Seguro que no queréis acompañarme en un paseo por esas mismas calles, pero de noche.
Nada hay que os dé más miedo que la oscuridad, el silencio y el moverse de una sombra que no se sabe si es hombre o juego de luces.
Tampoco yo os obligaría a seguirme. Porque realmente, San Sebastián era entonces negro como boca de lobo.
¿Es que no había faroles?
Sí. Pero pocos y muy malos, quiero decir que daban poquísi-ma luz. Eran unos cuantos reverberos de aceite suspendidos en el centro de algunas calles con cuerdas y poleas que les sujetaban a las fachadas de las casas. Había en ellas un registro, y por él soltaba y tensaba la cuerda el farolero para descender el rever-bero, prender la lamparilla y volverlo a subir.
Un donostiarra dijo de aquellos faroles que sespareían una luz tan mortecina que apenas bastaba para matar la sombras. Acaso el que esto escribió debió de ser sacerdote, médico o san-grador, que en más de una noche habrá sufrido la escasez de alumbrado.
Aquellos reverberos se columpiaban en las noches de galerna, y amenazaban con caerse y y con manchar, o quemar, el vestido de los transeúntes.
Como había varios cuarteles y muchos soldados, había con frecuencia discusiones y riñas, concluidas en golpes y cuchi-lladas.
Tampoco los robos eran desconocidos. El hambre hacía presa en muchos estómagos y nublaba como la niebla los montes muchas inteligencias. Y como las casas estahan, por lo regular, muy bien abastecidas y repletas de viveres, había también en-tonces quien en vez de trabajar y de ganarse honradamente el pan creía más fácil esperar la llegada de una noche de tormenta, escoger cualquier portal de alguna calle que ya conocemos y gol-pear con la aldaba. ¡Si se les abria...!
Por eso os decía que no me acompañaríais en mi paseo noe-turno
Y sin vosotros, ¿para qué voy a ir yo?
Todo os lo he contado como un cuento.
Y ahora, cuando os hablo de que vuestro padre ya ha cerrado la puerta de la calle con llave, cerrojo y tranca, y veo venir a vuestra madre para daros ese beso último de la noche -capaz de apartar de vosotros toda inquietud y temor, yo también me voy. ¡Es tanto lo que mañana hemos de ver!
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