Las proximidades del año 1910 van a significar para San Se-bastián su plenitud. Y también el declinar de una Europa ame-nazada y el advenimiento de otra, agitada y convulsa.
En aquel año, en su 20 de mayo, muere el rey de Inglaterra Eduardo VII. Político hábil, viajero incansable visitó varias veces España, carácter simpático, alegre y de buen conformar, era entusiasta de las regatas y de las carreras de caballos. Su muerte va a marcar un hito en la historia de las Monarquías.
¿Qué vemos en los grabados de aquel luctuoso suceso? An-te todo, nos llama la atención su vistosidad. Era aquella una época elegante. Cascos, morriones, quepis y plumas sobre ca-bezas de reyes y de príncipes. Uniformes con medallas y galones de oro. Bandas que cruzaban firmes pechos. Solapas blancas so-bre guerreras rojas y azules. Botas lustradas hasta las rodillas, muchas con espuelas. Caballos blancos, negros y marrones de agudas orejas, narices dilatadas y agitado caracoleo.
Aquellos reyes, que representaban, junto con los principes, setenta paises, shabían movido las naciones como piezas de aje-dreza. Muchos de los que desfilaban en ese momento por las calles de Londres en el entierro de Eduardo VII se creían en la posesión de un derecho para ellos divino de seguir haciendo lo mismo. Poco más que su voluntado su capricho contaba.
Y sin embargo ¿qué vendaval iba a conmover tantos tronos, monarquías y países!
La guerra de 1914 arrumbó varias monarquías. Una sola no fue sacudida por la tempestad: la de Inglaterra. Previniendo el futuro había ido renunciando a su omnipotente poder poco a poco, en el transcurso de los años y aún de los siglos. Y asi, al entrar en escena el ejército de los campesinos sin cosechas, el de los obreros sin trabajo y el de tanta gente descontenta, nadie señaló al rey con razón o sin ella como el jefe ab-soluto a quien podía achacarse la responsabilidad de todas las desdichas.
Situemos, pues, a principios de este siglo un momento tras-cendental en la historia de Europa y, de rechazo, de San Se-bastián, asomada siempre al balcón español que da al Viejo Continente.
No hay comentarios:
Publicar un comentario