Pero en este panorama de rosas y triunfos no faltaron es-pinas.
Durante todo el siglo XIX, y escalonadamente, San Sebas-tián vio desmembrarse su jurisdicción con brotes de rebeldía. Grande fue su municipio y cuánto disminuyó.
A principios del siglo, barrio tan donostiarra como San Pedro del Pasaje inició costoso pleito con el decidido propósito de liberarse de nuestra dependencia. Se llamó a San Sebas tián «tiranas. Se emplearon todas las argucias y toda clase de argumentos, reales unos, exagerados o deformados otros.
Desde entonces San Pedro, San Juan y el Puerto se llama-rían y formarían la Villa de Pasajes.
La golosina tentó a Alza. Su parroquia, antiquísima, había sido filial de las donostiarras. En 1821 instó su independencia. Porfiaron los de Alza en su empeño, con más tenacidad que rа zón, y consiguieron en 1879 lo que tan anhelosamente pre-tendian.
A Igueldo, cuyos habitantes eran considerados vecinos de San Sebastián desde 1379, embriagó el espectáculo. Y probó for-tuna.
Con poca suerte. La Capital alegó que aquel minúsculo ca-serío no tenía tan siquiera cien vecinos. Y que tampoco poseía recursos bastantes para hacer frente a sus gastos,
Es posible que Igueldo se arrepintiera, sonrojado, de su lo-cura cuando se vio en semejante aventura. Porque volvió во-bre sus pasos, supo rectificar que a veces es bien difícil-convencido de estar más seguro, o al menos más en paz, en el nido materno y en 1861 solicitó ser agregado a San Sebastián por la comunidad de intereses de ambos pueblos.
Lo que así sucedía en 1863, conservando a su favor ciertos usos que son cosas que el hombre dice o hace, y sigue conti-nuamente por gran tiempo y sin impedimento alguno, apro-vechamientos y derechos.
Desde entonces no se ha modificado la jurisdicción de San Sebastián. Excepto las recientes incorporaciones de Alza y As-tigarraga la primera con términos amojonados y economía propios, pero dependiente en los graves problemas, ejemplo típico de colación.
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