viernes, 12 de diciembre de 2025

2.-EL PRIMER FRUTO


El primer fruto del trabajo lo más difícil de todo esfuer-zo fue la Parte Vieja, según la llamamos hoy, entonces la parte única.

Correspondía al casco primitivo de la población encerrada entre los muros, que limitaba con el monte Urgull, el muelle, la muralla del Sur y el mar.

La ilusión producida por aquellas calles y casas, que hoy nos parecen estrechas y de poca luz, habrá sido inmensa para los donostiarras de la época.

A nosotros, esa parte que llamamos Vieja acaso sin de masiada propiedad nos recuerda la población que se nos fue de las manos devorada por las llamas en 1813.

El nacido en lo Viejo quiere a su barrio como a nada, y no lo cambiaría por ninguno, además de que lo considera el más donostiarra de todos.


A la Parte Vieja la hemos ido enriqueciendo con evocacio-nes y con ilusiones. Permanece en ella el espíritu joshemari-tarras.
La Parte Vieja nos sorprenderá por su animación, por los cánticos que en ella se oyen por todas partes y por el aspecto alegre y bonachón de los que por ella pasean normalmente.
Alli se nota fresco los dias de calor, menos frío en los des-apacibles, y si hace viento y llevamos boina ya no nos hará falta sujetarla para evitar que se escape.
Son las ventajas de la estrechez de sus callejuelas, de lo prie-to de las edificaciones y de la defensa del monte Urgull, que detiene el vendaval..
Hay espectáculos muy donostiarras que difícilmente imagi-namos fuera de lo Viejo. Por ejemplo, la feria de Santo Tomás, con el alboroto de «chiribitos»; el chistu, el tamboril y los bailes de los domingos en la Plaza y el izar y arriar de las banderas a la medianoche del 19 y 20 de Enero,
El alma de San Sebastián, que quedó como un pájaro sin nido al quemarse la Ciudad, volvió ílusionada y feliz al que le ofrecían las recién estrenadas edificaciones. Y ahí sigue. En ella está a gusto el serriko-shemes y el «koshkero».
Pero nadie puede cargar de años lo que ni los tiene ni puede tenerlos. Las ciudades cuentan su vida por siglos, y en esto no podemos competir con otras poblaciones nacionales y extran-jeras, con iglesias, palacios o castillos anteriores al año 1100. Nuestra edificación más vieja San Vicente es de 1500.
Aparte, pues, de su poca antigüedad, la Parte Vieja no es rica en arte. En general, las edificaciones son sencillas. Pero no carecen de un ambiente acogedor y atractivo,
Nuestra Parte Vieja, primera obra de los donostiarras de 1813, ha heredado el carácter mercantil que tuvo la Ciudad des-aparecida. Sabemos que en aquellos años era rara la casa que no tenia comercio en su planta baja. Hoy podemos comprobar qué gran número de tiendas existen en lo Viejo, unas modestas, otras más ricas y modernas.
De poco tiempo a esta parte se nota un noble afán por embe-llecer esa zona atractiva, quitando la pintura que afea tantos bajos y dejándolos tal y como eran cuando se edificaron: de pie-dra de color de la arena, áspera al tacto. La uniformidad en las fachadas está devolviéndole el gusto de que ha carecido durante tanto tiempo. Es también un acierto el embellecimiento de sus rincones con faroles artisticos, de luz que puede recordar los reverberos de tiempos pasados. Ahí nos queda esa Plaza Nueva o de la Constitución-hoy del 18 de Julio, reconstruida en 1817, igualada en sus pinturas de bajos y tiendas, limpia e ilu-minada. Y también ese milagro ilagro del entusiasmo donostiarra y y de la técnica moderna: la Plaza de la Trinidad, sacada de un lugar abandonado y sucio. A ella ha vuelto con predilección el alma de nuestros antepasados. La han traido los partidos de pelota, los bolos, las pruebas de bueyes, nuestros bailes, los acordeones, nuestros bersolaris y los concursos de platos suculentos.
Esto le hace falta a nuestra Parte Vieja que ha desban-cado nuestro corazón histórico: el Antiguo: cuidarla escrupu-losamente, mejorarla con medios modernos iluminaciones, obras, arte y hacer que en ella se refugie y viva todo aquello que de alguna manera se refiera a nuestro espíritu, a nuestras tradiciones y a nuestro ayer.
Nada importará entonces que alguien os diga que lo Viejo no es tan viejo si alli habita el espiritu del San Sebastián que ya conocéis.



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