Es la hora del atardecer. La que confunde y estrecha tierra y cielo, horizonte y firmamento.
Estamos junto al río, a la altura de su primera gran curva-tura, por donde se desborda pletórico y alegre. Hemos atravesa-do un largo paseo de árboles,
El agua está limpia. Cuando salga y se eleve la luna, se reflejará como en un espejo en su superficie.
Se oye una música lejana. Parecen violines, cuyo sonido trae el viento hasta aquí.
Vemos ahora sobre las aguas dos puntos de luz, rojo y verde, y una claridad en su centro. Se mueve, avanza despacio, con suave balanceo. Dentro de unos minutos pasará delante nuestro y sabréis lo que son.
Las iluminaciones van agujereando la noche en las orillas de la ría, y en sus colinas cercanas: Mundaiz, Amezagaña, Zorroa-ga. Puyo... Cuántos nombres gascones han quedado en nuestras cercanias. ¿Les recordáis cuando llegaron a estos meandros? Nuestros alrededores y muchas de nuestras montañas vecinas tienen desde entonces nombres gaacones: Morlans, Mompás, Polloe, Puyo, Mirall, Ayete (de «fayets), Urgull, Ulia..., y en las calles de nuestro núcleo viejo, Narrica (que parece signifi-ear Enriqueta) y Embeltrán o Don Beltrán.
Las luces se han acercado y están delante. Es un barquito blanco. Hay en cubierta mesas donde los viajeros comen y be-ben. En sus mástiles lleva banderitas de papel que se agitan con mil reflejos y sombras. Va el barco lleno de gente. Se oyen la música, voces y risas de mujer, risas tan cristalinas como el agua. No hay niños. Es que es ya tarde.
La embarcación se aleja. Su luz la devuelve la superficie partida en trozos y se va, se pierde en la oscuridad.
Ya pasaron aquellos siglos de los ferrones, con sus voces roncas. Ya no hay tráfico que llegue hasta el puerto de Her-nani. Por el río no pasan gabarras sucias cias como las que vimos hace años llevar el mineral. Ni botes ni lanchas.
Ahora son barquitos escrupulosamente pintados que trans-portan damas y caballeros en alegres fiestas, y que hablan de teatro, de música, de estilos literarios y de los primeros éxi-tos de la aviación. Y a veces a la familia real, que también gus taba de estos paseos al caer de la tarde.
También el río se ha hecho distinguido. Y colabora en la nueva vida donostiarra desenfadada, comunicativa y alegre-como antes sabemos que colaboró en la industrial, mercantil y militar.
Al río le atraviesan tres puentes. Sus luces ni se mueven ni oscilan. El de María Cristina, construido con la ayuda económica de la Caja de Ahorros Municipal, está al lado de la Estación y sir-ve de entrada a la población. Es elegante y grácil. Fue erigido en sólo nueve meses, e inaugurado el 20 de enero de 1905. Está inspirado en uno de París. Sus cuatro obeliscos, de quin-ce metros de altura, representan la Paz y el Progreso, a los que San Sebastián debía en ese momento su bienestar.
Además de éste y del de Santa Catalina, el crecimiento de la Ciudad echó por encima del río el tercero, el del Kursaal. Fracasó el primer intento porque la marea viva destrozó el primer cajón de su cimentación. El puente construido basa la protección de sus pilares en el remanso creado en torno a ellas.
Esto se ha conseguido con un escolladero artificial vertido aguas abajo. Puede verse desde el Rompeolas, deshaciendo como en una cascada la corriente de la baja mar. Un 14 de agosto de 1921 se abría al público, y a la noche se encendian sus farolas, que dan carácter a su ornamentación.
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