? Porque ya no se os hacen extrañas, y muchas veces reaccionamos con desdén o con hostilidad ante lo que nos resulta desconocido.
Habéis conocido también a San Sebastián cuando era un pueblecito de pescadores, caseros, comerciantes, herreros y pro-pietarios. Sabéis de su laboriosidad, del importante quehacer de cada uno. Porque todos los trabajos necesitan de nuestra entre-ga total y en esto no hay ni mayores ni mejores. Hubo un rey que fue apresado y muerto por sus perseguidores porque su ca-ballo perdió una herradura y no pudo correr.
Además, qué ejemplo nos ofrecen el valor de los donostia-rras, su capacidad de recuperación, su heroísmo y su paciencia. De esos males tremendos que hemos visto la guerra, la lucha y la violencia debemos tomar lo que también en aquellas oca-siones nos presentan: su espiritu de sacrificio y de trabajo, su emulación, su amor por las cosas bellas, su confianza en el por-venir.
Este libro no acaba en el ayer. Posiblemente hubiera inte-resado menos. Llega hasta el momento en que yo lo escribo y vosotros lo leéis. ¿Y esto por qué?
Porque este minuto es tuyo, y el mañana dependerá desde ahora de lo que tú haces, de cómo estudias, de cómo trabajas, de cómo te comportas. San Sebastián, sus calles, sus árboles, to-da ella, te compromete asi con su futuro.
El libro tiene, pues, un sentido moderno. Divirtiéndote e interesándote te ha traido hasta hoy, y (encendido tu corazón con el amor al suelo) quiere que tú marques el camino a seguir.
¿Cómo
Vosotros ahora no sois nada. Pero podéis serlo todo. Porque sois niños. Y siendo niños tenéis el futuro en vuestras manos.
¿No tendríais cuidado si llevaseis una bomba o un jarrón de porcelana en ellas? Pues el futuro vale más, mucho más, que mil bombas y jarrones.
La felicidad de ese futuro depende de cada uno de vosotros, como la vuestra dependerá de él. Seréis acaso artistas, pintores, escritores, músicos. Profesionales o industriales que sentiréis los problemas de San Sebastián tan claramente como el frío de la bola de nieve en la mano. Ingenieros, arquitectos, médicos, le-trados. Trabajadores competentes y eficientes. Y hombres o mu-jeres de estudio. Escribiréis en periódicos y podréis influir así en los demás. Más de un alcalde saldrá de vuestras filas.
San Sebastián os espera con su vida propia, pujante e inin-terrumpida. Lo mismo su bello rincón -ansioso de que lo pin-téis o fotografiéis que su historia que os aguarda a vosotros, historiadores, literatos y eruditos, en los archivos y en los li bros, hasta en el árido problema que tendréis que resolver a través de un voluminoso expediente.
Vuestro deber es desde ahora, donde quiera que actuéis-sa-cerdocio, en la variedad de la artesanía y del trabajo, en la inti-midad de la familia y de la casa, en la enseñanza y en las pro-fesiones y para el día de mañana, ser siempre ejemplo de hon-radez, de laboriosidad y trabajo, de disciplina y convivencia.
Estas páginas, a modo de curso, han de tener continuación no en uno sino en muchos libros, y no pueden ser meta sino punto de partida para nuevos conocimientos, cada día más firmes, cada vez más profundos. Los tendréis al alcance de la mano y su lec-tura que habrá de ser también reposada y metódica será el fruto principal y anhelado de este libro.
Anchos horizontes de fe, de poesia, de afanes y de heroismo se han abierto a vuestros ojos.
Haced ahora como el sembrador de la Parábola: sembrad en ellos, en los surcos trazados por vuestro esfuerzo y vuestro amor, la semilla de las mejores virtudes.
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